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LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DE LAS EMPRESAS (continúa) Autor: Dr. Emetrio Gómez Capítulo
I: El marco general CAPÍTULO III: DEL CAPITALISMO COMPETITIVO AL CAPITALISMO TRASNACIONAL Tal como hemos visto, la idea de la Conciencia Activa, la posibilidad de que el Ser Humano modifique la realidad social, esa especie de milagro que se desarrolla muy lentamente hasta finales del Siglo XVIII, estalla con violencia en el Siglo XIX y hasta el sol de hoy no ha hecho más que desarrollarse con intensidad creciente. Por las más diversas vías, pero cada vez con mayor fuerza. En este capítulo revisaremos muy apretada y resumidamente las múltiples y variadas formas que ha asumido la Acción Consciente de los seres humanos en los dos últimos siglos. En las cuatro esferas que hemos venido trabajando: lo económico, lo político, lo jurídico y lo ético. 1 El Capitalismo Oligopólico. En el Capitalismo Competitivo, el empresario no tiene ningún margen de acción sobre la realidad social global, es decir, sobre el mercado. Puede decidir respecto de algunas variables de su empresa, pero, en lo esencial, se amolda al poderoso condicionamiento que el libre juego de la oferta y la demanda le imponen. Pero, a medida que algunas empresas crecen, empiezan a tener poder para influir sobre el mercado, empiezan a estar en condiciones de imponer -o al menos de condicionar- los precios de sus productos y los de las materias primas que compran, los salarios que pagan, etc. Mientras más grande es la empresa, más se refuerza esa tendencia y mayor es la propensión a la concentración y centralización de capitales, más posibilidades de inversión, mayores facilidades en todos los terrenos etc., etc. Porque a medida que la empresa crece y adquiere poder, en esa medida se disuelve o se diluye para ella el condicionamiento básico que el mercado y la competencia le imponían, a saber: el que la tasa de la ganancia se mantuviera restringida, adosada al mínimo de los costos medios totales, ya que cualquier elevación suya por encima de ese umbral desaparecía inmediatamente por la presión de los nuevos oferentes o competidores que libremente podían entrar en el mercado. ¡El tamaño del poder oligopólico de la empresa lo indica precisamente el margen de ganancia extraordinaria que pueda obtener, retener… o acaparar! Porqué no se trata sólo del poder individual que cada una de las empresas oligopolizadas pueda detentar, o pueda llegar a tener, ¡se trata del oligopolio mismo! de la posibilidad que tienen las empresas, cuando son pocas, de coaligarse, de establecer entre ellas coaliciones… ¡o colusiones! Oligopolio quiere decir mercado controlado por varios (oligos) oferentes. Lo esencial no es el poder individual, repetimos, sino los acuerdos a los que puedan llegar -y a los que con toda seguridad llegarán- las pocas empresas que surjan como líderes dentro del proceso competitivo. El resultado va a ser el surgimiento de las más diversas formas de asociación y colaboración entre ellas: reparto del mercado, asignación de cuotas, establecimiento de precios, control de los proveedores, etc. Lo que nos interesa destacar como esencial para el planteamiento que venimos haciendo, es que el oligopolio es el primer paso en el proceso de asunción de poder por parte de las empresas. A partir de él, ellas empiezan a tener posibilidades de influir sobre la sociedad y sobre lo que en ella ocurra. ¡A partir de allí empiezan a tener responsabilidad moral! 2 La aparición de los sindicatos. En perfecto paralelismo con los oligopolios, se desarrollaron los sindicatos. La fuerza de trabajo empieza a dejar de negociar como antes lo hacía, es decir, individualmente, sin que hubiera la menor posibilidad por parte de los trabajadores de imponerle condiciones a los demandantes de la fuerza de trabajo, a las empresas. A partir de un determinado momento, los sindicatos asumen una cierta dosis de poder y empiezan a imponer dichas condiciones en los mercados laborales. Empiezan a crear la realidad a partir de sus decisiones conscientes. Pero la mayor dosis de fuerza de las organizaciones sindicales no proviene de ellas mismas, proviene de su asociación con movimientos políticos, con la esfera de lo político. Con doctrinas y partidos políticos asociados a los trabajadores. Desde mediados del siglo XIX empiezan a surgir incipientes ideologías -el marxismo, el anarquismo, el socialismo en todas sus variantes, etc.