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LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DE LAS EMPRESAS (continúa) Autor: Dr. Emetrio Gómez Capítulo
I: El marco general CAPÍTULO II: LA ÉTICA Y EL PODER Ante la caída del Muro de Berlín, la quiebra radical del Comunismo “convencional” y su rápida reaparición en el Tercer Mundo, disfrazado de Neocomunismo, la Sociedad Capitalista tiene forzosamente que producir un poderoso relanzamiento de sí misma, que le permita enfrentar con éxito las amenazas que sobre ella se ciernen, la barbarie que el comunismo y el socialismo siguen comportando, sólo que ahora bajo nuevas modalidades. Afortunadamente, hay dos poderosos conjuntos de razones que crean condiciones favorables para que dicho relanzamiento de la Economía de Mercado se produzca. Ellos son: a) Las inmensas presiones exógenas que sobre las Sociedades Democráticas se ejercen y que ya hemos mencionado: la pobreza creciente, la sobrepoblación y la contaminación, la destrucción de los equilibrios ecológicos, procesos estos que se manifiestan con fuerza en el Tercer Mundo, pero que en el caso de la ecología están presentes en el Primero y en la totalidad del planeta. Un proceso global que está presionando, drásticamente, hacia la transformación del Capitalismo. Y... b) Las inmensas posibilidades endógenas que la sociedad capitalista y, más ampliamente, la Civilización Occidental, han desarrollado en los últimos 200 años, en cuanto atañe al crecimiento del potencial moral de los empresarios, esto es, el aumento significativo de sus capacidades conscientes de comportamiento activo. Es decir, en cuanto atañe a la transformación de la condición ética del hombre, que ha pasado en los últimos dos siglos, de ser concebido como un ente natural, sujeto a las presiones y condiciones que el mundo o el contexto ejercen sobre él, a ser concebido como un ente estrictamente humano, consciente, volitivo o espiritual. Las razones atinentes a los factores externos que presionan sobre el Capitalismo -la pobreza, la sobrepoblación y la ecología- ya las analizamos, así que en este Capítulo nos concentraremos en el segundo grupo de razones, una de las tesis centrales de esta ponencia: el proceso de crecimiento de la conciencia activa, creativa y volitiva, ética y espiritual, que se ha desarrollado en el Ser Humano en los últimos cuatro o cinco siglos. 1 El hombre como ente pasivo, determinado o condicionado. Nada ayuda mas a comprender las posibilidades -y la necesidad- que tiene el Capitalismo de renovarse moralmente y de relanzar su propio proceso, que pensar en la visión que el hombre occidental tenía de sí mismo y de la sociedad, la economía, la política, el derecho y la ética, hace apenas 200 años, a finales del siglo XVIII; o tres centurias antes, cuando el proceso de transformación se inicia, a principios del XVI. Hasta este momento, esto es, a lo largo de toda su historia y hasta el siglo XV, el Ser Humano no llegó a tener nunca plena conciencia del papel activo de su conciencia. El hombre -como ya dijimos- se concibió a sí mismo, siempre, como un resultado, una consecuencia o un producto de algo: del cosmos, la naturaleza, los dioses mitológicos, la magia, la sociedad, el Estado, Dios, la religión, etc. Las entidades que lo determinaban, condicionaban o moldeaban, podían ser muy diversas, pero el resultado era siempre el mismo: el Ser Humano como un producto o resultado de un factor o de un conjunto de factores externos a su conciencia. A principios del siglo XVI se produce el milagro, el hombre da un salto formidable en su proceso histórico y cultural. Cobra conciencia plena de su conciencia, de su subjetividad, ¡de la condición activa del pensamiento y del conocimiento! de su condición más que activa, creativa, de su capacidad para influir sobre la realidad que lo influye. Hasta principios del siglo XVI, el hombre se tenía a sí mismo por un ente esencialmente pasivo. Pensar y conocer eran básicamente captar el mundo, comprender la realidad exterior, siempre como procesos en los cuales recibíamos influencias, estímulos, imágenes, sensaciones, intuiciones, percepciones, conceptos, etc. que venían todos de fuera. Cien años más tarde, a principios del siglo XVII, el Ser Humano descubre definitivamente que su pensamiento y su capacidad de conocer, además de recibir influencias del mundo, amén de su condición pasiva, tenían un componente activo decisivo. Tenían la capacidad de recrear la realidad externa que conocían, podían poner en ella determinaciones y componentes ¡¡que no venían de ella!! sino que las ponía en ella la conciencia, el espíritu, la subjetividad, el alma o como queramos llamarla. La conciencia humana había pasado a ser verdaderamente humana, había dejado de ser un producto de, para pasar a ser el origen de. El mundo seguiría influyéndola y determinándola, por supuesto, pero ella sabía ahora que podía influir sobre el mundo. ¡¡Que podía cambiar el mundo!!
