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LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DE LAS EMPRESAS (continúa) Autor: Dr. Emetrio Gómez Capítulo
I: El marco general CAPITULO IV: RESPONSABILIDAD SOCIAL (RSE) Y RESPONSABILIDAD MORAL DE LA EMPRESA (RME) Para ubicarse adecuadamente ante la profunda crisis que hoy viven, no sólo la Civilización Occidental, sino la totalidad del planeta y, más exactamente, para ubicarse ante la crisis que viven la empresa y la sociedad capitalista, es conveniente diferenciar entre la Responsabilidad Social y la Responsabilidad Moral de la Empresa (RSE y RME). Preocuparse porque los consumidores tengan mas ingresos y eleven su nivel de vida; o hacer esfuerzos para que los trabajadores de la empresa mejoren su capacitación y se sientan en consecuencia mas identificados con la empresa; negarse a emplear niños o empeñarse en emplear gente de alguna minoría discriminada, todo ello es muy bueno y le hace bien a la sociedad, todo ello de alguna manera atañe a la esfera de moral ¡¡pero en lo esencial pertenece a la de la Responsabilidad Social de la Empresa!! Si el conjunto de los empresarios impulsan o promueven una elevación de los ingresos de los consumidores para así poder incrementar sus ventas y sus ganancias, eso es muy bueno para la gente, eso le hace bien a la sociedad… ¡pero está evidentemente muy lejos de pertenecer a la esfera de la moral! Si la empresa hace eso mismo, no preocupada por incrementar su beneficio, sino pensando en elevar el bienestar de la gente, pero se mantiene radicalmente diferenciada de ellos, sin identificar sus intereses y sus sentimientos, con los de la gente, eso está mucho mas cerca de la moral… ¡¡pero pertenece todavía a la esfera de la Responsabilidad Social de la Empresa!! Son comportamientos muy loables, pero que aún están lejos de insertarse plenamente en la dimensión de la ética. Porque -en nuestra opinión, por supuesto- la esfera de lo estrictamente moral, tiene que ver obviamente con las condiciones materiales de vida de la gente y tiene que ver con algo mucho mas elevado, los derechos humanos, sociales y ecológicos, pero atañe en lo esencial a la identificación de la Empresa con la Sociedad. Atañe a la superación de este abismo inmenso e insensato que desde su nacimiento se ha mantenido entre la empresa capitalista y el conjunto de los seres humanos con los cuales ella se relaciona. No entre la empresa y el “contexto social” -frío y abstracto- dentro del cual ésta actúa, sino entre la empresa y los seres humanos de carne y hueso, los prójimos, que viven en el mismo espacio físico, aunque no necesariamente en el mismo espacio social y mucho menos moral dentro del cual ella actúa. Porque si bien es cierto que “amor con hambre no dura”, también lo es que tener la barriga llena, sin una relación espiritual mínima con los que de alguna manera liderizan el ambiente dentro del cual vivimos, contribuye a generar esta cosa lamentable que hoy llamamos Cultura o Civilización Occidental. No podemos, sin embargo, quejarnos; la noción de RSE ha evolucionado aceleradamente en tan solo un par de décadas, desde que a partir de la implantación del Neoliberalismo, a principios de los 80, desmontamos parcialmente el Welfare State. De la simple y architradicional caridad o filantropía, practicada a titulo personal e individual por el capitalista, se pasó a la responsabilidad de la empresa como tal. Y ello no es cualquier cosa. De las simples donaciones se pasó a la “ciudadanía corporativa”, al asumir que la empresa debe ser parte de la sociedad civil, es decir, debe asumir responsabilidades plenas para con la sociedad. Ahora tal vez haya llegado el tiempo de saltar a una etapa superior: la de la Responsabilidad Moral de la Empresa (RME), la de la identificación espiritual y trascendente, ¡no con los simples ciudadanos, sino con los seres humanos! Y mucho menos con los consumidores, suplidores, trabajadores, empleados, accionistas, etc., sino con los hombres y mujeres de carne y hueso que conviven con la empresa; que sufren y padecen en la misma sociedad en la que ella actúa. 1 De Milton Friedman a The Economist. Tampoco podemos quejarnos de la rápida evolución de la RSE en otro orden de ideas. Porque también hemos pasado de la creencia según la cual la justificación y el sentido de la empresa residían en generarle beneficios a sus accionistas, a los contundentes planteamientos de Milton Friedman, para quien la RSE reside en generar empleo y riqueza para bienestar de la sociedad. Posición esta altamente respetable pero que es necesario someter a consideración, porque aunque tiene una base muy sólida -que analizaremos en la sección siguiente- y aunque sin duda jugó un papel decisivo en un determinado momento del desarrollo del Capitalismo, hoy pudiera estar dejando fuera el componente esencial de dicho desarrollo: la necesidad imperiosa de incorporar la ética en la estructura interna, en el núcleo esencial mismo del concepto de empresa capitalista. ¡¡Sobre todo si pensamos, no sólo en el Primer Mundo y en los niveles de superación de la pobreza que éste ha logrado, sino en la masa inmensa de miserables y excluidos que en el Tercer Mundo podrían ser presa fácil del canto de sirena del Neocomunismo!! Una expresión extrema e insensata de esta concepción de Friedman que se aferra a la visión estrictamente económica -o más bien economicista- del Capitalismo, es la que expresó Clive Crook en un dossier denominado The good company: a sceptical look at corporate social