- que insertan las luchas sindicales en luchas y movimientos sociales más amplios, y que obviamente refuerzan el poder de dichos sindicatos. La esfera de lo económico recibe así un impulso considerable desde la esfera de lo político. Pero, de nuevo, nos interesa destacar los efectos que este proceso tiene sobre la evolución de la capacidad de Acción Consciente por parte de los seres humanos. Y en este sentido, el surgimiento de los sindicatos y, más ampliamente, de las luchas sociales y políticas de los trabajadores -desde sus formas mas incipientes, en el siglo XIX, hasta las más elevadas de la cogestión obrera en nuestros días, pasando por la barbarie comunista y la utopía absolutamente ilusa del marxismo- todo ello ha significado un inmenso salto que la humanidad ha dado, en el sentido o la dirección de la Conciencia Activa, de la capacidad que ha ido desarrollando el hombre para influir sobre los procesos sociales ¡¡y, lo esencial, sobre su propio destino!! Porque este proceso de desarrollo sindical, político y social de los trabajadores -independientemente de las exageraciones atávicas contenidas en consignas como la “lucha de clases”- expresa una tendencia profunda hacia la incorporación de las clases menos favorecidas a la vida social digna, a lo largo de toda la historia de la Humanidad. Ni la democracia, ni la ética, ni la posibilidad de superación espiritual del hombre tienen el menor sentido si no se incorpora plenamente a los desheredados de la tierra a la vida política y social activa. Pero esa incorporación puede hacerse por dos vías: por una concesión graciosa de parte de aquellos sectores sociales que detentan y controlan el poder, por una “liberación” de los esclavos o de los siervos de la gleba -cuando ya económicamente ello comportaba más bien una ganancia o una ventaja para los propietarios-, como ocurría en otras épocas; o por un desarrollo de la Conciencia Activa, de la capacidad de Acción Consciente por parte de los propios trabajadores, marginales, excluidos y desheredados, tal como ha venido ocurriendo desde principios del siglo XIX. Proceso éste sobre el que estaremos volviendo recurrentemente, porque -como es fácil intuir- es crucial para impulsar la Responsabilidad Social y, obviamente, más aún, la Responsabilidad Moral de la Empresa. 3 El Welfare State o Estado del Bienestar, la Economía Social de Mercado y los Fondos Privados de Pensiones. A finales del siglo XIX, hacia 1880, en la Alemania de Bismarck, se produce un cambio sustancial en la concepción del Estado, que constituye un hito clave en el auge creciente de la capacidad del Ser Humano para influir éticatemente sobre la realidad: aparece -creado por Bismarck- el Welfare State, el Estado asumiendo el papel de garante del bienestar económico y social de los sectores mas pobres de la sociedad. El Estado cobrando impuestos para transferirlos a dichos sectores más necesitados, intentando así una cierta redistribución progresiva del ingreso, una traslación de fondos desde aquellos que más reciben hacia los que reciben menos. Por casualmente 100 años -desde 1880 hasta 1980, esto es, desde Bismarck hasta Tatcher- la fórmula con la cual funcionó el sistema capitalista fue muy sencilla, pero muy contundente: la economía privada se encargó de la producción masiva de bienes y servicios y el Estado, en contrapartida, se ocupó de los pobres. Por exactamente un siglo dicha fórmula funcionaría con altísima eficiencia, permitiendo no sólo la sobrevivencia del modelo, sino también su consolidación y, sobre todo, su reforzamiento ético. El Welfare State, fue sin duda una contundente respuesta que el Capitalismo le daba a las nacientes amenazas socialistas, comunistas y totalitarias; tanto de derecha como de izquierda, que ya entonces -a finales del siglo XIX- empezaban a manifestarse. Marx, con su materialismo histórico, supuestamente científico, había pronosticado que el Capitalismo sucumbiría producto de sus contradicciones internas, presuntamente insolubles. Pero ocurrió exactamente lo contrario, ¡tal como debería ocurrir hoy con la idea de la Responsabilidad Social Empresarial!: la propia amenaza marxista y comunista se convirtió en un poderoso acicate para que se dedicaran recursos ingentes a atender las necesidades de los más pobres, revirtiendo así el pronóstico “científico” de Marx. Se iniciaba con ello un proceso sostenido de transformaciones internas del capitalismo, de cambios profundos a favor de la solidaridad y la identificación con los desposeídos, que hoy permiten plantearse como relativamente posible, una alteración sustancial en el núcleo básico del sistema. Todos los cambios que hemos reseñado, y los que faltan, serían modificaciones graduales o “cuantitativas”, preparatorias de un potencial cambio sustancial o “cualitativo”. Uno que debería producirse en nuestra época, si es que la Civilización Occidental quiere sobrevivir tal como la conocemos. Cabe concluir esta referencia al Welfare State, mencionando dos procesos que en cierta forma son prolongaciones o derivaciones suyas. Uno de ellos es la Economía Social del Mercado, desarrollada fundamentalmente en la Alemania de la segunda posguerra mundial. Los liberales alemanes, sin romper con las ideas y postulados básicos del liberalismo clásico, asumen la insoslayable