Todo este crucial proceso, no empezó, obviamente, el primero de enero de 1501, al iniciarse el siglo XVI, había existido y evolucionado desde siempre, se había reforzado en la Grecia clásica y en el derecho romano y había recibido un poderoso impulso con la noción de Libre Albedrío, introducida por el Cristianismo. Lo único que nos interesa destacar es que ese proceso que se gestó a lo largo de milenios, cuaja finalmente, cobra conciencia plena y definitiva, en el siglo XVI. Y, sobre todo, en el XVII. Una aclaratoria crucial, antes de dar por terminada esta sección: cuando nos referimos al papel activo, creativo o volitivo del Ser Humano, a su capacidad para influir sobre la realidad, para cambiarla o transformarla, no estamos aludiendo a sus posibilidades científicas o tecnológicas para hacerlo. Ésta es sin duda la vertiente más conocida del problema; el rasgo más acentuado con el que se identifica a la Modernidad (ese convulso y espectacular periodo que fueron los siglos XVII y XVIII): el afán del hombre para someter y dominar a la naturaleza. Pero no es a esto a lo que nos queremos referir, no es a la ciencia y la tecnología, como instrumentos decisivos para influir sobre la realidad, tal como sin duda lo son. Nos referimos más bien a la capacidad ética para influir sobre dicha realidad. Nos referimos a la conciencia humana como la capacidad para crear valores e imponerlos en el mundo. El hombre no es simplemente un ser que se guía de manera pasiva por los valores que la sociedad, la religión, la cultura o la política le imponen; él es esencialmente un ente capaz de influir sobre sus propias realidades morales, éticas, culturales o sociales. ¡¡Por mucho que hasta principios del siglo XVII no haya llegado a tener plena conciencia de ello!! 2 Derecho natural, Ética natural, Política natural y Economía natural. Pero por desgracia, este proceso de desarrollo de la Conciencia Activa avanzó muy lentamente a lo largo de los siglos XVII y XVIII. No era nada fácil revertir 6 u 8.000 años de una cultura o periodo -el neolítico- dominado abrumadoramente por la idea de la Conciencia Pasiva, del pensamiento y el conocimiento como instancias destinadas a reproducir o reflejar -adecuada o científicamente, eso sí- la realidad. Mas, por supuesto, los 500.000 o un 1.000.000 de años de primitividad animal o paleolítica. Visto más bien desde esta perspectiva, podría pensarse que el salto que la Humanidad ha dado en estos cinco siglos es sencillamente formidable, inaudito. Sea como haya sido, durante los siglos XVII y XVIII, el hombre -que ya tenia conciencia del carácter activo de su conciencia- seguía no obstante pensándose a sí mismo como un ente natural y no como uno estrictamente humano, ético, estético, volitivo y, en lo esencial, espiritual. Para dejarlo bien claro, entendemos por ente natural aquel que -en el sentido más estricto posible- es un producto, consecuencia o resultado de su contexto, de la realidad en la cual está inserto; incluido en ésta su propio cuerpo, sus hormonas, traumas, hábitos, costumbres ¡y valores! (... cuando estos son entendidos como normas morales convencionales). Y entendemos por ente estrictamente humano, ético, estético, volitivo y espiritual a aquel que no sólo puede liberarse de las presiones que el contexto o la realidad le imponen, sino que puede imponer sobre dicho contexto o realidad sus propias valoraciones morales; valoraciones que no provienen de la realidad, sino del Espíritu. 