
Mayo 18, 2006
Se equivocó la paloma
Luz Modroño
El pasado 9 de mayo, un escalofrío de perplejidad
y sonrojo recorría mi espalda. Llevaba varios días
esperando el dictamen Aún cabía la esperanza. Pero
las triunfantes palabras proferidas por un dictador verde olivo,
como un insulto contra los hombres y mujeres víctimas de
sus atropellos y contra aquellos que seguimos creyendo que un
mundo mejor es posible, la destruían.
El nuevo Consejo de Derechos Humanos de la ONU,
uno de los tres pilares de la renovación mínima
que salió de la cumbre de septiembre, nacía lastrado
de falta de credibilidad: Cuba, China, Pakistán, Azerbaiyan,
Arabia Saudí, violadores reconocidos como tales por los
países democráticos y condenados varias veces por
la ONU, formarán parte de dicho Consejo. Para tal viaje
no hacían falta estas alforjas.
En esos momentos, vino a mi memoria una excelente
obra del escritor uruguayo Eduardo Galeano, Patas arriba, la escuela
del mundo al revés. En ella se describe con crudeza e ironía
las sangrantes contradicciones en las que se mueve el mundo hoy.
En palabras del autor el mundo desprecia la honestidad, castiga
el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta
el canibalismo. La injusticia es la ley natural y el instinto
asesino la aptitud más útil para vivir y triunfar.
Lo ocurrido el 9 de mayo corroboraba fielmente esa sentencia.
Hay muchas formas de violencia, pero ninguna más
execrable que la ejercida por un Estado contra sus ciudadanos.
Y la ONU recompensaba la falta de escrúpulos de tiranos
convertidos en enemigos de su propio pueblo. El nuevo Consejo
había abierto un atisbo de esperanza para una sociedad
a la que se está obligando a desconfiar de las buenas intenciones
de organismos internacionales paladines en la defensa de los derechos
humanos universales. Pueblos para los que conceptos como justicia
y solidaridad parecen condenados a su inexistencia. Seguramente
sería utópico confiar en que la condena de la ONU
hacia la admisión de países como China o Cuba fuera
a servir para mucho más que lo que han servido las condenas
anteriores, pero aún quedaba la esperanza. Sin embargo,
hoy se ha otorgado carta de validez a la represión y al
acoso, a la violencia contra el pueblo y al canibalismo de los
gobernantes. No es sólo la oposición cubana, los
cientos de hombres y mujeres que se niegan a ver sus derechos
pisoteados, los que han visto en juego su dignidad. En esa rueda
entramos todos, y quizás un día ya sea tarde.
Castro hoy no engaña a nadie. Pero cabía
esperar que una nueva condena renovase la esperanza de los que
esperan sin saber hasta cuando han de esperar, que provocase alguna
nueva reflexión o, siquiera más modestamente, alguna
presión para evitar que la violencia del dirigente cubano,
como el chino o el pakistaní, contra su pueblo pudiera
ser menos abrupta que en el presente. La satisfacción que
en Castro produjo su admisión en el nuevo Consejo estaba
justificada, su modelo político basado en la discriminación
y la cárcel para el disidente se ha visto respaldado por
un organismo como la ONU. Qué amarga ironía. Qué
triunfo del desprecio a la honestidad.
El análisis de lo que supone admitir dentro
del Consejo a países caracterizados por su burla a los
derechos humanos y condenados reiteradamente por ello debe ir
precedida de una consideración objetiva, neutral, del significado
de la violencia de Estado como base de la vida política
cubana. La violencia política no sólo tiene una
dimensión en el plano individual, en el plano personal,
absolutamente odiosa en cuanto supone la liquidación del
adversario. Pasar por alto la criminal actuación de un
dictador para con su pueblo implica dar carta de validez a un
sistema dictatorial tan condenable como execrable. Ignoro como,
a partir de ahora, va a poder conciliarse la admisión en
un organismo defensor de derechos humanos de un dictador ignorante
para con los derechos de los demás, con que ética
y bajo que prisma se podrá hablar en dicho Consejo de violación
de derechos humanos, qué valores serán a partir
de ahora defendidos y asumidos por la ONU. Al parecer, el esperpento
valleinclaniano alcanza a nuestros días.
Violencia y democracia parecían hasta ahora
dos términos irreconciliables y contrapuestos. El recurso
a la violencia legal de gobernantes faltos de escrúpulos
contra sus pueblos, los actos de repudio, los despidos o contrataciones
laborales en base a la afinidad y la fidelidad ideológico-política
demostrada por el contratado o las condenas y confinamientos carcelarios
para los que disienten, confiere un estatus automático
de ilicitud al sistema. El nuevo Consejo de la ONU puede haber
abierto una caja de pandora de insospechadas consecuencias. Pero
la decisión no legitima al régimen castrista. Más
bien deslegitima a la ONU. El nuevo Consejo sólo recuperará
su credibilidad antes de empezar a andar si logra condenar a los
Estados violadores de derechos humanos, lo que puede conllevar
la suspensión de miembro de la ONU. Pero serán necesarios
los votos de las dos terceras partes de los 191 Estados miembros.
Ardua tarea.
Una última reflexión: fijar la injusticia
y buscar sus causas produce, en el menor de los casos, malestar
y así, los estereotipos y prejuicios cristalizan. Son mecanismos
de defensa tanto individual como colectiva. A modo de ejemplo:
es más fácil atribuir el descalabro de la sociedad
y el modelo socio-económico castrista a la política
de embargo estadounidense que a la perversidad en la gestión
de un dictador y a la ausencia de un parlamentarismo democrático
que impide un afrontamiento de los problemas colectivos y el control
de la gestión gubernamental. El estereotipo y el prejuicio
se convierten en la tabla de salvación que permite cerrar
los ojos a la realidad. Pero los europeos hemos conseguido un
modelo social en el que nuestros derechos han alcanzado el estatus
de inviolables, donde el Estado es un estado de derecho y el primer
garante del pluripartidismo, la diversidad y el respeto a las
minorías. Donde el voto individual decide el gobierno y
en el que éste es controlado directamente por los propios
ciudadanos. ¿Estará en riesgo este modelo?
Cincuenta años es tiempo más que suficiente
para hacer público reconocimiento de lo que la falta de
libertad y justicia ha supuesto para la población cubana.
Los organismos internacionales de derechos humanos deberían
recordar que en Cuba se mantiene en las cárceles a más
de trescientos presos de conciencia, que en Cuba se sigue persiguiendo,
acosando, amenazando a todo el que disiente. Que se utilizan perversos
mecanismos de extorsión y se impone un silencio vergonzoso
al que quiere hablar, que los derechos básicos del ser
humano son prohibidos, que no existe libertad de asociación,
reunión o expresión o que hay ciudadanos dispuestos
a dar su vida, como el reciente caso del periodista independiente
Guillermo Fariñas, por el disfrute de un derecho hoy universal
como es el uso de Internet. Con la decisión adoptada por
el nuevo Consejo se ha perdido una buena oportunidad de romper
el binomio solidaridad-utopía. La ONU debería ser
un instrumento razonable, es decir, sujeto a la razón.
De esa forma, seguramente, sería más eficaz.
Temo que los derechos humanos sean la música
de una sinfonía inacabada. Creo que el problema es comprender
lo que está pasando.