necesidad de afrontar el problema social, la lucha contra la pobreza. Y aparece la posibilidad, que hoy se replantea con fuerza -y que nosotros reivindicaremos posteriormente- de reforzar al mismo tiempo, por un lado, el mecanismo de mercado, la competencia y la rentabilidad y, por el otro, la solidaridad para con los más pobres. La otra prolongación o derivación del Welfare State son los Fondos Privados de Pensiones, desarrollados inicialmente en Chile y con posibilidades de ser adoptados en muchos otros países. Se trata de una solución alternativa ante las gravísimas y crecientes dificultades que confronta la Seguridad Social Pública. Otro de los componentes esenciales del Welfare State, que amenaza con volverse insostenible o infinanciable a un plazo relativamente corto. 4 La Socialdemocracia, el Socialcristianismo, el Socialismo Democrático y la Encíclica Rerum Novarum. También a finales del siglo XIX -y al principio fuertemente influenciada y mas que influenciada, adscrita al marxismo- se desarrollóen Alemania y en Europa la Socialdemocracia. Un movimiento político que, como explícitamente trasluce su nombre, recoge la necesidad imperiosa de atender el problema social, las carencias de los más pobres. La Democracia Social se revela -y se rebela- como un complemento ineludible de la Democracia Política. Y también -dicho sea de paso- como complemento de un concepto al que muchas décadas después, con la democratización del capital, el capitalismo popular y la cogestión obrera, se le conocerá como la Democracia Económica. La Socialdemocracia -tal como hemos dicho- surge rigurosamente adscrita al Marxismo, pero ya a principios del siglo XX empezó a diferenciarse de él. El triunfo de la Revolución Bolchevique, esto es, del Comunismo Ruso, radicalmente opuesto al Capitalismo, por un lado; y las drásticas divergencias internas dentro del marxismo, que dieron origen a la “traición” de los reformistas y revisionistas; todo ello permitió que la Socialdemocracia empezara a convertirse en lo que a lo largo del siglo XX fue uno de los pilares básicos de la fundamentación y el sostenimiento del Capitalismo; una manifestación poderosa del desarrollo de la Conciencia Activa, de la capacidad de acción consciente, por parte de hombre. Mientras tanto, en la esfera religiosa, y tan temprano como en 1.891, se produce un hecho que redundaría poderosamente en la humanización del Capitalismo. Nos referimos a la aparición de la Encíclica Rerum Novarum, del Papa León III. El nombre de esta Encíclica, traducido del latín vendría siendo algo así como “Las Cosas Nuevas”. Y las cosas nuevas, en ese momento, eran por supuesto el socialismo, la socialdemocracia, la inmensa agitación social que vivía Europa, el sindicalismo, la revolución y el Comunismo. La Iglesia se metía abierta y explícitamente en el terreno de lo social. El poder inmenso de la esfera de lo espiritual, apartándose por un momento del terreno de lo estrictamente religioso, irrumpe en la problemática más concreta y cotidiana del Ser Humano. Una orientación que hoy, a principios del siglo XXI y ante la gravísima situación que vive la Humanidad -ante la necesidad de impulsar la Responsabilidad Social Empresarial-, podría ser decisiva. Una orientación y una actitud de la Iglesia, que tuvo una consecuencia directa y crucial: el impulso al surgimiento de un movimiento político paralelo a la Socialdemocracia, y también de carácter mundial: el Socialcristianismo o la Democracia Cristiana. Con exactamente la misma intención que sus homólogos socialdemócratas: darle a la democracia un contenido social. Aunque con un complemento o diferencia importante, que no dejó de sentirse mientras ambas corrientes estuvieron en su apogeo: la Democracia Cristiana tenía un componente espiritual decisivo. Finalmente -bien por derivaciones del Comunismo o por procesos independientes- se constituyeron en el mundo los Partidos Socialistas Democráticos. Un elemento más dentro de un inmenso proceso político que definió lo esencial de la conformación del Estado en el siglo XX: la Conciencia Activa planteándose la posibilidad de introducir cambios esenciales en los procesos sociales. ¡¡Hoy, todas estas iniciativas, estas tres grandes corrientes del pensamiento y la acción política, están virtualmente agotadas!! Y este agotamiento -conectado con la posibilidad de que surjan o no movimientos políticos o ideológicos alternativos- va a jugar un papel decisivo en lo que pueda ocurrir con el Capitalismo. Tanto la Socialdemocracia, como el Socialcristianismo y el Socialismo Democrático, cumplieron a cabalidad su papel, contribuyendo decisivamente a hacer viable el Capitalismo que Marx creyó condenado a autodestruirse. Hoy se requiere un relanzamiento del Capitalismo, que difícilmente va a venir ni de la esfera de lo político, ni del Estado, ni de la economía entendida como proceso general. Un relanzamiento