Junio 27, 2006

La inversión extranjera en Cuba y la responsabilidad de las empresas

Luz Modroño

Cuba es hoy, tras agónicos casi cincuenta años de dictadura, un país empobrecido, necesitado de los recursos y la tecnología que las empresas inversoras aportan. La política económica y social impuesta por Castro, persiguiendo y controlando la creación de riqueza propia e inversiones nativas, ahogando la escasa iniciativa privada, a los "cuentapropistas" cubanos que, a pesar de todo y con grandes dificultades para sobrevivir, suponen la única fuente de riqueza original del país al margen de los planes desarrollados por el gobierno traducidos en una drástica disminución de la competencia señera antaño de la economía cubana como eran la existencia de una amplia cabaña vacuna -de 10 millones de cabezas de ganado se pasó a los dos actuales derivados de los "experimentos" realizados por el eterno gobernante- o la caña de azúcar, de la que Cuba era el primer exportador mundial, por poner dos ejemplos, y hostigando el desarrollo económico autóctono al margen del Estado, único poseedor de todos los bienes y servicios originales del país, ha sido incapaz de aportar a la Isla los recursos necesarios para su modernización y desarrollo. Por ello, Cuba hoy se ve necesitada de los recursos y la inversión extranjera.

Hasta hace poco y dada la ley Helms Burton, los mayores inversionistas procedían de Europa, ocupando España uno de los primeros puestos fundamentalmente en el sector turístico. Las cosas hoy están cambiando y Castro mira empicinado hacia sus hermanos populistas Chávez y Evo Morales elegidos sin embargo, y sin adentrarnos ahora en los métodos o el discurso utilizado para ello, en las urnas. Por ello, todavía cabe la esperanza de que el pueblo venezolano y boliviano reaccionen a tiempo. Reacción que supondría dejar a Castro sin las patas en que hoy puede sustentarse. La inversión procedente de otros países continúa siendo, así, un elemento del que Castro no puede desligarse fácilmente.

Sin duda, la inversión extranjera deviene en un factor de primer orden para el desarrollo económico de los países atrasados, pero también puede colaborar activamente en la transformación política, social y cultural de los pueblos en los que la democracia no ha pasado de ser una noble aspiración de sus gentes.

El papel que juegan las empresas inversoras procedentes de países democráticos no puede soslayar su responsabilidad histórica en los cambios necesarios y legítimos que los pueblos reclaman. Y si, además, como en el caso de España, salieron de una larga y cruel dictadura, se impone la memoria histórica y el análisis de las contribuciones que, para convertir en realidad lo que parecía una utopía, -esto es vivir con dignidad, en pluralidad, construir un Estado de Derecho en el que la democracia, con todas sus imperfecciones, sea el único guía de la convivencia y las decisiones adoptadas por la mayoría del pueblo y respetuosa con las minorías- realizaron todos y cada uno de los agentes sociales, protagonistas del cambio. Empresarios y trabajadores, sociedad civil y clase política.

La inversión extranjera puede, así, colaborar activamente en el afrontamiento de los retos, la modernización del país y el advenimiento de la democracia que el pueblo cubano merece. Las empresas foráneas no sólo aportan material y recursos, no sólo contribuyen a mejorar las condiciones económicas de los países en los que invierten. También aportan aires nuevos, ideas nuevas, contrastes entre mundos diferentes. Negar esta realidad y seguir manteniendo un embargo o un rechazo a la inversión, seguir propugnando el aislamiento del país, sólo puede conllevar el retrasar la ansiada transformación política y social, además de seguir añadiendo sufrimientos y penalidades a los más desprotegidos y débiles, esto es al propio pueblo, a los trabajadores, carentes de recursos siquiera para sobrevivir con dignidad.

Sin embargo, amparándose en la legislación cubana e ignorantes de los principios democráticos que imperan en sus países de origen, estas empresas realizan sus inversiones en marcos que olvidan los principios de responsabilidad social y ética a los que se ven abocados en sus países de origen o en otros donde el respeto a los derechos laborales son condiciones inexcusables para poder invertir. De esta manera, las empresas extranjeras están perdiendo una gran oportunidad de demostrar que, más allá de los intereses económicos que las mueven, del enriquecimiento rápido que les supone una legislación que viola los principales Convenios internacionales firmados por el propio gobierno cubano y su propia legislación, son sensibles a los padecimientos de todo un pueblo. No hay más disyuntiva que o ser cómplice de un gobierno dictatorial o ser cómplice de las víctimas. Sin que ello suponga en ningún caso dejar de invertir.