responsability, publicado en The Economist, la semana del 22 al 28 de enero de 2005. Una concepción que se empeña en creer que la teoría económica puede seguir excluyendo la dimensión ética de lo humano, porque supone que la lógica abstracta del capital es una síntesis adecuada de algún tipo de “Verdad”; un proceso inexorable que hay que aceptar sin modificaciones. Al respecto -y a amanera de provocación- dice Mr. Crook: “El movimiento a favor de la Responsabilidad Social Corporativa ha ganado la batalla de las ideas. Es una lástima (that is a pity)”. “El capitalismo no necesita la reforma fundamental que muchos defensores de la Responsabilidad Social Corporativa plantean. Si la RSC estuviese realmente alterando los huesos detrás del rostro del capitalismo -serruchando sus mandíbulas, removiéndole sus dientes y reduciéndole su mordida- eso sería malo, no tanto para los propietarios del capital… sino para la sociedad en su conjunto”. Una visión de la empresa que exprofeso -y de manera insensata- la asocia con todo lo que un animal necesita para devorar: los dientes, las mandíbulas y la mordida. A partir de este planteamiento, Crook desarrolla la visión más convencional y dura de la teoría económica, un resumen del liberalismo clásico más ortodoxo, que supone que la comprensión abstracta de la lógica económica puede tener hoy algún sentido, sin tomar en cuenta la posibilidad de insertar la ética en el núcleo de dicha lógica económica. Es esa concepción según la cual la única responsabilidad social de la empresa es generar riqueza y empleo. Esa visión desde cuya perspectiva la Megacorporación puede mantenerse como un ser totalmente ajeno al hombre que vive, sufre y padece bajo su influjo. Cuestión esta que no plantearía mayores problemas y que sería perfectamente consistente, si no estuviese de por medio la posibilidad de que el Neocomunismo captara para sí buena parte del Tercer Mundo. 2 En el otro extremo: Viviane Forrester y su Horror Económico. En buena medida, y hasta cierto punto, Friedman y el mencionado informe de The Economist, tienen una considerable dosis de razón: ni la RSE, ni mucho menos la inserción de la ética en el concepto mismo, en el núcleo duro, de la economía capitalista, pueden llegar a poner en peligro la capacidad de este sistema para producir bienes y servicios en forma masiva: única forma -si acaso- de hacerle frente a la desproporcionada pobreza que aqueja a la Humanidad. Ni la RSE ni la Responsabilidad Moral de la Empresa pueden llegar a reducir en un ápice la competitividad, la rentabilidad o la capacidad de innovar, invertir y emplear de las que todos vivimos. ¡La miseria espantosa de más de 2.000 millones de personas en tan solo China e India, no se puede combatir o resolver a punta de pura RSE o RME! Lo esencial, el instrumento básico para lograr esos objetivos, sigue siendo el estímulo a la ganancia, el afán de enriquecimiento privado, el costo de oportunidad, la justicia conmutativa (es decir, aquella en la que cada quien tiene derecho a algo porque ha dado algo a cambio) y no la justicia distributiva (es decir, que la gente tenga derecho a una vida decente por el solo hecho de ser humano), la no gratuidad de nada… a no ser que sea para crear condiciones futuras que tornen innecesaria dicha gratuidad. Es imprescindible reforzar hasta los tuétanos esta idea esencial de la primacía de la Justicia Conmutativa sobre la Justicia Distributiva; en otras palabras, la primacía del “a cada quien según sus capacidades”, sobre el “a cada quien según sus necesidades”. La única forma de constituir una sociedad en la que el Bien Moral, el Bien Común y el desarrollo espiritual del Ser Humano puedan ser posibles, es afincándose en la Justicia Conmutativa, en la no gratuidad, la no filantropía, la no donación, etc. Afincándose, no en el subsidio, sino en la contraprestación y la contrapartida. Es absolutamente impensable una sociedad en la que la totalidad -o aun el grueso de la gente- entregue a dicha sociedad menos de lo que de ella recibe. Simplemente, porque ¿de dónde saldría la diferencia? Nada de lo cual impide que existan la gratuidad, la filantropía, las donaciones, la RSE y lo esencial -entre otras cosas, ¡porque no tiene costo material alguno!- la Responsabilidad Moral de la Empresa. Siempre y cuando -repetimos y lo asumimos como criterio esencial-, siempre y cuando la donación o gratuidad, la filantropía o la RSE, sirvan para desarrollar a los seres humanos que la reciben; y pueda ello sacarlos del terreno de la Justicia Distributiva e incorporarlos al de la Justicia Conmutativa. A quienes no puedan entender o aceptar esto, es decir, a quienes sigan creyendo que el criterio del “a cada quien según sus capacidades” puede ser sustituido por, o supeditado al de “a cada quien según sus necesidades”, es decir, a quienes tengan una visión infantil de los derechos humanos, esto es, a los Neocomunistas -pero sólo a ellos-, les recomendamos la lectura del libro de Viviane Forrester, el Horror Económico y más aún su segundo libro, Una Extraña Dictadura. La señora Forrester es una crítica acerba del capitalismo y sus libros son una magnifica muestra de lo difícil que es captar el núcleo duro de la lógica con la que dicho sistema opera. Una muestra contundente de por qué el propio Marx, en tres tomos que inadecuadamente llevan por nombre El Capital, no logró entender lo esencial de este concepto; exactamente lo mismo que le ocurrió a la Unión Soviética, a la China Comunista antes de 1980 y al Neocomunismo en