que sólo pareciera poder provenir específicamente de la Empresa y del Capital, por un lado y del desarrollo ético del Ser Humano y de la sociedad, por el otro. 5 Keynes y la aparición de la Política Económica. Siendo quien esto escribe un economista -es decir, por una natural desviación profesional- Keynes podría resultar el hito más importante de todo este proceso de ascenso de la Conciencia Activa; con todo y lo importantes que son los demás elementos. Porque John Maynard Keynes le da un vuelco radical, no sólo a la comprensión, sino -lo mas importante- ¡al manejo concreto y consciente de la economía! Antes de él, como ya vimos y hasta tan tarde como la década de los 30 del siglo XX, las ideas básicas que privaban en dicha disciplina eran la mano invisible del mercado y el laissez faire, esto es, la no intervención del Estado; es decir, la reducción al mínimo de la acción consciente de los hombres sobre la economía, entendida ésta como proceso global o social. Con Keynes se produce un cambio radical en sentido opuesto. La economía de mercado en su versión ortodoxa -clásica y neoclásica-, dice Keynes a manera de crítica, genera una deficiencia en la demanda efectiva. Porque no es cierto que “toda oferta cree su propia demanda”, como se pensó en el siglo XIX; porque buena parte del ingreso que recibe -y que ahorra- la gente, no se convierte necesaria ni mucho menos automáticamente en gasto, en demanda de bienes de inversión; que es lo que supuestamente debería ocurrir según el modelo neoclásico. En esas condiciones, es decir, ante esa deficiencia en la demanda, el Estado debe intervenir incrementándola a través de una expansión del gasto público. El Gobierno, esto es, el fisco, puede pedir prestada esa masa de ahorro que los particulares no están dispuestos a invertir y puede inyectarle ese dinero a la economía, estimulando así el aparato productivo, la inversión, la oferta y el empleo, a través de la expansión exógena de la demanda. Keynes estaba pariendo la idea de la Política Fiscal sistemática y, más específicamente, la del Déficit Fiscal como instrumento esencial -y permanente- destinado a impulsar conscientemente la economía. Este es, en lo esencial -y muy resumido-, el mecanismo básico con el que el gran economista inglés y su libro la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, cambiaron profundamente tanto la ciencia económica, como la economía real de la Civilización Occidental. Era la aparición de la Política Económica como instrumento sistemático. Antes de Keynes -y desde siempre- por supuesto que los gobiernos habían tomado medidas aisladas que afectaban a la economía. Cada vez que la mano de obra se tornaba escasa y su precio tendía a subir, como por arte de magia, se flexibilizaban los mecanismos de inmigración. Y siempre hubo medidas en relación a la moneda, la banca, etc., pero la Política Económica sistemática, permanente e institucionalizada, empieza con Keynes. Hasta él, la economía era un proceso cuasinatural, un conjunto de fenómenos que nadie era capaz de influir conscientemente, a partir de él -y por mucho que de manera incipiente y deficiente- la economía empieza a ser el producto sistemático de decisiones conscientes que toman los seres humanos. En este caso, los que manejan el Estado. En la década de los 30 del siglo XX esta capacidad de Acción Consciente era, como dijimos, todavía muy incipiente y deficiente; pero a lo largo de estos ya casi 70 años que nos separan de la Teoría General, las nociones de Política Económica, política fiscal, monetaria, cambiaria, arancelaria, comercial, industrial, financiera, etc., se han desarrollado a niveles inimaginables. ¡Así como se ha desarrollado la conexión entre la Política Económica y la “Política Política”! La interacción consciente entre los diversos gobiernos del mundo, las negociaciones permanentes en el “grupo de los 5”, de los 7 o de los 9, es ya una cuestión perfectamente rutinaria. Todo lo cual va generando escenarios de conformación de la sociedad mundial cada vez más proclives a la acción consciente, esto es, a la posibilidad de conformación de la realidad a partir del carácter activo de la conciencia. 