2.1 La Economía Natural. Sin duda, el caso en el cual puede palparse más claramente esta visión natural que el hombre tenía de sí mismo, era -y sigue siendo- el de la Economía. El “precio justo” de la Edad Media, esto es, la noción que la Iglesia Cristiana tenía -e imponía- del precio, fue sustituida por la noción de “precio natural”. ¡Nadie podía influir conscientemente sobre los precios de los bienes!, estos eran un producto del libre juego de la oferta y la demanda. Ninguno de los oferentes o demandantes, en particular, tenía el suficiente peso como para influir significativamente sobre la oferta o la demanda y, en consecuencia, tampoco sobre el precio. Recuérdense que estamos en el siglo XVIII, las empresas son relativamente pequeñas y cada una de ellas simplemente se adaptaba o ajustaba al precio que el mercado -es decir, la realidad o el contexto- le imponían. Y como nadie podía influir sobre los precios, como estos no eran producto de una decisión que alguien hubiese tomado, tampoco nadie tenía ninguna responsabilidad moral si los precios eran muy altos. ¡¡La pobreza no era, en esas condiciones -y a diferencia de hoy-, responsabilidad moral de nadie!! Que es el elemento esencial que nos interesa destacar a los fines de conectar con la Responsabilidad Social de la Empresa: sólo pueden tener responsabilidad moral aquellos que tienen capacidad de decisión, aquellos que pueden conscientemente modificar la realidad. ¡¡Es decir, aquellos que tienen poder, algún tipo de poder!! Pero en los mercados de factores productivos -los más importantes, los que determinan en lo fundamental a los mercados de bienes finales- ocurre u ocurría lo mismo en el siglo XVIII: los agentes económicos estaban rigurosamente determinados por las condiciones que la Mano Invisible les imponía. En el mercado laboral, el salario era un producto o resultante del libre juego de la oferta y la demanda de fuerza de trabajo; la oferta ejecutada o realizada por las familias, por los trabajadores y la demanda, por las empresas. Éstas, por ser todas pequeñas, no podían influir mayormente sobre el precio o valor de la fuerza de trabajo. El único margen de decisión que tenían, era tomarlo o dejarlo, dependiendo de sus costos e ingresos. ¡¡Nadie era en consecuencia responsable, es decir, nadie tenía por qué asumir la responsabilidad moral de que los salarios fuesen muy altos o muy bajos!! Hoy esta perspectiva es radicalmente distinta. En el mercado monetario o financiero, esto es, en el mercado del capital, la situación era más o menos la misma: la tasa de interés era el producto, por un lado, del libre juego de la oferta de fondos prestables, o sea, del ahorro y, por el otro, de la demanda de dinero para invertir. Si la oferta de ahorros tendía a superar a la demanda de dinero para invertir, nadie podía evitar que la tasa de interés bajase y viceversa. E, igual que en los casos anteriores, a nadie podía responsabilizarse moralmente si las tasas de interés eran muy altas o muy bajas. Eran procesos en los cuales aun cuando no había sino acciones humanas, nadie era responsable de dichos procesos y resultados, porque nadie tenía ni el poder ni la capacidad de incidir sobre la realidad global del mercado. Vaya pensando el amigo lector -por favor- en la RSE y en el poder que tienen en el mundo actual las grandes Megacorporaciones. Y reflexione también, por supuesto, sobre el papel de los bancos centrales en cuanto a la determinación de las tasa de interés. 2.2 La Mano Invisible del Mercado y el Capitalismo Competitivo. Todos estos procesos, que constituyen lo esencial del funcionamiento de la economía en el Capitalismo Competitivo, es lo que Adam Smith, el fundador de la ciencia económica, plasmó en 1776 en su libro La Causa de la Riqueza de las Naciones. Todas las categorías que hemos analizado tienen en dicha obra el adjetivo o apellido “natural”: el precio natural, el salario natural, la tasa natural de interés, etc. Los empresarios, los trabajadores, los prestamistas, prestatarios, ahorristas, inversionistas, productores y consumidores, todos están fuertemente determinados por la interacción masiva entre todos ellos que se desarrolla en el mercado. Todos tienen plena libertad en su esfera individual para comprar, vender, prestar, endeudarse, etc., pero ninguno de ellos puede influir sobre lo que -a nivel del conjunto social- ocurre en el mercado. Éste se convierte así en un proceso absolutamente impersonal de autoajuste en el cual, en cada sector económico particular el libre juego de la oferta y la demanda regula los precios, sin que se requiera de ninguna intervención consciente. Es la famosa metáfora de “La mano invisible del mercado” que lo guía todo, un mecanismo autorregulador que se plasma también en la expresión francesa “laissez faire”, dejar hacer a los agentes económicos privados, en la certeza de que el mecanismo competitivo podrá garantizar el equilibrio del sistema. Cada vez que se produzca un desequilibrio, cuando por ejemplo se expanda la demanda y ésta supere a la oferta, el precio, el salario o la tasa de interés subirán forzosamente; y esta subida desestimulará a los demandantes y al mismo tiempo estimulará a los