curso en América Latina. Transcribimos a continuación algunos fragmentos de Viviane Forrester que expresan claramente esa profunda incomprensión de la lógica del capital que no lograron captar ni Marx, ni el Che Guevara, ni tampoco ese redencionismo ingenuo que amenaza con apoderarse del Tercer Mundo. “Una política dinámica se abocaría a crear o recrear una sociedad verdadera mediante el restablecimiento de un gran número de profesiones, oficios y trabajos indispensables para la civilización, cuya ausencia le es patentemente nefasta. Daría prioridad al valor, a la utilidad real de las tareas, sin juzgar ni calibrarlas sólo en función de su rentabilidad. ¿Utopía? No. Es cuestión de trastrocar las prioridades, como se ha hecho tantas veces en la historia. Y la prioridad más absurda, más estúpida, es la que se otorga a la ganancia estéril de unos pocos, dispuestos a devastar lo que sea para obtenerla”. “Liberado por la tecnología de la mayor parte de las tareas penosas, ingratas o carentes de sentido, cada uno podría y debería estar infinitamente mas abierto a las oportunidades ampliadas… y no, como ahora, ampliadas al desempleo. Oportunidades de ser activo en un mundo donde no hay razones para poner tasa a los dones y las inclinaciones, antes puestos al servicio de tareas que ahora realizan las máquinas. Se los podría tener en cuenta o al menos darles la oportunidad de consagrarse a valores y necesidades reales, sin vínculos forzosos con la rentabilidad”. (Viviane Forrester, Una Extraña Dictadura, Fondo de Cultura Económica; páginas 103 y 115 respectivamente. Todas las negritas y cursivas con nuestras). En ambos párrafos, y en todo el libro de la señora Forrester, se trasluce esa visión infantil o ingenua del Capitalismo, esa incomprensión profunda de lo humano, es decir, del egoísmo, la miseria, la animalidad y la mezquindad que es el hombre. Visión esta que se refleja claramente en esa misma expresión que dos veces hemos puesto en negritas: la creencia según la cual, en el Capitalismo y en cualquier otro tipo de economía centrada en el intercambio mercantil -esto es, en cualquier sociedad en la que se respete la libertad individual y la autonomía de la persona-, se le podría dar prioridad “al valor y a la ¡utilidad real de las tareas!”, sin calibrarlas en función de su rentabilidad. Se trataría de darle a la gente “la oportunidad de consagrarse a valores y necesidades reales, sin vínculos forzosos con la rentabilidad”. Es, en síntesis, la pretensión inaudita de prescindir de la rentabilidad cuando todavía no se ha logrado eliminar la escasez relativa. Una tontería a la cual ni el propio Marx se atrevió, ya que él supuso que la “extinción del valor de cambio” tendría lugar sólo cuando el hombre lograse eliminar la escasez relativa. ¡Es decir, nunca! No necesitamos insistir en que estas ideas expresadas por la señora Forrester, las mismas que subyacieron siempre a la ideología socialista, son las que alimentan hoy al Neocomunismo latinoamericano y a su pretensión calenturienta de construir el Nuevo Socialismo o el Socialismo del siglo XXI. Una insensatez que debería hacerse a sí misma la pregunta sorpresiva que la señora Forrester se hace respecto de su propio planteamiento: “¿Utopía?” Y que tendría que darse la misma respuesta increíble que ella se da: “¿Utopía? No. Es cuestión de trastrocar las prioridades, como se ha hecho tantas veces en la historia”. ¿Será que ella -y los promotores del Neocomunismo- no se han enterado de cómo terminaron esos monumentales trastrocamientos de prioridades que fueron la Unión Soviética y China Comunista, Cuba y la Alemania Oriental, Camboya y Nicaragua? ¿Será que nadie les ha explicado que no se trata de “la ganancia estéril de unos pocos”, sino de que si a los seres humanos no se les permite el incentivo de la ganancia -o cualquier otro que aluda a la Justicia Conmutativa- no quedará entonces otra alternativa que ¡subsidiarlos absolutamente a todos!? 3 La crisis económica, social y política en el capitalismo del Primer Mundo. La crisis fundamental que vive el sistema capitalista pareciera que no atañe directamente al Primer Mundo, sino a las inmensas dificultades que plantea la incorporación de los países más atrasados a dicho sistema. Pero aunque así sea, aunque los países más desarrollados no sean por los momentos el epicentro del huracán, es evidente que la crisis subyace en ellos. Esa crisis permanente que afecta al Capitalismo del Primer Mundo se puso de manifiesto, afloró con fuerza, a finales de la década de los 70 del siglo XX. El modelo liberal clásico que le había permitido a dichas economías crecer de manera sostenida e impresionante entre 1750 y 1929, explotó este año en la Gran Depresión. Al terminar la II Guerra Mundial, el modelo keynesiano, la intervención estatal y el Welfare State le dieron al Capitalismo un nuevo y formidable aliento. Pero ese esquema entró en crisis en la mencionada década de los 70 y hacía 1980 ya no daba mas. A partir de Reagan y Tatcher, el Neoliberalismo proporcionó un nuevo empujón… que no ha tardado mucho en agotarse, ni ha tenido el éxito que se esperaba. La crisis del Sureste asiático en 1997 y los inmensos escándalos de corrupción privada (Enron, Parmalat, Worldcom y varias otras), son muestras elocuentes del mar de fondo, nada tranquilizante, sobre el que se mueve el Primer Mundo. Pero las dificultades económicas no son las más graves; en la esfera de lo social, el agravamiento de la pobreza y toda la inmensa masa de dificultades que tiene que