Partiendo de la base de la universalidad de tales principios y conscientes de que, a pesar de las imposiciones del gobierno cubano y de la propia legislación cubana que ampara comportamientos poco éticos y responsables hacia los trabajadores es mucho lo que dichas empresas, en el respeto a la responsabilidad ética y social que les incumbe y que fueron promulgados por la ONU en su Pacto Mundial, pueden hacer, es necesario que los inversores tomen conciencia de su papel histórico en una sociedad que, sin duda, transitará hacia la democracia y del protagonismo que dichas empresas, de no seguir colaborando con el gobierno cubano y reconociendo y amparando los derechos humanos y laborales de los trabajadores, internacionalmente reconocidos, pueden llegar a representar.

Afirmar que las empresas inversoras cumplen con la legislación cubana como justificación a su política empresarial además de ser una ironía supone ser cómplices de las violaciones que el propio gobierno cubano realiza de los Convenios refrendados con la OIT y que han sido denunciados tanto por el Comité de Expertos como por el Comité de Libertad Sindical de dicho organismo.

Realizar inversiones socialmente responsables implica respetar los derechos humanos y laborales de los trabajadores. En un país donde la sociedad civil es perseguida y amordazada y en el que no están reconocidos los sindicatos libres, la responsabilidad de mejorar las condiciones de los trabajadores que realizan su labor en sus respectivas empresas debería devenir en un importante objetivo. No porque las empresas sean entidades altruistas sino porque, sin duda, en el momento de la segura transición a la democracia, podrá reportarles mayores ventajas competitivas que las que hoy obtienen con el acatamiento de la legislación cubana. Sin duda, hoy, aprovecharse de la situación existente en Cuba supone para las empresas inversoras la obtención de máximos beneficios, pero los costes en un futuro próximo pueden ser muy elevados. Las empresas no deberían olvidar que tras el hoy, siempre viene un mañana.

Actualmente, la empresa no se legitima sólo en términos económicos, ha de ganarse la confianza de quienes se relacionan con ella y reclaman nuevos planteamientos sociales, medio ambientales y de respeto a los derechos humanos. Las empresas no pueden vivir de espaldas a la sociedad, ignorando sus demandas, aunque estas sean abortadas sistemáticamente y sus derechos ignorados.

La sociedad civil en Cuba hoy no tiene poder de presión alguno pero es previsible e inevitable que, a medio plazo, la situación cambie y Cuba alcance a ser un país democrático cuya sociedad sabrá reconocer los comportamientos de aquellos que no antepusieron la obtención máxima de beneficios al respeto y la defensa de los trabajadores. La historia demuestra que la sociedad si no premia los comportamientos socialmente éticos de las empresas, sí castiga los no éticos.

Asumiendo la legislación cubana, los empresarios están perdiendo la oportunidad de mostrar su liderazgo en los respectivos sectores en los que invierten tanto como la de convertirse en dinamizadores del tejido empresarial. Reiteradamente, las empresas españolas han instado al gobierno español a desvincular sus inversiones del debate sobre los derechos laborales y humanos de los trabajadores. Dicha propuesta es inadmisible en cualquier Estado de derecho y supone una manifestación clara de justificación de una política inversionista que, por otro lado, lesiona su propia imagen corporativa. Por el contrario, es necesario instar a las empresas a desvincular su práctica de la legislación cubana haciendo realidad las prácticas empresariales de sus países de origen.

En absoluto se trata de pedir a las empresas inversoras su salida del país. Antes bien, como dijimos más arriba, su permanencia puede significar para el pueblo cubano una mejora social y económica siempre y cuando se imponga el cumplimiento de los principios de responsabilidad social y ética y de respeto hacia los Convenios de la OIT. Pero es necesario exigir que se adopten las medidas adecuadas para mejorar las condiciones de los trabajadores cubanos, que son, por otra parte, el eslabón más débil y vulnerable de la sociedad y promuevan el bienestar y la dignidad humana. De otra manera, difícilmente puedan lograr ningún reconocimiento nacional o internacional.

Por todo ello, las empresas inversoras deberían alentar la creación de espacios de diálogo que promuevan el compromiso ético para con la sociedad cubana y que concilien los intereses y procesos de su actividad empresarial con los valores y demandas de la sociedad civil.


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MOVIMIENTO SINDICAL INDEPENDIENTE DE CUBA