
Junio 16, 2006
Las sanciones de europa
Luz Modroño
Dijo Antonio Machado que, a los españoles,
una de las dos Españas había de romperle el corazón.
Poco después, él mismo tendría que salir
exiliado, huyendo de una muerte que encontraría apenas
traspasada la frontera, bajo la incansable lluvia de bombas que
asolaban nuestra querida Patria y cuyo balance dejó toda
una estela de destrucción y muerte, de dolor infinito que
pervivió durante cuarenta años. Guerra terrible
y sangrienta que tendrían su continuación en la
vieja Europa.
Europa, la vieja Europa, cargada de experiencia,
sabe bien lo que es el dolor de un pueblo, sabe bien de odios
y exclusiones. Sobrada experiencia para anticipar consecuencias
de intolerancias y odios. Tanto como en el valor del diálogo
y el dolor que produce la ley del Talión, cuyo motivo más
profundo puede ser la venganza. Y tiene, como los antiguos patriarcas
de ancestrales culturas, una gran capacidad de amor y solidaridad
hacia las víctimas inocentes de barbaries, un desarrollado
sentido de lo que es estar al lado del que sufre, de compartir
anhelos, esperanzas y miedos. Por todo ello, el 12 de junio volvió
a dejar en suspenso las sanciones contra un pueblo que agoniza.
Porque el primer y único perjudicado por esas sanciones
es el propio pueblo que a la villanía de su gobernante
no debe sumar el aislamiento de los que más obligación
tienen de estar a su lado, los países democráticos
europeos que tanto saben de dictaduras y vejaciones y a los que
tanto costó ganar el reconocimiento de la legalidad que
sólo los Estados de Derecho poseen.
Cuba lleva sometida demasiados años, aunque
sólo uno fuera suficiente para recabar el más firme
rechazo de los pueblos libres. Sometida a una política
vil en la que la exclusión se ha entronizado, en la que
se castiga cruelmente la divergencia, donde la convivencia se
ha tornado imposible y se ha visto sustituida por el castigo brutal
hacia los que disienten. Europa está indignada frente a
tanta barbarie, su corazón arde herido ante tanto despropósito
y atropello, ante tanta infamia. Y por ello reaccionó con
el castigo cuando en el 2003, 75 valientes opositores fueron condenados
a largas y terribles penas de prisión por el hecho de disentir,
poner por escrito su pensamiento y atreverse a levantar su voz.
Pero el año pasado, nuevamente, se impuso la cordura y
el palpitar con el sufrimiento ajeno. Porque el pueblo cubano
no merece que se le dé la espalda, no merece ser castigado
por las infamias de su gobernante, se congelaron unas sanciones
cuyo único beneficiado, o al menos el que no sufre las
consecuencias de dichas sanciones impuestas a su propio pueblo
es él mismo y su corte. Malherida Cuba, Europa no puede
dar la espalda a ese pueblo que sueña con un afán
de vida. La congelación de las sanciones no es sino el
desdén de un continente hacia el César y el orgullo
de saberse libre, valiente y solidaria.
Porque Europa además de vieja sabe bien del
valor de la palabra, frente al odio opone el diálogo. Frente
a la brutalidad sanguinaria de un dictador empeñado en
destruir a su pueblo, tiende la mano. No al causante de tanto
oprobio, sino al pueblo víctima de la intolerancia, al
pueblo que aquel subyuga. Un pueblo noble y valiente, con hombres
y mujeres capaces de seguir arriesgando lo más preciado
de todo ser humano: su libertad o su propia vida. Un pueblo que
no sucumbe frente a las continuas amenazas, los infames actos
de repudio y la criminal anulación de sus derechos más
elementales y, por ello, sagrados.
Pero frente a la barbarie no cabe oponer otra barbarie
de odios y resentimientos. Luchas intestinas que se forjan fuera
de las fronteras de la propia isla y cuya principal víctima
es ese pueblo que aún no ha conseguido escapar. Porque
fuera se puede hablar, se puede comer, escribir o gritar. Se puede
disentir sin sobresaltos a que la puerta del hogar sea aporreada
y tras ella se encuentre el verdugo. Pero la esperanza rota, el
miedo, la resignación, el hambre y las amenazas de rejas
o patíbulo -la legislación cubana contempla la pena
de muerte y tres hombres fueron ajusticiados en aquel mancillado
2003- quedan reservados para los que día a día amanecen
con la incertidumbre de no saber si será el último
que puedan ver la luz del sol.
Europa es vieja, pero ser viejo no es sinónimo
de caducidad sino de experiencia y tolerancia, de profundos sentimientos
de solidaridad hacia un pueblo ahíto de sufrir. Porque
el aislamiento y las sanciones, tanto como el embargo, sólo
sirven para justificar la política de represión
y barbarie de Castro contra su pueblo. Entre el régimen
cubano y las buenas intenciones de los que consideran útil
el aislamiento rompiendo cuanta ayuda entre en la isla se sitúa
ese mismo pueblo que se enfrenta día a día a la
incertidumbre de no saber si el odio entre dos enemigos que se
necesitan mutuamente para sobrevivir, no caerá sobre ellos.
Cuba es un pueblo orgulloso que no se doblega.
Prueba de ello es que la disidencia, retando cuanta medida de
terror es aplicada por su máximo gobernante, crece día
a día, gota a gota. Y tanto en el interior de la isla como
fuera de ella, entre todos aquellos que sentimos que nada humano
nos es ajeno. Y menos que nada, el dolor de los que sufren, de
los oprimidos.