ver con la ecología, los derechos humanos; la demografía languideciente y los problemas étnicos, especialmente en Europa; la seguridad social impagable, etc., están generando dificultades significativas para el sostenimiento de las sociedades del Primer Mundo. Una expresión contundente de ello es la confrontación cada vez mayor entre las dos propuestas básicas que en dichas sociedades se manejan para enfrentar este complejo de problemas: el planteamiento neoliberal y el de sus opositores que, a falta de mejor nombre, podríamos llamar socialdemócratas. Una disyuntiva que de alguna manera -y de manera no siempre soterrada- está planteada en la confrontación entre Europa y los Estados Unidos, pero que se puso de manifiesto en la fuerte, e inusual, polarización norteamericana en las últimas elecciones. Esta considerable crisis en la esfera de lo social en el Primer Mundo, expresa en buena medida los problemas generados por el vacío que dejó el desmontaje neoliberal del Welfare State, el Estado del Bienestar. Ya para 1995, en una reunión empresarial en Nueva York, un vocero del grupo Rockefeller planteaba la situación en términos dramáticos: “Hace 15 años (en 1980) empezamos a desmontar la actividad social del Estado, ya hemos completado esa tarea y ahora tenemos que ver quién diablos se encarga de los pobres”. Diez años después comienza a parecer evidente que de ese conflicto sólo podremos salir si el capital -siempre, por supuesto, apuntalado por el Estado y ahora por el conjunto de la Sociedad Civil- se involucra él, seria y masivamente, en los problemas sociales. De todo lo cual emana un conflicto confuso y complejo que se expresa finalmente en su forma más aguda en la esfera de la política y en la de las confrontaciones bélicas. Porque el mundo bipolar, la guerra fría, la confrontación entre el Capitalismo y el Comunismo, generaba una situación perfectamente clara en la cual todo el mundo sabía a qué atenerse. Hasta James Bond, el 007, sabía quienes eran sus enemigos; ahora deambula lastimosamente entre las mafias occidentales y las rusas que no son muy diferentes. La compleja situación política y militar que desde la Caída del Muro de Berlín se ha generado, signada en buena medida por el afán estadounidense de convertirse en una superpotencia imperial única, la guerra contra el terrorismo, la narcoguerrilla, los conflictos de Afganistán e Irak y algunos otros que pudiesen surgir; el “Plan Colombia” y las inocultables dificultades para derrotar a la guerrilla a pesar del apoyo norteamericano; la emergencia de China Comunista como futura potencial mundial, las dificultades para la conversión de Europa en una nación, la migración masiva de África hacia Europa y de Sur y Centroamérica hacia América del Norte, los dramáticos desastres naturales y el auge amenazante del Neocomunismo en América Latina, no parecieran ser el marco mas adecuado para darle un impulso significativo a la RSE… y mucho menos para el asomo de la Responsabilidad Moral de la Empresa. Y, sin embargo, estos son los dos componentes básicos de cualquier esperanza creíble. 4 La Crisis Moral del Capitalismo: la disociación radical entre la Empresa y la Sociedad. Habíamos visto en el Capítulo I, cómo la fuerza fundamental que impulsó a la Civilización Occidental en los siglos XVII y XVIII hacia la implantación de un grandioso proyecto de sociedad, fue la autonomía de la conciencia, la libertad individual y la capacidad de acción consciente de la persona. Y señalamos en los capítulos II y III, cómo a lo largo de los siglos XIX y XX esa Conciencia Activa se desarrolló en una poderosa posibilidad y capacidad para influir sobre la realidad social. Esas eran las buenas noticias; porque se nos olvidó señalar que Occidente arrastró en todo ese proceso una significativa limitación, un nudo gordiano esencial que no pudo resolver: ¿Cómo integrar esa libertad individual con los intereses del conjunto de la sociedad? ¿Cómo conciliar la autonomía de la conciencia subjetiva e individual con el conjunto de millones de otras conciencias que también son activas y autónomas? En dos platos: ¿cómo integrar individuo y sociedad, garantizando la libertad y el desarrollo pleno de aquél, pero preservando al mismo tiempo el mantenimiento y el funcionamiento armonioso de ésta? La Civilización Occidental -tal como hemos visto- ha hecho todo tipo de esfuerzos para resolver este problema: el Welfare State, la Economía Social de Mercado, las políticas económicas keynesianas, etc. Amen de algunos otros planteamientos que no hemos mencionado como la noción de Justicia Social, propugnada por el Socialcristianismo. Todos estos esfuerzos han sido, en lo esencial, inútiles a los fines de reconciliar espiritualmente al individuo con la Sociedad. El ciudadano y la libertad individual surgieron en el siglo XVIII y allí mismo se enquistaron, sin poder encontrar ningún puente o salida que los conectara con la sociedad. La poderosa ideología que fue el Liberalismo del siglo XVIII, esa idea crucial que suponía que gracias a la libre competencia el mercado sería capaz de garantizar que lo que fuese bueno para el individuo -es decir, para el agente económico aislado- lo sería también para la sociedad; esa idea por demás sugestiva se quedó totalmente atascada en la primera mitad del siglo XIX. No por razones específicamente atinentes al Liberalismo o a la Modernidad, sino por la mas profunda naturaleza animal, mezquina y egoísta del Ser Humano. Una condición que tampoco han podido modificar mayormente 3.000 