Sep. 7, 2005
Vivencias y reflexiones de una española en La Habana
Luz Modrono. 06 de septiembre de 2005.
¿Cómo hacer llegar la amarga visión que de
la realidad cubana se obtiene en cuanto se traspasa el umbral de
los circuitos turísticos y la planificación gozosa
de esa bella isla que, para el consumo placentero del turista, ha
desarrollado un gobierno infame que humilla, prohíbe, persigue
y ha llevado a su pueblo a la condición de meros supervivientes?
Por fin he llegado a Madrid, pero en mi retina, en mis oídos
y en mi memoria persiste vivamente la realidad de un país
enajenado, olvidado, justificada la barbarie y la pobreza, la humillación
permanente en aras de no sé qué principios que nada
tienen que ver con las legítimas aspiraciones de una sociedad
libre. Sentir la mirada turbia por el miedo y la desconfianza de
los cubanos, el ansía de escapar de una isla que ha sido
lugar de origen y alumbramiento y que hoy es una cruel cárcel
en la que irremisiblemente están atrapados, sin saber ciertamente
el tiempo de condena que aún queda por cumplir, es una experiencia
que Poe posiblemente no se atreviera a imaginar.
Los cubanos declaraban en mis entrevistas sentir que son "culpables
de algo", que han hecho algo mal a lo largo de la historia,
y que son castigados por fuerzas incontroladas, sienten que agonizan
entre podredumbre y vejaciones. El pueblo en Cuba ha sido desposeído
de sus señas identificativas para verse transformado en masa
hostigada y con capacidad de supervivencia en la medida en que son
obedientes y sumisos a las órdenes transmitidas desde el
poder. Un poder autodenominado "revolucionario" y que
lleva casi medio siglo entronizado. Y contemplando indiferente,
la agonía de su propio país. País en el que
la apostasía se paga con largos años de presidio.
La libertad de pensamiento, la independencia de criterios, la expresión
crítica del análisis de la realidad son meras falacias
contrarrevolucionarias que ponen en peligro la supuesta estabilidad
del régimen. Estabilidad en la que -no me cabe duda alguna
tras la observación y conversaciones mantenidas con los cubanos
de toda índole y condición- no cree ni el propio Fidel.
Porque Cuba es hoy una sociedad descompuesta, hambrienta, agonizante.
Y de ello son prueba los actos de terror que sistemáticamente
la Seguridad del Estado inflige a la población. Y que van
desde los impedimentos legales para resolver cualquier trámite
administrativo, a la amenaza, la exclusión social, el despido
laboral... y que irán in crescendo en la medida en que los
integrantes de la masa condicionada por el poder más vayan
individualizándose hasta alcanzar los grados de paroxismo
colectivo que son los actos de repudio, los avasallamientos y registros
domiciliarios, las detenciones injustificadas, los interrogatorios
en la tétrica Villa Marista, la suspensión de juicios,
las palizas y las torturas, las condenas por delitos que no tienen
visos de realidad, porque en Cuba el gobierno niega la prisión
por delitos de conciencia.
El pillaje, la mentira, la extorsión, la prostitución...
marcan la personalidad de las calles de La Habana. Y la población,
en la que los valores morales y éticos ha sufrido una alteración
lingüística, denomina a todo ello "estar en la
lucha". Está en la lucha el que roba, el que tima, el
o la que se prostituye para poder malalimentarse, el que trafica...
Está en la lucha el que, en definitiva, se ha visto obligado
por la fuerza del hambre y un sistema político decadente
a sobrevivir. Es decir, "roban todos, todos lo hacen. Lo único
es que hay que tener cuidado con que no te pillen, pues son cinco
años de cárcel", declara uno de mis entrevistados,
joven de 23 años hijo de médicos fundadores del PCC
y hoy sobreviviente que, de vez en cuando, y "cuando me sale"
conduce un viejo "almendrón" de su familia y se
dedica a traficar con puros habanos.
Es la lucha cotidiana contra un mundo que se derrumba pero que
no acaba de hundirse. Cuando habla, Alejandro se lleva un dedo a
los labios, baja la voz y mira desconfiado hacia sus cuatro costados.
