Febrero 9, 2006
Guillermo Fariñas: víctima de la intolerancia
y la violación de derechos internacionales
Luz Modroño, 9 de febrero, 2006.
Un hombre inocente y sin miedo. Una hermosa isla en mitad del Caribe,
destruida. Avasallada. Un pueblo negado. Sólo un culpable.
Su rostro no tiene ya máscara. Cayó resquebrajada
por cada uno de los atropellos que infligió a su pueblo.
Pueblo gobernado con mano férrea durante más de cuarenta
años. ¿Derecho a la información? Un sueño.
Una aspiración por la que los cubanos están dispuestos
a dar lo más sagrado de sus posesiones: la vida. Un gobernante
no elegido, que no ha vacilado en perseguir, acosar, difamar o encarcelar
a todo aquel que osara oponérsele o que, simplemente, exigiera
su derecho a ser libre y decidir. Nunca su mano vaciló ni
tembló para condenar a los insumisos, a los rebeldes. Pero,
a pesar de los bastos medios puestos al servicio de sí mismo,
se le escapó un detalle: no puede hacerse callar a los hombres
dignos, a los convencidos de que el hombre posee un alma capaz de
elevarle por encima de las miserias y enfrentarle cara a cara con
el miedo.
Guillermo Fariñas será la próxima víctima
de un insaciable verdugo vestido de verde olivo, trasgresor universal
de la Declaración de los Derechos Humanos. El pasado treinta
y uno de enero, Guillermo Fariñas, psicólogo, periodista
independiente y director de la Agencia Independiente Cubanacan,
inició una huelga de hambre que su dignidad y su valentía,
demostrada a lo largo de los años en el ejercicio de su derecho
a informar y expresarse, impedirán abandonar. La opinión
internacional tendrá una importante misión: presionar
al caudillo cubano para que atienda las legítimas reivindicaciones
de un hombre que sólo aspira a que los derechos que disfrutamos
los ciudadanos de los países libres y democráticos,
sea realidad para ellos. Fariñas está dispuesto a
no claudicar. Porque, por encima de la propia vida, está
la dignidad del hombre libre que vence el miedo y reclama sus derechos.
Derechos que nadie puede pisotear impunemente.
Castro enarbola la bandera del miedo. Sabe que el miedo paraliza.
Nada hay más paralizante que el miedo. Con él se aprende
a bajar la voz, a disimular, a hablar entre líneas. Castro
ha manejado el miedo y éste ha cobrado vida en la mirada
de los cubanos. Miedo que es manejado hábilmente. Sabe que
el miedo puede socavar el empuje vital de un individuo y que también
puede corromper a una sociedad entera. El miedo es un virus que
se extiende y se contagia. Que logra acallar y convierte a seres
humanos que nunca debieron dejar de ser dignos, en seres sumisos
y avergonzados, que tienden a enmascarar su debilidad en razones
ideológicas para que no se note.
Pero Castro sabe que tras ese sometimiento un alma indómita
late y se revela. Que se yergue por encima de amenazas y persecuciones.
Y exige. Exige información para poder contrastar. Información
para opinar, para formarse criterios propios, para decidir libremente.
Por eso Castro teme a la información tanto como teme a la
cultura, al contraste de ideas, mostrando una inquietante ausencia
de virilidad espiritual. Y la niega a su pueblo. Impone el silencio,
y también el cinismo. Las declaraciones efectuadas por el
representante de Castro en la ONU en la Cumbre sobre el libre acceso
a la información son todo un alarde de cinismo e hipocresía.
Allá, este buen hombre aseguró "Todos los cubanos
tienen acceso directo a Internet y si no lo tienen es por el embargo"
Fariñas se declara en huelga de hambre para demostrar que
esas palabras son un insulto a la inteligencia y también
a la decencia. Algo profundamente innoble late en el alma de un
gobernante que miente y pretende, o necesita, engañar a sabiendas
de que sus palabras resonarán en los oídos de los
representantes internacionales allí reunidos como una bofetada
o, en el mejor de los casos, será recibida con una cortés
sonrisa de ironía.
Fariñas ha emprendido una épica lucha por la libertad.
Él conoce bien el significado de la palabra democracia. Lleva
muchos años en una indómita lucha contra la intolerancia,
contra los abusos y los atropellos. Él mismo define el objetivo
último y supremo de su Agencia: "denunciar todos los
desmanes, abusos, atropellos, golpizas, encarcelamientos y cualquier
punto de vista que su sistema no permita sea difundido en los órganos
de prensa oficialista". Fariñas está inválido
de cuerpo, padece una polineuropatía que le obliga a utilizar
bastón para poder caminar. Pero su entereza sobrevuela por
encima de discapacidades para exigir a un dictador verde olivo su
derecho a la libre información y a la libre expresión,
para denunciar cuantas iniquidades se cometen en nombre de la igualdad
y la justicia. Palabras mancilladas.
Fariñas, como tantos otros hombres críticos y rebeldes
que han perdido el miedo, no se doblega. Y llegará hasta
donde sea menester para obligar al Mesías cubano a reconocer
que los derechos dejan de serlo cuando no se universalizan. Y para
demostrar que si nuestra alma no es capaz de luz propia, si no queremos
iluminarla por dentro, la barbarie y la iniquidad perdurarán.
Castro ha convertido a Cuba en un páramo espiritual, en un
páramo informativo del que sólo osadías retadoras
como las que Fariñas demuestra serán capaces de vencer.
Castro ha pretendido convertir a los cubanos en una población
encanallada y huera, pero indomables espíritus como el de
Fariñas demuestran una vez más que los dictadores
vencen pero no convencen. Algo profundamente inmoral anida en el
alma de un gobernante que humilla a su propio pueblo.
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