años de judeocristianismo, islamismo, budismo, catolicismo, cristianismo ortodoxo, hinduismo o protestantismo. Pero ese egoísmo profundo que Adam Smith asumió en su obra y en la concepción de la Economía de Mercado, esa autonomía de la conciencia que no pudo jamás integrar Individuo y Sociedad, ¡se trasladó integra e intacta a la relación Empresa Capitalista-Sociedad! La empresa aprendió rápidamente a asumir al Ser Humano como consumidor, proveedor, portero, obrero, empleado, gerente, presidente, ¡accionista! intermediario, ahorrista, publicista, inversionista, etc., cualquier cosa, menos Ser Humano. Y aprendió también que sus intereses -los de la Empresa- eran claramente distintos de los de la sociedad. Que si ella tenía éxitos o si tenía fracasos, ello nada tenía que ver con el éxito o fracaso de la sociedad. ¡Cosas todas que eran -otra vez- perfectamente comprensibles en la pequeña empresa del Capitalismo Competitivo del siglo XVIII, pero que carecen de sentido en el Capitalismo Trasnacional, donde los intereses de las Megacorporaciones, quiéranlo ellas o no, estén conscientes de ello o no, tienden a identificarse con los intereses de la sociedad! Todo el conjunto de mecanismos desarrollados en los siglos XIX y XX para insuflarle fuerza y motivación al Sistema Capitalista están -como ya hemos dicho- agotados; el Welfare State igual que el Neoliberalismo, Friedman lo mismo que Keynes. La única posibilidad de relanzamiento de dicho sistema -como también hemos señalado- reside en un esfuerzo ético capaz de resolver el problema que la Modernidad no pudo resolver: la integración espiritual entre el Individuo y la Sociedad. Y, en nuestro caso, entre la Empresa y la Sociedad. Un esfuerzo ético que dependerá en lo esencial de las transformaciones espirituales y religiosos que se han venido gestando en el mundo, en las últimas décadas. La empresa y el sistema capitalista, desde sí mismos, pueden contribuir en ese sentido, porque los dos últimos siglos le han generado el nivel de conciencia que se requiere para ello. ¡Pero dicho nivel de conciencia no será suficiente per se, porque ni la gran corporación trasnacional, ni la sociedad del Primer Mundo, ni el Ser Humano en general tienen el impulso o la fuerza moral (espontánea) suficiente para lograrlo! El Cardenal Ratzinger, un prominente apoyo del Papa Juan Pablo II, dijo hace ya bastante tiempo que el Ser Humano no tiene la suficiente fuerza moral como para enfrentarse a la desmedida presión que sobre él ejerce la necesidad de maximizar la tasa de la ganancia. ¡Una apreciación que luce exagerada pero que es exacta! A partir de sí mismos, ni el Primer Mundo ni la Gran Corporación Trasnacional tienen el aliento ético necesario para un relanzamiento del Capitalismo, ¡¡pero a partir de las amenazas y las presiones provenientes del Tercer Mundo sí!! 5 La presión y la amenaza del Tercer Mundo. A principios de los 90, un brillante intelectual peruano, Hernando de Soto, publicó un libro fascinante y sorprendente, El Otro Sendero. El solo título expresaba poderosamente el contenido: ¡¡había otro sendero, otra vía distinta de la guerrilla, el Comunismo y el Terrorismo, para sacar a América Latina de la miseria y el atraso!! Era posible desarrollar el Capitalismo y el Mercado a partir de -y dentro de- la miseria, la marginalidad y la exclusión de las barriadas pobres de Lima, Sao Pablo o Caracas. La profunda “propensión” de los seres humanos a intercambiar -que Adam Smith había destacado en La Causa de la Riquezas de las Naciones- y la búsqueda de la ganancia y del bienestar individual, que eran las verdaderas causas de la riqueza de las naciones, podían ser desarrolladas entre los más pobres. En su segundo libro, El Misterio del Capital, De Soto desarrolla plenamente la idea: es posible convertir en capital toda la inmensa posesión precaria de la tierra y de los bienes que los pobres y excluidos tienen en las grandes ciudades. Si se legalizara e institucionalizara esa posesión, si se la convirtiera en propiedad, si ellos pudieran hipotecarla, venderla o usarla comercialmente, como por arte de magia aparecería una masa descomunal de capital, tal vez superior a la que ya existe… De Soto se ha ido a otras partes del planeta, a Rusia, creo, a tratar de implantar sus ideas. Porque en América Latina es muy poco lo que ha podido hacerse con una iniciativa tan poderosa. Porque en este subcontinente trágico se ha ensayado de todo para tratar de salir de la primitividad y todo ha sido inútil. Porque también, en general, en el Tercer Mundo se ha intentado todo y todo ha sido más o menos inútil. Porque la resistencia al Mercado, la Democracia, el Estado de Derecho y la Autonomía de la Conciencia Individual parece imposible de vencer en estos países nuestros. Pero América Latina tiene todavía alguna esperanza de lograrlo. Chile lo ha logrado, México en alguna medida y Brasil siempre está allí, como una esperanza que nunca termina de concretarse. Al borde siempre del abismo, pero sin acabar de caer porque es tan grande que no cabe en él. Ojalá que Lula no escuche demasiado los cantos de sirena del Neocomunismo. América Latina tiene todavía un chance, pero más lejos aún del Capitalismo y la Democracia están la Civilización Árabe y el tribalismo africano. El Primer Mundo y las grandes Corporaciones Trasnacionales tienen que hacer un esfuerzo para enfrentar esta amenaza y esta presión. China e India parecen haberse enrumbado hacia el desarrollo y ojalá lo logren. Pero si respecto del resto no se hace un esfuerzo