oferentes, corrigiendo así el desequilibrio. Si el conjunto de los ahorristas desea ahorrar más, la tasa de interés caerá, desestimulando así a los propios ahorristas y estimulando a los inversionistas que ahora querrán invertir más. El resultado obvio será, otra vez, la restauración del equilibrio. Es la estructura básica de la competencia, el sustento último de la Economía de Mercado, lo que la convierte en una máquina incontenible de producción de bienes y servicios. Pero es también la estructura básica de la ciencia económica, la encargada de generar una disociación total entre la Economía y la Ética. Ésta -en el siglo XVIII- se restringe o se repliega a la esfera de lo individual, a la vida privada, la familia y la empresa. El proceso global del mercado, es decir, el manejo global de la sociedad, no exige ninguna toma de decisión, es decir, ¡¡no requiere de una dimensión moral!! El laissez faire, el dejar hacer a los agentes privados, da origen a la idea básica del liberalismo clásico: la no intervención del Estado en el funcionamiento del mercado. Una noción que muchos queridos amigos liberales todavía defienden en el siglo XXI. 2.3 Todo lo que es bueno para el individuo es bueno para la sociedad. Todo lo anterior se plasma en lo que tal vez constituya la síntesis de la ciencia económica clásica (1776-1870) y neoclásica (1870-1929) y también del ya mencionado Liberalismo Clásico: la acción ética consciente y la intervención o regulación estatal sobre el mecanismo de mercado se torna innecesaria, porque éste es capaz de garantizar los mejores resultados posibles para el conjunto de los miembros de la sociedad. Si existe desempleo -por tomar el ejemplo más dramático y delicado- el exceso de oferta de mano de obra hará caer el salario y, dada esta caída, una parte de los oferentes de trabajo ya no querrán emplearse a ese salario; en tanto que, por la misma razón, la demanda de trabajo por parte de las empresas subirá. El resultado será el equilibrio, el anhelado pleno empleo y el mayor bienestar posible para la sociedad. Todavía un ejemplo más: si el precio se coloca muy por encima de los costos, generando así una ganancia excesiva -y asumiendo que funcione el mecanismo de mercado-, dicha ganancia extraordinaria atraerá nuevos oferentes, la oferta crecerá y el precio tenderá a bajar, generando o restableciendo así una ganancia normal. Procesos todos que son perfectamente válidos... en la medida en que el capitalismo sea competitivo, cuando la oferta y la demanda están repartidas entre multitud de oferentes de tal forma que ninguno de ellos tenga suficiente poder como para imponerle condiciones al mercado, cuando la información que manejan todos los agentes económicos es plena y simétrica, cuando hay perfecta flexibilidad de precios, movilidad de factores y libertad de entrada al mercado. ¡¡Es decir, cuando el poder ésta radicalmente excluido del funcionamiento del proceso!! 2.4 La libertad natural y la “naturaleza humana”. Todo lo que venimos señalando -en lo esencial, este hecho dúplice o ambiguo de comprender el carácter activo de la conciencia humana a principios del siglo XVII y, al mismo tiempo, mantenerse aferrado a la esfera de lo natural, hasta finales del siglo XVIII-, todo esto se plasma en la noción de libertad natural. La libertad plena del Ser Humano, sí, pero enmarcada, restringida o delimitada por la naturaleza... o por la sociedad, que se concibe a sí misma como un ente cuasinatural. Es la libertad plena que acabamos de descubrir en los agentes económicos -el empresario, el prestamista o el ahorrista-, pero enmarcada en las determinaciones rigurosas que le establece el mercado. Es la idea básica que desarrolló el siglo XVIII a partir de todo ello: la noción de naturaleza humana. Es la Modernidad que se asusta con el tigre después de haberle dado muerte. Es -de nuevo- el siglo XVII descubriendo la conciencia activa, pero restringiéndola a las limitaciones que la naturaleza le establece a nuestro espíritu. O, más exactamente, a las limitaciones que nuestro espíritu se deja establecer por la naturaleza. Frente a la noción de Libertad Natural, ya en las últimas décadas del siglo XVIII -en la filosofía idealista alemana, en el Romanticismo y en general en la esfera de la estética- empieza a vislumbrarse la noción de Libertad Absoluta: el espíritu es capaz de modificar o violentar cualquier restricción, delimitación o premisa que la naturaleza o la sociedad puedan imponerle. Es el triunfo definitivo del carácter activo, volitivo y creativo de la conciencia. Pero antes de llegar allí, completemos la noción de la primacía de lo natural durante el siglo XVIII. 