Abril 4, 2006
Cuba, una Guantánamo de oriente a occidente: Preso de conciencia
se cose los labios
Luz Modroño
El 18 de marzo 2003 y parapetado tras la convulsión que
la guerra de Irak estaba produciendo en el mundo, Fidel Castro desató
la ola represiva más fuerte que jamás Cuba había
conocido y que pocos países han experimentado. Setenta y
cinco opositores demócratas que luchaban pacíficamente
por conseguir el reconocimiento de los derechos humanos recogidos
por cuantas Declaraciones sobre la materia han sido firmadas, fueron
detenidos y condenados a penas que irían desde los 15 a los
30 años de prisión, después de juicios fantasmas
donde los defensores eran funcionarios al servicio de quien les
condenaba.
Dicha actuación represiva no sólo estaba destinada
a acallar a los condenados. Era también una demostración
más de hasta donde es posible amedrentar a una población
a la que se ha negado el derecho a defenderse y que ha olvidado
el significado de las palabras democracia y libertad, igualdad,
tolerancia y diálogo. Era, por último, un claro mensaje
de amenaza al conjunto de la ciudadanía, una prueba del no-pasarán.
Después de tres años y a pesar de todos los esfuerzos
realizados por distintas organizaciones internacionales, de condena
e intentos de negociación, de endurecimientos o ablandamientos
en las relaciones con el Régimen, Castro se atrinchera cada
vez más en su castillo inexpugnable de intolerancia, represión
y desprecio.
Lejos de mantener relaciones diplomáticas fluidas y escuchar
el clamor de organizaciones no gubernamentales de derechos humanos,
de Consejos Europeos, de la Organización Internacional del
Trabajo o de la Confederación Internacional de Organizaciones
Sindicales Libres o de instituciones políticas, Castro sigue
enarbolando la bandera del miedo y la amenaza desoyendo a cuantos,
por una u otra vía, intentan un acercamiento pacífico
y dialogante pero opuesto a su única idiosincrasia de contumaz
dictador.
Su única política de control absoluto de la economía,
del sindicalismo, de la cultura o de la prensa... de la vida en
definitiva de todos los cubanos, se ve ahora respaldada por Venezuela
y, con nuevos bríos, vuelve a desatar una ola opresiva que
cae sobre la disidencia que aumenta, superando miedos y coacciones,
día a día, incontenible ya.
Con dificultad y sorteando los riesgos que en Cuba supone informar,
salen fuera de la isla constantes testimonios sobre las prácticas
utilizadas para imponer la ley del silencio entre la sociedad y
los disidentes que, sin importar el signo político que detenten,
escriben, opinan, denuncian o intentan mostrar la otra cara de un
país en el que las libertades individuales son inexistentes
y las colectivas sólo lo son para los que asisten sumisamente
a las decisiones de un poder encarnado en un sólo hombre.
Hace pocos días, un preso de conciencia cubano, periodista
independiente, Juan Carlos Herrera Acosta, tras recibir una brutal
paliza por parte de sus carceleros, se cosió la boca en señal
de protesta. El periodista lleva 19 días en huelga de hambre
y se encontraba confinado en una celda de castigo en la prisión
donde cumple su pena, la prisión de Alta Severidad de Kilo
8 en Camagüey. Padece de hipertensión arterial, gastritis
crónica y artritis cervical siendo su estado de salud altamente
precario.
En Cuba dos Guantánamo se dan la mano. La una es suficientemente
conocida por el mundo democrático y libre, ha despertado
ríos de tintan e indignación entre las buenas gentes
respetuosas con los derechos que asisten a toda población
reclusa, escalofriantes imágenes fotográficas han
asaltado las primeras páginas de los medios de prensa más
importantes del mundo. Ha provocado discusiones en todos y cada
uno de los foros en los que se habla de derechos, ha sido condenada
y sigue siéndolo por la comunidad internacional que, a coro,
ha levantado su voz unánime contra unos hechos inadmisibles.
La otra, como si de una hermanastra cenicienta se tratara, no. De
vez en cuando, alguna nota de prensa. A veces, ni siquiera eso.
Ninguna imagen. La más negra oscuridad se cierne tras sus
rejas. Pero los hechos son pares, difieren poco y ambas caminan
al unísono. Una se concentra en el extremo oriental de una
mágica isla. La otra, está repartida por toda ella
y acoge a seres indefensos, inocentes, cuyo único delito
ha sido, y sigue siéndolo pues las detenciones no han parado
de sucederse, escribir, opinar, disentir.