inmenso, la seguridad y la sobrevivencia del Primer Mundo, estarán obviamente en entredicho. La pobreza, la sobrepoblación y la destrucción ecológica pueden convertirse masivamente en más migración hacia el Norte, más terrorismo, más narcotráfico y, como resumen de todo ello, más Neocomunismo. A favor de los países del Primer Mundo y de las Grandes Corporaciones Trasnacionales, es decir, a favor del relanzamiento del Capitalismo, gravitan tres poderosos factores, tres circunstancias decisivas que pueden permitirles enfrentar esta amenaza del Tercer Mundo y, más ampliamente, la profunda crisis que el propio Primer Mundo vive. Mencionamos estos tres factores a manera de primera aproximación y luego volveremos sobre ellos para profundizarlos y ampliarlos. En primer lugar: tienen la necesidad forzosa de hacerlo; la necesidad imperiosa de relanzar la Economía de Mercado. Por todas las razones que acabamos de señalar. Porque está en juego su sobrevivencia y su propio bienestar. Porque el miedo y la posibilidad cierta de ser afectados por la presión de los pobres, es mucho más potente que cualquier fuerza moral o Conciencia Activa. En segundo lugar, además de la necesidad, tienen también la posibilidad de hacerlo: por la convergencia de todo el amplio conjunto de factores que hemos desarrollado en los capítulos II y III. El crecimiento sostenido del poder de decisión, la conexión crucial entre la ética y el poder y la expansión de la conciencia de que se tiene dicho poder de decisión (capítulo II), generan y refuerzan la posibilidad de afrontar el reto. Ese creciente poder de decisión se materializa en la muy diversa gama de elementos o aspectos que hemos analizado en el capítulo III. Pero más allá de estos dos factores fundamentales está el tercero, el más importante: el potencial espiritual que el Ser Humano posee y que le puede permitir en cualquier momento trascender cualquier realidad dada. ¡Ir más allá de donde ha logrado ir, en cualquier terreno! Es la visión del hombre como una “pura posibilidad de ser”; la definición que Heidegger -sin duda, el filósofo más importante del siglo XX- le superpone a la vieja y ya superada noción aristotélica del “animal racional”. La ética entendida como la posibilidad de poner en la realidad elementos que no derivan bajo ningún respecto de la realidad, que no provienen de ella, ¡¡que no estaban de ninguna manera en ella!! 6 La posibilidad de hacer sinergia entre las Grandes Corporaciones Trasnacionales, los Sindicatos, los Estados, los organismos multilaterales y la Sociedad Civil. Tal como acabamos de decir, el Ser Humano en él mismo, es decir, en su espíritu, tiene la posibilidad de trascender, de hacer un esfuerzo para superar las restricciones que la realidad le impone, sea que se desempeñe como accionista o alto ejecutivo de una Corporación Trasnacional, de un sindicato, federación o confederación sindical, de un organismo multilateral como el Banco Mundial, de un Estado nacional o multinacional; del Banco Central norteamericano, el FED o de su homólogo europeo; de todas las ONGs que en el mundo existen o de la Sociedad Civil en general. En todas esas instancias el hombre occidental ha desarrollado en estos últimos 500 años un significativo nivel de conciencia acerca de sus posibilidades de reconstruir o rehacer la realidad. En todas esas instancias el Ser Humano sabe que tiene -o que puede descubrir dentro de sí- la posibilidad de ir mas allá de las restricciones que la economía, la política, la escasez, los perjuicios y las mezquindades le imponen. Sabe que tiene -o que puede descubrir dentro de sí- su potencialidad para ir mas allá del margen de acción consciente que la cultura o la civilización le han desarrollado. A partir de todo ello replanteemos y reforcemos los tres factores que hemos analizado en la sección anterior. Convirtámoslos en cinco componentes que resumen nuestra ponencia y que sintetizan la razonable posibilidad de relanzamiento que el Capitalismo tiene. Cuatro de dichos componentes los desarrollaremos en esta sección 6 y el último en la sección 8. En primer lugar, otra vez, las presiones y amenazas que la realidad ejerce, en este caso -antes que nada- las dificultades propias del Primer Mundo, el agotamiento del Welfare State, la inviabilidad manifiesta del Keynesianismo… y del Neoliberalismo, es decir, ¡de Keynes y Friedman al mismo tiempo! las dificultades para hacerle frente al auge de los derechos humanos, los problemas ecológicos… y, lo esencial, la amenaza del Tercer Mundo. Por lo general el Ser Humano no manifiesta su potencial ético si no es ante las dificultades. Sólo los santos lo hacen sin necesidad de esas presiones. La Civilización Occidental y la Sociedad Capitalista deberían poder reaccionar a medida que se profundicen estas dificultades. En segundo lugar, se ubica el que se hayan ido desarrollando las condiciones “objetivas” que permiten el relanzamiento moral. La acción ética puede ser absolutamente espontánea o inusitada, pero mejor si se produce dentro de un contexto que la facilite, que le haya generado premisas favorables. Hemos insistido demasiado en cómo los siglos XIX y XX -sobre las condiciones creadas por los tres siglos anteriores- fueron generando poco a poco un ambiente cultural cada vez más proclive a la Acción Consciente de los hombres. El capitalismo oligopólico, el incremento del poder de las grandes empresas, la aparición de los bancos centrales, la política económica keynesiana, el monetarismo de Friedman, etc., todo ello le sirve de trasfondo y ha generado un ambiente más que propicio para la inserción de una moral activa. Una buena muestra de este ambiente propicio para la acción consciente y para la primacía de la ética, nos lo proporciona el caso de Max Weber, uno de los más grandes pensadores del siglo XX, cofundador de la Sociología científica. Hace apenas 100 años Weber supuso -¡e impuso!