Febrero 23, 2006
Cuba: donde la miseria toma carta de ley
Luz Modroño, 23 de febrero de 2006.
Tras cuarenta y siete años de imposición férrea
de la supremacía ideológica y política sobre
cualquier otro componente moral, social o económico, Cuba
es hoy un país que salió de la pobreza para entrar
en la miseria. El poder absolutista de una dictadura que ha supeditado
sus bases de producción y el desarrollo del país a
un hipotético y falaz igualitario reparto de la riqueza sobre
la base del aislamiento y la autarquía, anulando todo intento
de iniciativa privada y de estímulo social, no puede sino
engendrar miseria y destrucción.
Las miradas perdidas en un futuro sin esperanza de los cubanos
que día a día sobreviven buscando cómo conseguir
unos pesos de más, lo ponen bien en evidencia. Rebuscar entre
basuras, que en su amontonamiento por calles y plazas dan un toque
de colorismo a las calles habaneras, susurrar al oído del
turista aparentemente necesitado cualquier producto que pueda ser
vendido o al del turista incauto la necesidad de leche o vitaminas
que tiene un hijo pequeño o enfermo acompañado de
un largo discurso sobre la imposibilidad de adquirirla...- el turista
le acompañará a la tienda más cercana, a la
que ellos tienen difícil acceso, comprará la leche,
o las vitaminas... y verá si queda observando como ésta
es revendida en pequeñas cantidades o es devuelta al propio
establecimiento donde se adquirió, saliendo con la cara radiante
por los pesos conseguidos en el intercambio comercial- son prácticas
habituales.
Un futuro anémico de ilusiones que compite con la amenaza
permanente y la corrupción. Si la caída del muro de
Berlín mostró al mundo la cara real del comunismo
y los efectos que el control estatal de todos los medios de producción
produjo sobre la descomposición de sociedades antaño
prósperas y avanzadas, Cuba, hoy último reducto de
aquella utopía, que sufrió en los noventa las devastadoras
consecuencias de su pervivencia en el aislamiento, no ha hecho sino
acrecentar hasta los niveles de destrucción y corrupción
actuales los efectos de una sociedad y una economía regidas
por la ley de la intolerancia y el pensamiento único. Desde
la caída del muro han pasado dieciocho años. Dieciocho
largos años que han supuesto para el pueblo cubano la acentuación
imparable de una larga agonía.
El bloqueo americano no ha servido sino para endurecer las medidas
internas de control y represión. Ha sido la excusa que, como
anillo al dedo, ha servido a Castro para justificar los actos de
violencia contra su propio pueblo y ha sido la explicación
bajo la que se ha parapetado una parte de la opinión internacional
que se niega a ver la responsabilidad directa del dictador.
Y, entre tanto, el empobrecimiento, la economía sumergida,
la corrupción, el engaño, el robo o la mendicidad
han ido entronizándose. Cuba es hoy, tras cuarenta y siete
años de poder absoluto acumulados en un solo hombre un país
que marcha inexorable hacia su propia ruina. Una agonía para
los gobernados y una vergonzosa complicidad para esa parte del mundo
libre y democrático que, bajo los efectos propagandísticos
del propio caudillo cubano ha asistido y, en ocasiones justificado,
a tal despropósito histórico.
Bajo el icono del anti norteamericanismo se ha venido justificando
desde distintos sectores de la opinión internacional, una
demagogia que ha querido presentar al sistema como único
superviviente de un mundo que hace tiempo demostró su inviabilidad.
Y niega, mirando hacia otro lado o no queriendo mirar a la realidad
de frente, el sufrimiento de un pueblo víctima de obsesiones
caudillistas que se ve obligado al aplauso bajo amenazas de exclusión
social. Hasta que consigue huir. Las cifras de los que han abandonado
el paraíso cubano rondan los dos millones de exiliados, aún
con las enormes dificultades que salir del país supone en
una legislación que niega y viola el artículo 13 de
la Declaración de Derechos Humanos que reconoce el derecho
a la libre movilidad de los ciudadanos. Atrás quedan familias,
amigos, compañeros de juego o de café, cuyos rasgos
el tiempo inexorable se encargará de empañar.
El pueblo cubano huye también del hambre. Cuba ha adquirido
una deuda internacional que ronda los 70.000 millones de dólares
y que Castro intenta pagar a costa de la explotación de su
propio pueblo. Baste como demostración de ello, el dato de
que los trabajadores de empresas turísticas, hoy primera
fuente de entrada de divisas, cobran sus sueldos en devaluados pesos
nacionales y a través de empresas empleadoras gubernamentales
que retienen hasta el 98% de los salarios que corresponderían
a dichos trabajadores. Los salarios finales de los trabajadores
de este sector rondan los 250 pesos nacionales -20 pesos nacionales
equivalen a uno convertible, correspondiendo a éste último
un valor semejante al euro- en un país donde los precios
se equiparan a los europeos. El sector turístico es considerado
un sector privilegiado por el resto de los trabajadores.
La conjunción del alto costo de la vida en Cuba y los misérrimos
salarios ha engendrado una doble economía instaurada en el
país con características rayanas en la corrupción.