6 Los Bancos Centrales y la Política Económica. Keynes tenía más confianza y puso todo su énfasis en la Política Fiscal, pero contribuyó también -poderosamente- a desarrollar y a imponer la idea de la Política Monetaria. Desde el paleolítico el dinero era esencialmente dinero-mercancía, un proceso regido por leyes cuasinaturales rigurosas. En las últimas décadas antes de Keynes, era ya dinero-signo, una masa monetaria manipulada por los bancos y en general por los agentes económicos; pero, otra vez, fue a partir de Keynes que el dinero pasó a ser de manera plena una creación consciente del Ser Humano. Fue a partir de él que apareció la Política Monetaria sistemática. Hasta la década de los 30 del siglo XX, las funciones de la banca central se desarrollaban a través de bancos privados al servicio del Estado. Y, lo esencial, hasta esa década rigió el Patrón Oro o el Patrón Oro-Plata como el mecanismo (cuasinatural) encargado de garantizar una determinada oferta monetaria, una determinada cantidad de dinero en circulación. En la década de los 30 se institucionalizan los Bancos Centrales y desaparece el Patrón Oro. ¡¡El dinero -nada más y nada menos que el dinero-, a partir de ahora pasaba a ser una “variable” que la decisión o acción consciente de los hombres podía establecer con cierta rigurosidad precisión!! Una variable que en los modelos macroeconómicos se trata normalmente como una constante, puesto que es una cifra sobre la que el Banco Central tiene claro poder de decisión. Tratábase, sin la menor duda, de un hecho o fenómeno que -asociado con todo lo que hemos señalado de Keynes y la Política Económica- pasaba a constituirse en un punto de inflexión decisivo en la marcha de la Humanidad, en el grandioso ascenso -¡o defenestración!- del hombre. 7 Milton Friedman, el Monetarismo y el Neoliberalismo. Para completar la secuencia y el seguimiento de la expansión de la Conciencia Activa en la economía, es imprescindible mencionar enfáticamente a Milton Friedman, premio Nóbel de economía, fundador de una Escuela de pensamiento económico, el Monetarismo, y cofundador, junto con Hayek y Mises, de una doctrina política, económica e ideológica, el Neoliberalismo. (O, con todo respeto, simplemente Liberalismo, como prefieren ser llamados muchos de los seguidores de esta doctrina). Desde la perspectiva del liberalismo, tanto Friedman como Hayek, Mises y otros miembros prominentes de la Escuela Austriaca de Economía, aparecen frontalmente opuestos a Keynes, a las políticas económicas keynesianas y, en general, a la intervención del Estado en la economía. Con toda razón, puesto que ellos propugnan la reivindicación y el restablecimiento de los mecanismos propios de la Economía de Mercado, en tanto que Keynes es el artífice de la intervención estatal. ¡Pero en el terreno de la Política Monetaria -y a diferencia de Hayek y Mises- Friedman converge y refuerza poderosamente el planteamiento keynesiano esencial: la necesidad de la acción consciente y del poder del Estado, a fin de imponerle determinadas condiciones a la realidad! Keynes propuso en la década de los 30 una política fiscal expansiva a fin de estimular la demanda e incrementar el empleo. Que era su objetivo último, en una época que -como consecuencia de la Gran Depresión- tenía en el desempleo su principal flagelo. Friedman, por el contrario, propugnaba una política monetaria fuertemente restrictiva, a fin de contener el crecimiento de la cantidad de dinero en manos del público y por esa vía frenar la inflación. Que era su objetivo principal y el problema fundamental en la década de los 70 del siglo XX. Pero -como resulta obvio- tanto la política fiscal expansiva de Keynes, como la política monetaria restrictiva de Friedman, ambas, requieren de un poder y de una intervención estatal fuerte, decidida y audaz. De todo lo cual es fácil deducir que el fundador del monetarismo, aunque como liberal difería radicalmente del estatismo de Keynes, siguió decida y audazmente la senda crucial del siglo XX: la expansión acelerada de la intervención consciente de los seres humanos en la actividad económica. Actitud decisiva esta, que le permitió al Capitalismo y a la Civilización Occidental controlar firmemente el flagelo inflacionario. Y, entre otras cosas, derrotar al Comunismo. Pero ocurre que -como era de suponer, dada esa tendencia poderosa que dominó durante el siglo XX- exactamente lo mismo que pasó en el terreno de la ciencia y de la política económica, ocurrió en el plano del Neoliberalismo como propuesta económica, política e ideológica. Contra la concepción liberal clásica, que supone que el mercado se genera por un proceso espontáneo que excluye la acción humana deliberada sobre el conjunto de la sociedad -planteamiento este que tal vez haya sido válido en la transición del Feudalismo al Capitalismo-, contra esta visión clásica, Augusto Pinochet en Chile y Margaret Tatcher en Inglaterra, los dos grandes ensayos exitosos del Neoliberalismo y de la reinstauración de la Economía de Mercado, ¡¡bien lejos de ser procesos espontáneos y naturales, fueron el resultado de una imposición decidida por parte del Estado!! No se desarrollaron como producto espontáneo de la iniciativa privada, sino que fueron el resultado de políticas estatales, férreamente autoritarias, es decir, férreamente impuestas por una Conciencia Activa. Los ensayos neoliberales, que en lo esencial -en cuanto a su funcionamiento- comportan un sustancial repliegue del Estado y de las regulaciones económicas, fueron en su origen el producto de una contundente acción consciente del Estado. Tanto en