2.5 El derecho natural y la ética natural. Es apenas en 1740, cuando un filósofo empirista inglés David Hume, descubre para la Civilización Occidental -y para la Humanidad, por supuesto- que “El deber ser no se puede deducir a partir del ser”. Es decir, que las valoraciones morales -y, por extensión, las jurídicas, el derecho- no se derivan necesariamente, no se pueden deducir de la realidad natural que tenemos por delante. Esto es, que ni la moral ni el derecho se fundamentan ni en la naturaleza ni en la cultura, ni en las costumbres, ni en las tradiciones. Hasta ese momento, hasta 1740 -a veces explícita y a veces implícitamente- Occidente asumió que existía una conexión racional entre la moral y la naturaleza; y, derivada de ella, una conexión racional entre la moral y la razón. A partir de Hume empezó a comprenderse el recién mencionado carácter absoluto de la libertad humana. El hecho de que la moral pueda fundarse en el espíritu mismo y no en el mundo, la cultura o la naturaleza. Empezó a comprenderse definitivamente la plena autonomía de la conciencia individual. El fundamento de la Conciencia Activa no está en la naturaleza sino en la Conciencia misma, en el Espíritu. El Ser Humano es capaz de desarrollar una fuerza moral infinita, muy superior a la que hasta entonces había concebido. Porque él, en el plano espiritual, funciona como un ente estrictamente absoluto. Es decir, como un ente que es capaz de romper todas, absolutamente todas, sus relaciones con el mundo. ¡¡Para bien y para mal!! Para hacerle bien al propio Ser Humano, como han hecho los santos, los profetas y los espíritus superiores de todos los tiempos; pero también para -sin el menor sentimiento de culpa, en lo que Hannah Arendt ha llamado la Banalidad del Mal- exterminar a millones de seres en los muchos holocaustos y genocidios que desde el siglo XVIII, igual que siempre, la Humanidad ha perpetrado. Pero de nuevo se repite la historia: Hume descubre el carácter absoluto del espíritu a mediados del siglo XVIII, pero es apenas a principios del XIX, con Schopenhauer; a mediados de ese siglo, con Kierkegaard y, sobre todo, a finales del mismo con Nietzsche, que esa ideas van finalmente a cobrar cuerpo. 2.6 La política como fenómeno más cercano a la naturaleza y a la animalidad que a lo humano. Sin duda, es en la política donde mas claramente se pone de manifiesto el carácter natural que lo humano asume en la Modernidad... a pesar de la claridad con la que desde el siglo XVI empezó el hombre a comprender el carácter activo, esto es, no-natural, de su conciencia. Ambas, cosas -la conciencia activa y el carácter natural de lo humano- están ya perfecta y paradójicamente claras, en uno de los más brillantes exponentes del pensamiento occidental de todos los tiempos: Nicolás Maquiavelo. La aterradora doctrina de este genio de la reflexión política es -en efecto y al mismo tiempo- por un lado, conciencia activa influyendo sobre la realidad, actuando sobre ella para transformarla volitivamente y, por el otro, reconocimiento del carácter natural y, más aún, animal, de lo humano; tanto del hombre a nivel individual, como de la sociedad en su conjunto. Reflexión teórica radical acerca de lo que la política “debe ser”, confrontada con la fuerza de lo que “es”, con la práctica puramente animal de dicha disciplina en toda la historia de la Humanidad anterior -y posterior- al siglo XVI; expresión cimera de la Conciencia Activa y, al mismo tiempo, reconocimiento de la fuerza natural incontrovertible que la práctica animal de la política tiene. Maquiavelo significa, en síntesis, un poderoso impulso al reconocimiento de lo estrictamente humano, es decir, de la Acción Consciente y -¡paradoja desproporcionada!-, al unísono, la liquidación, hasta el sol de hoy, del papel activo que a la ética le tocaría jugar en la política. 