Binomio peligroso tanto para la supervivencia del pueblo como para
la del propio poder. Sólo el control acérrimo de la
población mediante la vigilancia policial continua y la negación
constante de los derechos humanos tanto como la persecución
implacable sobre el que osa una queja pública o una crítica
al sistema garantizan el silencio y la resignación. La Ley
88 también llamada, tan gráficamente, Ley Mordaza,
por la que son juzgados, encontrados culpables y condenados todos
los que traspasan la frontera de la aceptación servil del
sistema subraya esta afirmación. Y no son pocos los que,
a pesar de ella, continúan arriesgando vidas y haciendas
por lograr el tan ansiado cambio.
El Estado, aquí inevitablemente identificado con el gobierno,
es el empresario único. Y como tal dueño absoluto
de los modos y medios de producción así como de los
puestos de trabajo que distribuye entre la población. El
salario queda jerarquizado en veintitres categorías o escalas
cuya última revisión no completada ha provocado la
paradoja de que niveles superiores perciban menor cuantía
salarial que escalas más bajas. El sueldo de un médico,
un abogado o un ingeniero ronda los seiscientos pesos nacionales,
esto es como promedio el equivalente a unos 30 euros. Por ello,
muchos desertan de sus empleos oficiales para dedicar sus esfuerzos
a la economía sumergida. Aunque ésta sea vender limonadas
a los turistas.
Atrás, años de estudios, de preparación, de
renuncias que no han servido sino para comprobar que en Cuba es
imposible vivir con el salario que el gobierno da a sus trabajadores,
sea éste cual sea. No es difícil encontrar a adolescentes
que han renunciado a seguir ningún tipo de preparación
superior y, a cambio, dedican sus mejores años a conducir
un "almendrón", dedicarse a la venta clandestina,
medrar en cualquier campo de la economía sumergida o clandestina
mientras suspiran por un horizonte de escapatoria. El futuro les
ha sido negado.
La precariedad, el paulatino y siempre constante empobrecimiento,
la miseria, la lujuriante escasez de productos en las tiendas nacionales
a la vez que la abundancia y la variedad quedan reservados para
el que puede pagar en pesos convertibles -divisas- y que son derivados
al consumo para turistas y exhibidos en hoteles y paladares, los
sueldos misérrimos... ha generado un sistema perverso de
economía sumergida en la que a modo de engranaje bien engrasado
el cubano sobrevive. Porque en Cuba sobrevivir es sinónimo
de vivir. Machaconamente, la expresión "No es fácil,
no es fácil" sale de forma constante de los labios de
los cubanos. Basta poco tiempo de estancia en la isla para hacerla
propia.
Prohibida la propiedad privada, los tímidos intentos de
algunos sectores de la población por montar un pequeño
negocio, son a menudo abortados por el gobierno. Los "cuentapropistas",
así llamados los que sorteando las trabas burocráticas
que dificultan sobremanera todo intento de generar riqueza se atreven
a sacar adelante su iniciativa privada, son constantemente perseguidos
y amenazados. Propietarios de viejos coches de los años cincuenta,
llamados "almendrones", que utilizan como taxis colectivos
y que solucionan en gran medida el grave problema del transporte
público, coco-taxis, bici-taxis, carromatos...; propietarios
de casas que alquilan habitaciones a turistas; paladares o restaurantes
de comida criolla que en tantos discursos de Castro son responsabilizados
de problemas como los derivados del abastecimiento energético
o culpados de la desestabilización del régimen; vendedores
de galletas artesanales; de ron elaborado clandestinamente; de manís
envueltos en sofisticados cucuruchos de papel y que son cantados
a lo largo del Malecón; vendedores de cigarrillos sueltos
o de puros -que previamente han ido confeccionándose con
el robo de las hojas en las fábricas estatales- ... ponen
la nota colorista en las calles de La Habana.
Pero todos, obviamente si no son clandestinos que también
abundan, necesitan para su pequeño negocio una licencia gubernamental.
Licencia que sería lógica si no supusiera una forma
más de coacción y amenaza. Porque, por un lado su
concesión es arbitraria y responde fundamentalmente al grado
en que demuestran afección al régimen y, por otro,
porque igual de aleatoria es su retirada. Los cuentapropistas, esto
es los trabajadores por cuenta propia, viven en un estado permanente
de zozobra temiendo que la próxima renovación de su
licencia no les llegue. La existencia de los "cuentapropistas"
es tan sólo una muestra más de la supremacía
de lo político e ideológico sobre lo económico.
Castro como buen dictador necesita tenerlo todo "atado y bien
atado". Palabras cuyo significado muchos españoles conocieron
bien.
Frente a esta escasa economía privada, de la que Castro
obtiene, no obstante, seguros y constantes ingresos al no estar
regulada por los dividendos que el propietario obtenga de la explotación
de su negocio sino a impuestos inmutables e independientes del beneficio
producido -el sistema fiscal es inexistente- y ajenas por tanto
a las ganancias o pérdidas obtenidas y a las fluctuaciones
del mercado, otra más soterrada y generalizada se extiende
paralela a la actividad económica de las empresas estatales.
De ello hablaremos en otra ocasión.
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