
Junio 8, 2006
Inversiones y ética
Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - La Asociación
de Empresarios Españoles en Cuba emitió recientemente
un comunicado donde justifica su papel en la Isla, a la vez que
protesta por declaraciones del Sr. Ramón Jáuregui,
diputado del PSOE, sobre la ejecutoria de esos empresarios ibéricos.
El portavoz del PSOE en la Comisión Constitucional del Congreso
emitió sus preocupaciones y críticas en una conferencia
del Grupo Internacional para la Responsabilidad Social Corporativa
en Cuba, efectuada en Madrid a fines de mayo.
Indudablemente, las inversiones extranjeras pueden representar
un factor de desarrollo económico y jugar un papel importante
desde el punto de vista político y social. Cuba, país
pobre y subdesarrollado, necesita recursos para impulsar su economía,
así como tecnologías que no le son accesibles. Paralelamente,
la iniciativa empresarial extranjera, comprendida la española,
puede ayudar a establecer el tejido empresarial indispensable para
el avance de las naciones, en un mundo interconectado, donde la
competitividad y la lucha por los mercados es cada día más
fuerte.
Al mismo tiempo, es bien conocido que sin relaciones humanas resulta
imposible la concreción de inversiones y el establecimiento
de acuerdos económicos y comerciales. Las mercancías
no viajan solas. Van acompañadas de seres humanos, ideas
y concepciones, por lo que procedentes de un país como España,
estos vínculos pueden ser fuente adicional de influencia
positiva para el futuro de Cuba.
Algo similar podría decirse del turismo español,
aún en una escala más importante. No puede olvidarse
que los cubanos provenimos en gran parte del tronco hispánico,
del que nos sentimos orgullosos. Compartimos la misma lengua y sentimientos
extremadamente cercanos. Posiblemente los más próximos
a nuestra idiosincrasia.
Por este motivo somos absolutamente defensores de las relaciones
económicas, culturales y de todo tipo con España,
nación que además hasta muy recientemente sufrió
el totalitarismo, y puede entender muy bien los sufrimientos del
pueblo cubano en la actualidad.
Sin embargo, habría que considerar que tanto la inversión
extranjera, específicamente la española, como las
visitas de nuestros hermanos hispanos, no pueden dejar a un lado
aspectos éticos relacionados con la situación afrontada
por los cubanos hoy. Algunas inversiones realizadas en la esfera
del turismo realmente no concuerdan con lo que aspiramos de España.
En hoteles administrados por españoles se discrimina a los
cubanos, y ni siquiera se les permite alojarse, en el marco de un
apartheid que estamos muy seguros de que no tolerarían en
su propio suelo.
En el ambiente de "tranquilidad social" imperante en
Cuba existe la contratación de personal basada, principalmente
en el clientelismo político, que obliga al trabajador, en
la mayoría de las ocasiones, a aparentar lo que no siente
para lograr el puesto de trabajo. Asimismo, los cubanos reciben
la baja remuneración en la moneda nacional depreciada, mientras
las operaciones y la gestión de las inversiones extranjeras
se realizan en monedas sólidas, o sea, el gobierno cubano
a través de una empresa contratadora recibe los salarios
y otros beneficios en divisas y paga en el peso corriente, estableciéndose
la explotación consciente de la mano de obra, tolerada solamente
por el ambiente represivo imperante. No se admite ninguna protesta
de los empleados ni reclamación directa a los empresarios,
por lo que éstos tienen garantizada la total "tranquilidad
y seguridad laboral".
No pueden soslayarse tampoco hechos que desmeritan la inversión
extranjera, por ejemplo está el vergonzoso caso sucedido
en octubre de 2005 en el Hotel Meliá Habana, cuando la administración
canceló a la embajada checa el contrato para la celebración
de la recepción por la fiesta nacional checa sólo
una horas antes de efectuarse y a pesar de haber sido comprometido
con muchos días de anticipación, alegando que habían
sido invitados representantes de sectores de la sociedad civil cubana,
como las Damas de Blanco.
Lamentablemente, nunca hemos leído comunicados de la Asociación
de Empresarios Españoles en Cuba sobre estos importantísimos
asuntos. Ni se realizó una adecuada explicación a
la embajada checa ni a los cubanos sobre el reprobable hecho.
Reiteramos que soy partidarios de las inversiones extranjeras,
y las españolas fundamentalmente, pero creemos que debe existir
una base ética. Sería ingenuo suponer que los negocios
se hacen por amor al arte. Es justo y correcto procurar determinados
niveles de ganancia y retribución, pero no debe darse la
espalda a las realidades de los países receptores, y menos
aún al pueblo. Es lógico el respeto a las leyes nacionales,
pero siempre y cuando tengan en cuenta los acuerdos internacionales
vigentes, más aún si ambas naciones son signatarias
de los mismos, en particular en el marco de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT).
No puede soslayarse en los convenios, acuerdos y contratos, lo
establecido en documentos tan importantes como la Declaración
Universal de Derechos Humanos y las obligaciones morales que de
ella se derivan. Que en otros países se hagan cosas indebidas
no exime a nadie de cumplirlas. Una actitud contraria convierte
de facto a las empresas en colaboradoras del totalitarismo.
En el caso de las empresas de España, las obligaciones y
responsabilidades son aún mayores, por los vínculos
de sangre, historia y cultura, así como la traumática
experiencia de decenios de totalitarismo en ese querido país.
A nuestro juicio, no se trata de dirimir responsabilidades en el
futuro, cuando se produzca el inevitable cambio. El cubano es un
pueblo noble, sin mezquindades. Se trata de vivir un presente con
ética y honorabilidad. Comprendemos las justas preocupaciones
del diputado Ramón Jáuregui, miembro de un partido
que sufrió en carne propia las persecuciones de la dictadura
y que junto a todos los españoles con mucha sabiduría
supo contribuir a resolver los problemas en un plano de reconciliación
y paz. Gracias a ello, hoy en un ambiente democrático, en
España se construye una sociedad próspera y plural.
Estoy seguro de que muchas de estas preocupaciones son compartidas
por la inmensa mayoría de los españoles.
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