2.7 El triste epílogo del siglo XVIII: la Revolución Francesa. Toda esa profunda contradicción entre la Conciencia Activa y el componente animal del Ser Humano estalló en 1789, con la gloriosa y a la vez lamentable Revolución Francesa. Un esfuerzo desproporcionado por imponer la Acción Consciente; la certeza de que el hombre puede crear la realidad social, llevada dicha certeza mucho más allá de lo que en realidad el hombre puede. Robespierre y los jacobinos son -en ese sentido- un antecedente del Totalitarismo, la primera expresión trágica de la pretensión de ir mas allá de lo que nuestra condición de entes activos nos permite. Los Comités de la Salud Pública, encargados de controlar la vida privada de los ciudadanos, fueron sin duda la primera manifestación del Nazifascismo o del Comunismo; de la pretensión absurda de crear una sociedad ¡y un hombre! radicalmente nuevos. La Revolución Francesa, por lo menos hasta la ejecución de Robespierre, podría perfectamente ser entendida como una versión radical, utópica, “idealista” y lamentable de un hecho crucial que la Civilización Occidental había descubierto con el Renacimiento y la Filosofía Moderna: que el hombre es capaz de influir decisivamente sobre la historia, y sobre su propia “naturaleza”. Las pretensiones de Robespierre fracasaron radicalmente, todos sus sueños ilusos terminaron en la guillotina, pero la Revolución Francesa, como símbolo, le abrió definitivamente el camino a la transformación fundamental que se venía gestando desde hacia tres siglos: el auge del hombre como ser humano y no como ente natural. Proceso este que se desarrollaría muy lentamente en los dos siglos siguientes con la creación de condiciones capaces de garantizar la primacía de la ética por encima de la política, de la economía y aún del derecho; con la conversión de la teoría económica positiva en política económica normativa, es decir, en decisión consciente de los hombres; con la transformación del derecho en derechos humanos, la humanización de la política y del capitalismo, etc., etc. Un proceso que -en estos tiempos que nos toca vivir- está en plena ebullición y que ejercerá, sin duda, una influencia poderosa en el desarrollo de la Responsabilidad Social de la Empresa. 3 El siglo XIX: la Voluntad, el Poder y la Voluntad de Poder. 3.1 Hegel. Todo ese largo proceso que se gestó durante 3 siglos, que se había iniciado mucho antes, con el libre albedrío introducido por el Cristianismo, pero que finalmente cuaja con la Filosofía de la Modernidad y el “giro cartesiano” hacia la subjetividad; todo ello se vierte en la filosofía idealista alemana y muy específicamente en Hegel: la posibilidad de que el Espíritu Humano construya la realidad. La Verdad, llega a decir Hegel -atentando así finalmente contra 2.300 años de filosofía racionalista y empirista-, la Verdad no es la adecuación del pensamiento a la realidad, no es la vieja adequatio rei a la que tanto tributo y mitología se le había rendido por siglos. ¡¡La Verdad es la adecuación de la realidad al pensamiento!! En otras palabras, no se trata de que el Espíritu se adecue a la Naturaleza, al Mundo y a la Sociedad, sino -al revés- que estos se adecuen al Espíritu. Esa es la clave de los “tiempos modernos”, de la RSE y de las posibilidades de relanzamiento del Capitalismo. Lamentablemente, Hegel estaba todavía demasiado empantanado en los 2.300 años de filosofía fundada en la Razón, el Mundo, la Naturaleza y Dios, es decir, fundada en todo aquello en lo que se podía fundar, ¡menos en el Ser Humano! En él -en Hegel- el Espíritu, o la Voluntad, que se imponían sobre la realidad eran todavía una mezcla confusa de Dios y la Razón. No se trataba todavía del Espíritu concreto, humano, centrado en la Voluntad individual, en lugar de centrarse en la Razón. 3.2 Schopenhauer. ¡El siglo XIX empieza en realidad con Schopenhauer! Hegel -a pesar de que en él estaba ya presente la Voluntad- fue apenas el último destello de genialidad del siglo XVIII; fue, junto con Kant, el último esfuerzo de fundar al Ser Humano en la Razón. Con Schopenhauer la Voluntad pasa definitivamente a primer plano. ¡A pesar de su profundo pesimismo, de su resentimiento y de su recaída en la contemplación, es decir, en la negación de la Voluntad! A pesar de todo ello, el poder y lo volitivo empiezan a ocupar el lugar de la Razón, la Racionalidad y el Pensamiento Racional; envueltos estos ya en una profunda crisis, de la que aún hoy no se recuperan. El problema fundamental del hombre no es conocer -y contemplar- la realidad “tal cual ella es”, en sí misma, como reza el sueño ingenuo de la Filosofía Griega, sino actuar sobre ella, cambiarla, modificarla, adecuarla a las necesidades del espíritu. El valor ético fundamental no reside en la contemplación de la Verdad, ¡¡sino en su construcción consciente y activa!! El solo título de la obra principal de Schopenhauer, El Mundo como Representación y Voluntad, resume todo lo que acabamos de señalar. Lo que normalmente llamamos realidad no es en verdad la Realidad, es una representación que el Ser Humano, a partir de su subjetividad, se hace de