Chile, como en Inglaterra, repetimos. Procesos estos que -como resulta fácil entender- no tenían por qué limitarse al origen, a la reinstauración o reimplantación del mercado, sino que podían operar libremente en cualquier momento; es decir, el Estado podía intervenir cuando así lo deseare a fin de garantizar de manera consciente y volitiva, ¡¡el funcionamiento espontáneo y cuasinatural del mercado!! Que es el rasgo que distingue claramente al Neoliberalismo del Liberalismo clásico. Que es además, en buena medida, uno de los síndromes básicos de la sociedad actual: la instauración consciente, es decir, ética, de mecanismos e instrumentos que operan de manera racional o natural, pero claramente predeterminados, impuestos, condicionados y aun constituidos a partir de la Conciencia Moral. En cuyo sentido, vale la pena destacar los esfuerzos que hacen algunas Escuelas excesivamente pragmáticas de economía en Norteamérica, que pretenden manejar la sociedad a través de la mera instauración de sistemas de incentivos o desincentivos que le impongan a los hombres un determinado comportamiento. El pragmatismo llega en este caso a la pretensión de sustituir el desarrollo ético del Ser Humano por los puros sistemas de incentivos. 8 El totalitarismo, las integraciones regionales, los derechos humanos, la psiquiatría espiritualista y el relanzamiento de lo religioso. Por graves restricciones de tiempo y de espacio, a continuación juntamos desordenadamente y resumimos aun más cinco factores adicionales que en el siglo XX expresaron y reforzaron el ascenso de la Conciencia Activa que hemos venido reseñando. Dejando claro que cualquiera de estos factores puede ser tan o mas importante que los ya mencionados. Simplemente, nos vemos obligados a abreviarlos. 8.1 El Auge del Totalitarismo. De alguna manera el marxismo revolucionario, el pensamiento profundamente reaccionario que puede fácilmente encontrarse en Nietzsche, el comunismo, el nazismo y el fascismo, son todos herederos del Renacimiento y la Modernidad, de la filosofía de la subjetividad, que descubrió e impulsó la capacidad de acción consciente del Ser Humano. La pretensión de cambiar radicalmente al Capitalismo para imponer un nuevo Proyecto tanto de hombre como de sociedad -comunista o colectivista, por un lado y corporativista en el caso del nazifascismo- no pasa de ser una versión extrema, aberrante y criminal de la aspiración suprema de los siglos XVI al XVIII: la Voluntad de Poder, la Conciencia de Clase, el Espíritu Absoluto y en general el Yo o el Sujeto de la Modernidad queriendo cambiar al mundo sin ninguna restricción. Ayuda dramáticamente a comprender al Ser Humano y en general a la Civilización Occidental el estar plenamente consciente de hasta que punto, por aberrante que haya sido, el totalitarismo fue -y sigue siéndolo ahora en su versión neocomunista latinoamericana- la expresión extrema y degenerada del maravilloso salto que la Humanidad dio al acceder a la Conciencia Activa. Hace mucho bien el comprender que el Nazismo y el Comunismo sintetizan esa pretensión de cambiar por un “hombre nuevo” la miseria que es el viejo Ser Humano. ¡¡De la noche a la mañana y por la fuerza, además!! 8.2 Las Integraciones Regionales y el esbozo de fusiones de Estados. Con todas las dificultades que ha tenido y sigue teniendo y con todo el inmenso esfuerzo de negociación política que requirió, la pura posibilidad de la construcción de una nación europea es sin duda un salto cualitativo en la historia de la Humanidad y en la reafirmación del carácter activo de la conciencia. La unificación de las políticas económicas, monetarias y fiscales, la creación de un solo Banco Central ¡y de una moneda única!, es mucho mas que todo lo que Keynes, en algún momento de delirio, pudo haber soñado. El Euro es, en cierta forma, la expresión acabada de lo esencial de la filosofía de los siglos XVII y XVIII, la reafirmación de la Acción Consciente por parte del hombre; la primera moneda estrictamente humana, producto de la capacidad de decidir, frente a todas las que antes existieron, y que surgieron como expresión de realidades naturales. Pero la Europa Unida es tan solo la expresión más descollante del proceso de acercamiento entre países. Por todas partes en el mundo se hacen esfuerzos para generar integraciones regionales. Mercosur, el Nafta o Tratado norteamericano de libre comercio y el Alca, el Acuerdo de libre comercio de las Américas, son tres significativos ejemplos, ubicados todos en el continente americano. Ese inmenso proceso de fusión de Estados, de integraciones regionales y de políticas económicas compartidas -o más bien comunes-, asoma ya claramente en el horizonte la posibilidad ¡y la necesidad! de acuerdos políticos globales que a nivel del planeta permitan coordinar el proceso de globalización de la economía mundial. Proceso este que hasta ahora se ha desarrollado de manera anárquica, siguiendo las pautas del mercado como fenómeno cuasinatural, pero que en algún momento va a exigir alguna dosis de acción consciente. Una tendencia al final de la cual se vislumbra borrosa la figura amenazante de un Estado único mundial. Mutatis mutandi, esto es, salvando las distancias, la Globalización está hoy en el mismo nivel de escaso desarrollo de la conciencia, en el mismo nivel de excesiva cuasinaturalidad en que estaban las economías nacionales antes que Keynes hiciera su aparición. 