No tratamos aquí de establecer un vínculo fatalista
entre ambas realidades. Tan sólo resaltar la enorme perplejidad
que un tratamiento desigual de dos realidades confluyentes en el
tiempo y en el espacio nos produce. Porque la Guantánamo
americana, bien ubicada en un lugar preciso, bien delimitada, ha
podido ser visitada por organizaciones como Amnistía Internacional
o la Cruz Roja. Ambas organizaciones tienen prohibida su entrada
en las guantánamos castristas. Los presos de la primera están
respaldados -y protegidos- por la vigilancia permanente de instituciones
internacionales que claman por el cierre de las rejas y por el respeto
a los derechos que asisten a sus ocupantes. Sobre los presos de
conciencia cubanos, sobre las rejas diseminadas por cientos en el
país, la ignorancia y el silencio se abaten.
Ambas violan los Acuerdos Internacionales en materia de trato a
los presos, recogidos en los Principios de la ONU para la protección
de todas las personas sometidas a prisión y en las Reglas
Mínimas de la ONU para el trato a los reclusos. Pero mientras
en una la opinión pública internacional se revuelve
contra estos graves hechos atentatorios contra la dignidad humana,
en la otra el mundo parece mirar hacia otro lado. ¿ Acaso
la solidaridad internacional se agota tras las rejas de la Guantánamo
americana mientras desoye los gritos de solidaridad que, en forma
de tan dramáticas expresiones, salen de las gargantas silenciadas
de los presos de conciencia cubanos? ¿A qué habrán
de seguir recurriendo para que el conocimiento de estas graves violaciones
a los derechos del hombre conmuevan al mundo bienpensante? ¿A
qué hay que esperar para que, de una vez, la ONU y la opinión
pública internacional emitan una resolución de condena
tan enérgica como la que ha sido emitida para la otra Guantánamo?
Juan Carlos Herrera Acosta fue arrestado y condenado a 20 años
de prisión durante el proceso de marzo de 2003 donde 75 ciudadanos,
entre ellos periodistas, sindicalistas, defensores de derechos humanos
y miembros de partidos políticos, fueron detenidos y condenados
a largas penas de prisión, acusados de publicar artículos
o conceder entrevistas a medios de comunicación, mantener
contacto con organizaciones internacionales de derechos humanos
o con entidades o individuos hostiles hacia los intereses de Cuba,
distribuir o poseer artículos como radios, equipos de vídeo
o cargadores de baterías eléctricas y de participar
en grupos no reconocidos oficialmente por las autoridades cubanas
como sindicatos independientes, organizaciones no gubernamentales,
asociaciones profesionales como las de médicos y educadores,
instituciones universitarias o bibliotecas independientes.
Las actividades por las que son violentados, agredidos, encarcelados
los disidentes cubanos constituyen el ejercicio legítimo
de la libertad de expresión, de asociación y de libertad
sindical. Libertades sometidas a fuertes restricciones tanto en
la ley como en la práctica. En Cuba ni los periodistas tienen
libertad para informar a la población que así se ve
privada de un legítimo derecho, ni los sindicalistas libertad
para defender a los trabajadores que, así, se ven sometidos
a la arbitrariedad de un único sindicato, cuyos miembros
son funcionarios estatales y dependientes del poder político.
y sin más derechos que la aceptación de las imposiciones
que de tal ejercicio se derivan tanto como del obligado acatamiento
de las condiciones laborales que el gobierno decide e impone ya
que, de no hacerlo, la medida es el inmediato despido sin posibilidad
de defensa ni de volver a encontrar nuevo empleo pues es el gobierno
quien decide cuándo, donde y cómo el trabajador desempeñará
su función. La negociación colectiva es inexistente.
Los salarios, impuestos por el poder político, no llegan,
según declaraciones de los propios trabajadores, a cubrir
las necesidades básicas.
Las denuncias efectuadas por los medios de comunicación independientes
y periodistas han llevado a éstos a ser considerados contrarrevolucionarios,
enemigos del sistema y por tanto objeto de medidas punitivas como
el encarcelamiento, el hostigamiento o la intimidación. Todo
aquel que se arriesga a expresar sus opiniones o a organizar reuniones
opuestas a la política gubernamental ha de ser consciente
del pago que tal actividad considerada ilegal, contraria a la seguridad
del Estado y atentatoria contra los intereses económicos
del mismo (Ley 88 o "Ley mordaza"), puede acarrear y que
no es otro sino el confinamiento en cualquiera de las más
de 200 cárceles repartidas por todo el territorio, donde
se les obligará a callar durante largos años.