ella. Pero si ello fuese así -y pocas dudas caben hoy de que lo sea-, entonces nosotros, que construimos la realidad, podemos también modificarla. La Voluntad -es decir, la Conciencia Activa, la capacidad de Acción Consciente que puede cambiar el mundo- aparece allí como el elemento esencial. No el conocer la realidad, sino la posibilidad de transformarla. Aún cuando -como en Schopenhauer- la Voluntad se empeñe en negarse a sí misma. ¡Que ya para lograr esto se necesita de un gran esfuerzo de Voluntad! Porque, evidentemente, no es lo mismo tener una actitud contemplativa “al natural”, cuando uno no ha descubierto que puede modificar la realidad, que tenerla reflexivamente, cuando uno ya sabe ¡¡que somos capaces de imponernos voluntariamente una actitud contemplativa!! 3.3 Nietzsche. Todo el “irracionalismo” del siglo XIX desembocó finalmente, de manera “natural”, en Nietzsche. El hombre es esencialmente Voluntad de Poder, propensión incontenible a imponerle sus decisiones al mundo y a la realidad. Todo lo que llamamos conocimiento racional y pensamiento racional, dice Nietzsche, no es más que una falsa realidad construida por nosotros para generarnos seguridad. Una realidad -la racional- que presuntamente es de una manera y no puede ser de otra. La verdadera realidad, dice Nietzsche, aquella con la que tenemos forzosamente que batallar, la realidad espiritual -y también, por supuesto, la realidad sensible- es todo lo contrario de la seguridad abstracta que nos ofrece la Razón: la verdadera realidad no son los conceptos ni las ideas, sino el fluir, el cambio, la posibilidad de transformar el mundo; pero también, obviamente, la angustia, la incertidumbre y la inestabilidad que todo ello genera. El Superhombre de Nietzsche es sin duda una creación febril del gran pensador alemán, del autor de Más allá del Bien y del Mal, pero hay en esa metáfora de lo sobrehumano una idea poderosa que es necesario rescatar -una idea, que ya había puesto de relieve Maquiavelo y que, después del exterminio de los hebreos a manos del Nazismo, una filósofa judía, Hannah Arendt replanteó con fuerza: el espíritu humano efectivamente está -o al menos puede ubicarse- “mas allá del Bien y el Mal”, más allá de la moral, no tiene que guiarse por las verdades convencionales acerca de lo que es bueno y lo que es malo. Porque él, el espíritu -como ya dijimos-, lleva en su seno la posibilidad de la Libertad Absoluta, la posibilidad de disociarse por completo de la realidad, para poder influir decisivamente sobre ella. O mejor dicho: como prerrequisito para poder influir decisivamente sobre ella. 3.4 Marx. Sería absurdo no dedicarle unos párrafos al padre intelectual del Comunismo, Carlos Marx. Él es, sin duda, el máximo esfuerzo intelectual que la Humanidad ha hecho para fundar teóricamente la posibilidad de construir una sociedad nueva, radicalmente distinta del Capitalismo y, lo esencial, construida conscientemente por los hombres. O, para ser más exactos, por el proletariado. En polémica con un filósofo alemán de la izquierda hegeliana, Ludwig Feuerbach, Marx plasmó esa idea -la posibilidad que tiene el hombre de crear la realidad y la sociedad- de manera magistral. Una idea que por sí misma es inobjetable, pero que se convirtió después en el núcleo de la sangrienta utopía comunista. La Onceava Tesis sobre Feuerbach -famosísima para los que malgastamos nuestra juventud en el marxismo- dice al respeto: “Los filósofos no han hecho mas que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Esta pretensión de cambiar radicalmente a la sociedad y al Ser Humano a partir de la acción consciente del proletariado, es evidentemente una consecuencia o derivación aberrante de lo que fue el planteamiento central de la Modernidad: la certeza de que la Conciencia Activa del hombre puede influir sobre la realidad. En Marx, esta posibilidad asumió una dimensión absolutamente utópica -o más bien ilusa- que no podía terminar sino en lo que terminó, en la Dictadura del Proletariado, formulada por él mismo y en el totalitarismo más sanguinario, ejecutado ya en el siglo XX por Stalin, Mao, Polpot y Fidel Castro. Es vital que destaquemos el nombre de Marx, porque fueron sus ideas -la posibilidad de crear una sociedad nueva y un “hombre nuevo”, la posibilidad de implantar en éste valores morales supremos como la solidaridad y la identificación con todos los demás seres humanos en un colectivo, todo ello ¡por la fuerza y a corto plazo!