- que era posible acceder a hechos sociales objetivos, libres de valores (wertfrei, en alemán). Era, supuestamente, el prerrequisito esencial para que una Ciencia de lo Social pudiese emerger. Hoy cualquier estudiante de primer semestre de Sociología, sabe que ello carece de sentido, que no hay hechos objetivos, libres de valores y que no tenemos ninguna posibilidad de aproximarnos a la realidad desprovistos de ellos, es decir, ¡de prejuicios! Porque el hombre, sépalo o no, pone inevitablemente valores en el mundo. Antes de conocer objetivamente cualquier realidad, ya la hemos conformado a partir de nuestros valores. ¡¡Antes de cualquier comprensión racional, se constituye en nosotros una precomprensión moral de la realidad!! En tercer lugar -y en estrecha conexión con lo anterior-, sobre la base de ese ambiente favorable a la acción consciente que se ha generado, hemos descubierto también en esos vertiginosos y maravillosos 500 años, que la ética no son los “principios y valores que guían nuestra vida”, sino la fuerza moral que pueda tener nuestro espíritu -¡¡o que nosotros podamos insuflarle a nuestro espíritu!!- para orientar la realidad hacia el bien, la justicia, la equidad, el respeto, la responsabilidad, la solidaridad, etc. Hemos descubierto que podemos encontrar en nosotros fuerzas capaces de imponerse sobre nuestra animalidad, mezquindad, resentimientos, hormonas… y aun sobre nuestras neuronas. Y, cuarto, lo mas importante -por ahora-, hemos descubierto que todos los seres humanos en mayor o menor medida tenemos esa potencialidad ética, esa capacidad para crear la realidad… pero que no siempre tenemos que desarrollarla individualmente. Que podemos lograrlo en conjunción con otros seres humanos, en estrecha sinergia con ellos. Desde el sindicato mas humilde, hasta la gran confederación obrera internacional; desde la recepcionista, mas modesta hasta el súperejecutivo mas prominente de la Megacorporación, desde la ONG mas relegada hasta el presidente del Banco Mundial. Incluidos, por supuesto, los bancos centrales, los partidos políticos, el aparato del Estado, las Asambleas de Ciudadanos, etc. Es el desarrollo pleno de la moral, el salto de la ética privada e individual a la ética pública y comunitaria. Es la posibilidad de convergencia, conciliación y trabajo conjunto entre la Empresa, los Sindicatos, los organismos multilaterales, el Estado y la Sociedad Civil. Es el puente para conectarnos con el quinto elemento que fundamenta este proceso y que analizaremos en nuestra última sección. 7 Capitalismo Popular y Capitalismo Solidario. Antes de terminar nuestra ponencia con la idea más importante que en ella aparecerá, permítasenos introducir este par de conceptos. Es una precisión que vale la pena hacer; ya para ir cerrando. Frente a la profunda crisis que viven el Capitalismo y la Civilización Occidental, ante esta aparente inviabilidad de buena parte del Tercer Mundo, una idea poderosa se ha desarrollado, al menos en Latinoamérica: el Capitalismo Popular. El estimulo a los más pobres, a los marginados y excluidos, para que se conviertan en capitalistas, en microempresarios, con microcréditos, cooperativas, etc. Es el incentivo a la potencialidad comercial y empresarial que todo ser humano lleva consigo. Es una idea que se ha planteado en Perú, con Hernando De Soto, en Argentina desde una perspectiva liberal más ortodoxa y en muchos otros sitios de América Latina. Y, seguramente, en muchas otras partes del mundo. Es una magnifica iniciativa con un potencial inmenso para contribuir a resolver los problemas que pretende resolver. Pero es una iniciativa a partir de la cual es difícil imaginar un relanzamiento global del Capitalismo, no ya como modelo económico sino como fundamento de una sociedad éticamente superior. Una idea que indudablemente puede ayudar, repetimos, pero que en lo esencial reproducirá los mismos problemas y carencias del Capitalismo más convencional. Una iniciativa que estaría en la misma línea del Capitalismo Cogestionario, que permite y promueve el acceso de los trabajadores a la dirección y a la propiedad de la empresa. O en la misma línea de la democratización del capital que facilita un acceso mas amplio a la propiedad accionaría o a las “cooperativas capitalistas”, etc., etc. Frente a todo ello, pero mas específicamente, frente al Capitalismo Popular -y sin que por supuesto sea contradictorio ni excluyente de éste-, proponemos la noción de Capitalismo Solidario, como la expresión final de la Responsabilidad Moral de la Empresa (RME), como la posibilidad de insertar en el núcleo del funcionamiento del sistema -al lado y a la altura del egoísmo de Adam Smith-, como un chip adicional, el de la identificación espiritual con los demás seres humanos, el de la equidad, el amor al prójimo, el respeto a la dignidad humana, en dos palabras, el Capitalismo Solidario. Un concepto que tiene mucho que ver con la posibilidad de replantearse la noción de Religión. 