8.3 De los derechos civiles y políticos a los derechos humanos, pasando por los derechos sociales. A finales del siglo XVIII, en la revolución americana y en la francesa, se establecieron firmemente los derechos del hombre y del ciudadano. Eran en lo fundamental, los derechos civiles. A partir de las luchas sindicales, sociales, políticas e ideológicas del siglo XIX y, sobre todo, a partir del Welfare State, del Estado del Bienestar, de 1880, se institucionalizaron los Derechos Sociales. El derecho a la salud, la educación, la vivienda y el trabajo. Y, en general, el derecho a una vida digna y decente. En 1.948 se produce la Declaración Universal de los Derechos Humanos: el respeto radical por la persona y la posibilidad de su pleno desarrollo moral, económico y social. Un concepto más general que englobó al de los Derechos Sociales. Con la aparición de los derechos sociales se planteó -y sigue planteado- un problema terriblemente complejo: ¿quién ha de financiar o pagar su costo? Porque los derechos civiles y políticos -el derecho a la vida, a no ser privado de la libertad, a expresarse libremente, a movilizarse o a votar, por ejemplo- no tenían más costo que el derivado del mantenimiento de un sistema judicial. Eran o son los llamados “derechos negativos”; se trataba de NO imponerle restricciones a la vida de los ciudadanos, de no intervenir en ella. Los derechos sociales, en cambio, tenían un costo, un costo derivado precisamente del Welfare State, que ya hemos analizado. Eran los llamados “derechos positivos”, se trataba -ahora SI- de intervenir en la vida de los hombres para proporcionarles bienestar... y eso tiene un costo. Los Derechos Humanos plantean también un problema inmenso, no ya conectado con la economía y el financiamiento, como en el caso de los derechos sociales, sino relacionado ahora con la ética. En cierta forma ellos, los derechos humanos, no son sólo un problema jurídico sino -esencialmente- uno de carácter moral. No se trata tanto de derechos que la gente tenga, sino de responsabilidades éticas que los demás asumen, de compromisos de la sociedad para con las personas: la eliminación del trabajo infantil, el respeto a los derechos de los delincuentes, de los homosexuales y de todas las minorías, etc. Pero en ambos casos -tanto en los derechos sociales como en los humanos- lo que nos interesa destacar es que la Civilización Occidental rebasa la noción misma de Derecho. Ésta implica de alguna manera una confrontación de fuerzas o de poderes, una imposición coactiva. Los derechos civiles y políticos del ciudadano, en Francia o en Norteamérica ¡fueron conquistados por el ciudadano!; el obrero “tiene derecho a un salario”, porque ha entregado al empleador una determinada cantidad de trabajo, el que compra un bien tiene derecho a él porque entrega una determinada cantidad de dinero, etc. En el caso de los derechos sociales y humanos, no se trata tanto de una imposición coactiva, ni tampoco de una contraprestación, sino más bien de una decisión moral consciente y libre, de una Conciencia Activa -del individuo, del ciudadano, de la Sociedad Civil o del Estado- que reconoce dichos derechos. 8.4 De la sexualidad freudiana a la psiquiatría espiritualista. La psicología y la psiquiatría son disciplinas en cuya evolución se puede percibir claramente el salto de lo natural a lo humano; de lo biológico o neurológico en este caso, a la esfera de la moral, del Mundo al Espíritu; ¡de lo Inconsciente a lo Consciente! Freud refunda hace 100 años la esfera de lo psiquiátrico, pero la refunda sobre bases fuertemente naturales, férreamente influidas por la naturaleza. Por la libido o sexualidad. A lo largo de todo el siglo XX la psiquiatría evolucionó sistemáticamente hacia la espiritualidad, hacia las esferas superiores del desarrollo de lo humano. Todo ello en un paralelismo increíble con Adam Smith, que funda la ciencia económica en el siglo XVIII como una disciplina cuasinatural y cuya evolución hacia la acción consciente ya hemos analizado. Hay, obviamente, una poderosa determinación, un indiscutible condicionamiento, sobre el Ser Humano, cuando nos ubicamos en la esfera de lo puramente psíquico, de lo inconsciente o, peor aún, de lo neurológico; pero hay también, en la propia psiquis, un inmenso margen de respuesta consciente, humana o ética por parte del hombre, es decir, en este caso, por parte de la Conciencia. ¡¡Es nuestra capacidad de imponerle -libremente- condiciones a nuestra propia esfera de lo psíquico!! 