Las condenas impuestas a los detenidos en la Primavera Negra oscilaron
entre los 16 y los 30 años de cárcel. Y, considerados
terroristas, a la gran mayoría se les confina en cárceles
muy alejadas de sus domicilios lo que, dadas las precarias condiciones
del transporte cubano supone para los familiares un sufrimiento
más añadido. No son raras las situaciones en las que,
tras esperar durante todo el día la visita familiar, ésta
tuvo que regresar a su domicilio sin haber visto al reo y sin recibir
explicación alguna del hecho. Violando así y una vez
más el Conjunto de Principios de la ONU para la protección
de todas las personas sometidas a cualquier forma de detención
o prisión que reconoce expresamente el derecho de todo recluso
a comunicarse con el mundo exterior, especialmente con sus familiares.
Arbitrariamente se restringen las comunicaciones telefónicas,
las visitas o la correspondencia de los presos o, incluso, les son
negadas.
Sindicalistas, periodistas, defensores de derechos humanos... son
considerados en Cuba terroristas. Y, en las cárceles, objeto
de malos tratos y constantes amenazas, sometidos a condiciones de
gran dureza, en régimen de aislamiento, internados en celdas
de castigo o en "celdas tapiadas" de muy reducido tamaño
(2m x 1m), sin luz, ni muebles ni agua potable o sanitarios, frecuentemente
infestadas de ratas, ratones, cucarachas. A los presos no se les
permite salir, ni recibir visitas, ni hacer ejercicio. Tampoco acceder
con facilidad a la lectura, incluida la Biblia, derecho altamente
restringido, controlado o prohibido.
En muchas ocasiones son los propios familiares los que han de llevar
la ropa de cama o las toallas, obligándoles a tomar el sol
a las dos de la tarde o, incluso a ir desnudos. Igualmente, son
sometidos a severas e injustificadas restricciones y/o supresiones
de visitas de familiares o atención médica. O, como
en el caso de Juan Carlos Herrera Acosta, golpeados salvajemente
por guardias penitenciarios o militares. No hay constancia de que
se haya realizado investigación alguna sobre estos hechos.
Las normas internacionales de derechos humanos exigen que se investiguen
todas las alegaciones de tortura y malos tratos. El artículo
9 de la Declaración sobre la Protección de Todas las
Personas contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanas
o Degradantes exige la realización de tales investigaciones
incluso en ausencia de queja formal de la víctima o sus familiares.
Capítulo aparte merece la atención médica.
A lo largo de este último año muchas han sido las
denuncias efectuadas por los propios presos o sus familiares: Víctor
Rolando Arroyo, Miguel Galván, Iván Hernández
Carrillo...- acerca de la mala o nula atención médica
recibida. Muchas de las enfermedades que aquejaban a los prisioneros
antes de perder la libertad se han agravado durante la estancia
carcelaria; en otros casos, nuevas complicaciones relacionadas con
las ya existentes, o nuevas enfermedades derivadas directamente
de las condiciones infrahumanas a que son sometidos: humedades,
pésima e insuficiente alimentación, inactividad...
En varios casos los funcionarios se han negado a responder a las
reiteradas demandas de atención sanitaria. Igualmente son
varios los casos en que las medicinas proporcionadas por los familiares
nunca han llegado a su destino, habiendo sido incautadas por las
autoridades. Todo ello supone una nueva violación de las
Reglas Mínimas de la ONU, del Conjunto de Principios para
la protección de los presos, los Principios de Ética
Médica...pero también infringe la propia legislación
cubana
Tales prácticas, que constituyen trato cruel, inhumano y
degradante y viola los Acuerdos Internacionales de la ONU sobre
el trato a los presos y los derechos de los mismos, son las que
conducen a los reos a tomar decisiones como las adoptadas el pasado
23 de marzo por Juan Carlos Herrera Acosta y tantos otros presos
de conciencia que a lo largo de estos años han recurrido
a autolesiones o huelgas de hambre, como única salida a su
desesperación. Y, aún en la conciencia de que ante
Castro de poco vale la opinión internacional, es necesario
no desfallecer en la exigencia de apertura de las investigaciones
pertinentes y en la puesta en libertad de todos los presos de conciencia.
Cuba es hoy, comparativamente, una de las mayores cárceles
del mundo para los que opinan diferente.
Ni España ni Europa pueden seguir condenando la Guantánamo
americana y seguir con tal tibieza ante lo que sucede en las cárceles
cubanas. Actitudes semejantes pudieran estar rayando la doble moral
o la hipocresía. Es del todo inaceptable que el mundo condene
la Guantánamo americana por la facilidad que en ella se tiene
para transmitir información o ser visitadas por las organizaciones
pertinentes y no reclame y grite de indignación por lo que,
en un país donde la censura y la prohibición se han
convertido en señas de identidad, sucede. Bien conocen los
dictadores el poder mediático de la censura, el control de
la información, su manipulación. No en balde la libertad
de prensa, de opinión y expresión son las primeras
en ser violadas en cualquier régimen donde el parlamentarismo
no existe y las libertades individuales están proscritas.
|