8 El resurgimiento de la Religiosidad. En un impactante libro El drama del humanismo ateo, un teólogo jesuita francés, Henri de Lubac, plantea con fuerza ese drama que su título refleja: ¿Qué sentido tiene en realidad ser ateo? Y de forma más contundente ¿es de verdad posible ser ateo? Leyendo a De Lubac, a Hans Küng, Kart Barth, Karl Rahner, Martín Buber, Von Balthasar o cualquiera de los grandes teólogos cristianos o judíos del siglo XX -y por mas que de joven, en la izquierda Marxista, nos hayan inculcado el ateismo-, uno empieza a hacerse aquellas preguntas acuciantes. Y empieza a descubrir la síntesis maravillosa que expresa el título del libro de De Lubac: el drama del humanismo ateo. ¡El sinsentido del ateismo! Porque ser ateo tiene sentido cuando uno cree, o le han hecho creer, que Dios es un ente -peor si es antropomorfo, pero igual si no lo es-; un ente, que se encarga de castigar, premiar, perdonar y en general orientarle la vida a 7.000 millones de personas, ello para no hablar de ayudar a resolver, o al menos estar pendiente de los infinitos problemas que debe haber en las infinitas galaxias, del mas infinito aún universo; cuando uno piensa a Dios así, o le han dicho que Dios es eso, cualquiera tiene derecho a declararse ateo. Pero no creer en Dios carece por completo de sentido, cuando uno comprende que Él no es un ente que existe como existen una casa o un computador, cuando uno empieza a descubrir que Dios podría ser este vacío infinito que llevamos en el alma, esta imposibilidad absoluta de comprender lo que somos, lo que es la vida, la piedad, la honestidad, la dignidad, el amor, el sufrimiento, todo lo que tiene que ver con el espíritu; cuando captamos que la racionalidad occidental únicamente nos permite comprender el mundo -y eso, sólo cuando fijamos firmemente unas premisas sólidas a partir de las cuales comprenderlo-; cuando intuimos que sólo podemos entender aquello que es lo menos importante, el mundo, y que no tenemos ninguna posibilidad de entender lo esencial, el Espíritu, ni el nuestro ni los de nuestros semejantes; ¡¡cuando uno comprende que la literatura, la poesía, la música y en general el arte, son apenas formas limitadas de aproximarnos a ese misterio infinito del mundo y más aún al de la inasible realidad espiritual!!; cuando uno entiende que Dios podría ser esa realidad trascendente e inefable dentro de la que nos movemos y que no podemos ver, ni sentir, ni tocar, ni siquiera intuir; cuando uno descubre que de “eso” no se puede siquiera hablar porque cualquier cosa que digamos, con toda seguridad no logrará siquiera aproximarse a él; cuando uno entiende que no es que no sabe -como ingenuamente creía Sócrates- sino que no entiende absolutamente nada; cuando uno capta todo ello ¡se da cuenta que carece de sentido no solo decir, sino “creer” que se puede ser ateo! Éste es uno de los elementos que está ayudando a relanzar la dimensión religiosa del Ser Humano con mucha fuerza en las últimas décadas: el replanteamiento maravilloso de la noción de Dios. ¡¡El acercamiento radical de Dios al Espíritu humano!! No al estilo de la Teología de la Liberación o de la Pobreza, que -en su momento- se dejó lamentablemente influir por un pensamiento tan chato como el marxismo, pero sí a la manera de una teología que acerque a Dios a los pobres… y a todos los seres humanos. ¡Tal como está ocurriendo en América Latina ante la amenaza del Neocomunismo! Una teología conectada con la Responsabilidad Moral de la Empresa. Un relanzamiento de la Religiosidad que nos permita entender que el Ser Humano no puede desarrollar su dimensión ética y, al mismo tiempo, ser ateo. Porque una cosa contradice radicalmente a la otra. Porque no se puede desarrollar la dimensión ética del hombre y al mismo tiempo no creer en Dios, esto es, ¡no creer que nuestro espíritu y el mundo sean misterios absolutos que no tenemos ninguna posibilidad de comprender! Y que, en consecuencia, vivimos en el vórtice de un infinito vacío que nos remite inevitablemente a la noción de Dios. ¡Como quiera que sea que la entendamos! Éste es el quinto elemento de la sección 6: la posibilidad que tienen los seres humanos -estén en la empresa, en el sindicato, en las ONGs, en los Bancos Centrales, en las Naciones Unidas, en los organismos multilaterales o en la Sociedad Civil- la posibilidad que todos tenemos de repotenciar nuestra dimensión ética, ¡apelando a Dios! Apelando a la fuerza trascendente que conforma lo religioso. Entre los siglos XVI y XVIII, la Modernidad descubrió la fuerza inmensa que deriva de la Autonomía de la Conciencia Individual; pero desde entonces no pudo restablecer el contacto entre esa conciencia individual y la trascendencia del Espíritu. El individuo se quedó aislado, encerrado dentro de sí mismo. Eran los tiempos de auge del ateismo ingenuo. Hoy empieza a plantearse la reconexión, el re-ligar (que de allí viene re-ligión) el espíritu individual con los espíritus de nuestros semejantes. Martín Buber “define” a Dios como la relación entre tu y yo. Esa es la posibilidad o la fuente última, el impulso básico, de la Responsabilidad Social de la Empresa y, más aún, de su Responsabilidad Moral, en medio de la profunda crisis que hoy vive la Humanidad: el énfasis en el desarrollo espiritual de los seres humanos, dentro de la gran corporación, en el Estado, en los sindicatos y en la Sociedad Civil. La posibilidad de que la Empresa Capitalista empiece a ver a los consumidores, no como compradores potenciales sino como seres humanos. Si no a través del Amor al Prójimo, si no como hermanos, porque tal vez sería demasiado pretender, al menos sí como seres humanos.
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