8.5 El relanzamiento de lo Religioso, en las últimas décadas del siglo XX. Cualquiera de los factores propulsores de la Conciencia Activa que hemos mencionado, podría ser “el mas importante”, pero es evidente que el fuerte relanzamiento o auge que ha experimentado la esfera de lo religioso en las últimas décadas ha sido impresionante y tiene un nivel superior de trascendencia. El impacto que dicho auge está teniendo, y va a tener, sobre el desarrollo de la capacidad consciente de decidir y de imponer determinaciones en la realidad es demasiado poderoso. Este relanzamiento de la espiritualidad se monta sobre una base, sobre una plataforma de despegue, muy sólida: la superación de la idea según la cual la Religión es, o fue, tan solo una esfera primitiva, anacrónica, atávica o atrasada de la evolución de la Humanidad. Idea esta que expresa la visión desde la que la Modernidad -en lo esencial, atea- arremetió contra la Iglesia. Era la creencia ingenua según la cual -respecto de la Religiosidad- la Ciencia y la Racionalidad eran etapas superiores en el desarrollo de lo humano. Hoy empieza a imponerse con fuerza la idea de que, ciertamente, hubo y hay una visión primitiva o preracional de lo religioso. Pero que hay también, en contrapartida, una indudable religiosidad posracional. ¡¡Una superación de la mentalidad racional y científica, a favor de la concepción religiosa, es decir, profundamente espiritual, del Ser Humano!! No se trata, por supuesto, de negar para nada, ni de restarle el más mínimo mérito, a la racionalidad o a los avances de la ciencia, ¡se trata de entender que ni la una ni la otra pueden fundamentarse a sí mismas! Ni pueden fundamentarse en ninguna otra esfera que no sea la dimensión moral del Ser Humano. Dimensión esta que, a su vez, requiere de un sustento trascendente o religioso. 9 La Globalización y la gran empresa o Megacorporación Trasnacional. Ha sido, éste que hemos hecho, un largo trayecto desde la pequeña empresa del Capitalismo Competitivo de finales del siglo XVIII, hasta el Capitalismo Trasnacional de comienzos del XXI. Un proceso intenso y compulsivo que en apenas 200 años ha cambiado radicalmente todo lo que pudieron haber sido el Ser Humano y la Civilización Occidental en 1789. La empresa trasnacional capitalista, la Megacorporación, sintetiza hoy en su concepto y en su manera de ser todo este proceso: desde los derechos humanos hasta las infinitas posibilidades de manipulación que ofrece la política económica; desde el manejo consciente -y no natural o espontáneo- de los mecanismos del mercado, hasta la capacidad de influir sobre las dimensiones política y sindical de la sociedad; desde un mundo todavía concebido -a finales del siglo XVIII- a partir de la Naturaleza, hasta uno que empieza a ser pensado esencialmente a partir de la Espiritualidad. La gran corporación trasnacional resume en su naturaleza todo ese proceso cultural, económico y político que se ha desarrollado en los siglos XIX y XX. Pero el fundamento esencial de su capacidad de Acción Consciente, de sus posibilidades de influir moralmente sobre la sociedad -más allá de que el contexto y el proceso histórico ayuden- reside sin duda en el inmenso poder que ha desarrollado y acumulado la empresa. Porque la ética en la época posterior a la Modernidad, guarda una relación estrecha con el poder. Ella no es, repetimos una vez más -como hasta principios del siglo XIX se la asumía-, el “conjunto de valores que guían nuestra vida”, sino la posibilidad de tomar decisiones que sean capaces de modificar la realidad, es decir, el contexto económico, político, jurídico y ético, dentro del que se conforma una sociedad. Pero la Megacorporación Trasnacional debe confrontar un reto formidable: el proceso acelerado de Globalización que viven la economía, la política y la sociedad planetaria. El proceso de constitución del mundo en una única sociedad, un fenómeno aún incipiente, pero que avanza a marchas forzadas. Este proceso masivo -como resulta fácil intuir- no se desarrolla siguiendo las pautas de la acción consciente, ni mucho menos obviamente siguiendo criterios de comportamiento ético; se desarrolla dentro del marco de lo estrictamente cuasinatural; tal como funcionaban los mercados nacionales en el siglo XVIII y hasta 1929, a la buena de Dios o, más rigurosamente, a la buena de la Mano Invisible del Mercado. Porque la necesidad de competir... y de sobrevivir impone restricciones poderosas a las posibilidades de desarrollar la solidaridad y la atención por los más pobres. Pero algún margen de acción en esa dirección tenemos. Algún margen para asumir la Responsabilidad Social de la Empresa. Tema este al que le dedicaremos el capitulo siguiente.
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