-; fueron estas ideas, intactas, repetimos, las que asumió el Che Guevara, símbolo romántico supremo de la Revolución Cubana y de la izquierda más infantil en América Latina. Y son esas ideas las que hoy alientan el Neocomunismo en nuestro subcontinente. 4 Sólo el que tiene poder, algún tipo de poder, puede ser un ente ético. A partir de Nietzsche -y, por supuesto, a partir de la intensa reflexión que se inicia con Maquiavelo, a principios del siglo XVI-, la noción de la ética que la Civilización Occidental había cultivado por siglos cambia radicalmente. En lugar de ser, como tradicionalmente se la había concebido: “un conjunto de principios y valores que guían la vida del individuo; conjunto de principios y valores que son formulados por la sociedad, la cultura, la religión o el Estado, y en todo caso, por una instancia externa al Ser Humano”; en lugar de ser eso, la ética pasa a ser la posibilidad que el hombre tiene de cambiar el mundo, la necesidad en la que se encuentra de tomar decisiones, ¡cuando la realidad no le aporta razones contundentes acerca de lo que debe hacer!; esto es, cuando de dicha realidad no se deduce de manera necesaria lo que deba hacerse; cuando la decisión que tomemos genere una nueva situación que no se deriva o infiere de la anterior. ¡Porque si con la misma realidad, el mismo contexto o las mismas premisas podemos decidir hacer X o exactamente lo opuesto de X, ello querrá decir que ninguna de las dos nuevas situaciones que -dependiendo de mi decisión- surja, tendrá nada que ver con la realidad o las premisas anteriores a dicha decisión! Es una visión de la ética en la cual el Ser Humano, independientemente de que se guíe por las convenciones sociales o morales, es capaz de influir decisivamente sobre la sociedad, sobre sí mismo, sobre los demás seres humanos… y sobre las mencionadas convenciones sociales o morales que lo condicionan. Por supuesto, al concebir a la ética de esa forma se la asocia rigurosamente a la responsabilidad. El que tiene posibilidades de cambiar el mundo, esto es, aquél que con sus decisiones puede modificar las cosas y, sobre todo, la vida de las demás personas, deberá asumir la responsabilidad moral que ello conlleve. Pero la asunción de dicha responsabilidad no es automática, no se produce en el Ser Humano de manera natural, ¡depende también de su Libertad Absoluta! de su capacidad de decidir y del esfuerzo que esté dispuesto a hacer para asumir o no su responsabilidad. Es un compromiso que el Ser Humano debe aceptar conscientemente, no algo que se le impone de manera necesaria. Que no tiene forzosamente que asumir, que él puede libremente aceptar o desechar. Con todo lo cual arribamos a lo que en esta sección nos interesa: la inevitable conexión que se establece entre la Ética y el Poder; la idea de que sólo puede tener una dimensión ética, de que sólo puede actuar y puede ser juzgado moralmente, el que tiene poder, el que puede tomar decisiones que cambien la realidad. Sea la suya propia o la de los otros seres humanos. Entendemos el tener poder como la posibilidad real de tomar decisiones. A los más diversos niveles, desde el poder para decidir invadir Irak, hasta el poder de la voluntad que permite no comerse el postre. Como resulta evidente, se trata de una manera radicalmente distinta de concebir las relaciones entre la ética y el poder, que deriva de una manera distinta de concebir la moral. Porque la ética -desde esta perspectiva- no es, repetimos, “el conjunto de principios y valores que guían nuestra vida” y que nosotros “tenemos”, casi de la misma forma que tenemos camisas o muebles; la ética pasa a ser, más bien, la fuerza o el poder moral que tengamos para hacer valer, para imponer, nuestros valores; fuerza o poder moral que deberá descansar sobre algún tipo de capacidad, circunstancia o recurso, material o concreto, que permita validar cualquier decisión que tomemos. El pequeño empresario que opera en el Capitalismo Competitivo puede tener el deseo mas hermoso, humano y profundo de elevarle el salario a sus trabajadores o de emplear a unos cuantos mas para contribuir a reducir el desempleo, puede estar sinceramente identificado con sus conciudadanos y puede sentir un inmenso amor por sus prójimos, ello no servirá de mucho si, como consecuencia de la competencia, su tasa de la ganancia esta permanentemente adosada al mínimo de los costos medios totales. Sólo cuando la gran empresa en el Capitalismo Oligopólico logró desarrollar un cierto poder sobre el mercado, pudo plantearse la posibilidad real de actuar éticamente.
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