Porque en Cuba nadie es inocente, para serlo hay que demostrarlo,
y el gobierno tiránico de un enajenado lleno de odio y poder
se encarga de que no sea así como arma arrojadiza contra
los no-ciudadanos, contra el que se atreve a moverse, a no participar
en los actos de repudio, a declararse contrario a tanto despropósito.
Para el gobierno cubano y sus agentes esbirros de la Seguridad
del Estado, yo tampoco fui inocente. La Seguridad se presentó
en la casa en la que me alojaba y mancilló y violentó
mis pertenencias, mis escritos, mi intimidad. Ante mi protesta y
petición de una orden de registro que les diera la capacidad
de avasallar mi rincón, respondieron con un lúgubre
"nosotros no la necesitamos".
Ahí comenzó una experiencia que me ayudó mejor
a comprender la valentía, la dignidad, el orgullo de un pueblo
que no quiere ser masa. Medió la amenaza contra mí
y contra los que me rodeaban y con los que me relacionaba. Bajo
la acusación de ser "agente extranjero al servicio de
la contrarrevolución", dejando claro el significado
de esta frase y la amenaza bien de la tenebrosa Villa Marista o
la expulsión del país como "persona non grata",
se me exhortó a seguir mi estancia en Cuba como turista y
visitando los recorridos turísticos preparados por la revolución.
Fue mi castigo y mi penitencia. Tenía que visitar la tarjeta
postal para uso y disfrute de los turistas, confeccionada con hilos
de mentiras y falsedades. Me convertí en persona non grata
por rodearme de amigos que se habían movido de la foto, por
gente que no cabía en la tarjeta postal. Aunque en realidad,
ningún cubano cabe hoy en ella.
Por hablar e intentar moverme, olvidando que en la tierra del secuestro
nada es permisible sin el conocimiento de su excelencia, por tratar
de conocer esta isla desde el otro lado del espejo. Y me transformé
en una disidente extranjera, en una opositora, pasando a engrosar
la larga lista de personas que, violando el principio universal
de libre movilidad, no podrán regresar a Cuba y que, anhelantes,
esperaremos que la pesadilla termine para regresar y celebrar en
la calle, juntos el fin de una larga dictadura. Y poder abrazar
a quienes encontramos en un camino lleno de escollos y prohibiciones,
pero valientes y dignos y que nos impidieron abrazar. A pesar de
Castro y sus secuaces, mi alma quedó en La Habana y dejé
mi corazón llorando.
Las páginas que siguen son un retrato de la Cuba fidelista
que tuve la suerte, o la desdicha, de conocer. Retrato que no se
queda en la descripción de unas calles o unas gentes sino
que pretenden ser una crónica y a la vez una reflexión,
testimonios de un mundo decadente, que agoniza. Son el resultado
de mis andanzas en la isla, de mis contactos y conversaciones no
sólo con miembros de la oposición, sindicalistas o
periodistas, médicos, profesores o taxistas... son producto
también de mis diálogos con gente común, con
gente de la calle, anónima, con mujeres, hombres, niños
o adolescentes, estudiantes y trabajadores, excluidos o aparentemente
adaptados al sistema. Gente pronto dispuesta a ser fotografiada
para sentir que su alma escapa de la isla de las mil cárceles
y una sola cara pública, gente deseosa de hablar con quien
esté dispuesto a escuchar, para que todos sepan que esta
tierra es el reino de la mentira, del engaño, de la burla,
para gritar al mundo el estado de oprobio y abandono en el que viven,
para que los que venimos de países libres, democráticos
donde no nos jugamos nuestra libertad por decir lo que pensamos,
sepamos que no es posible vivir con 10 ó 15 dólares
mensuales sin convertirse en un ladrón, un estafador o un
jinetero. Que ésa es la máxima conquista tras una
inamovible dictadura que va camino del medio siglo,
Y es también un grito unánime de socorro porque les
hemos dejado a su suerte, porque escondido tras un discurso demagógico,
mientras el pueblo perecía, esta dictadura ha sabido encontrar
apoyos y justificaciones más allá de sus propias fronteras.
Cuba llora y parapetada tras un rítmico son, grita solidaridad.
Dos características comunes definen hoy a todo cubano: el
permanente miedo en las miradas, en las actitudes corporales, en
el dedo índice llevado a la boca rogando bajar el tono de
voz hasta hacerlo apenas perceptible. Miedo a ser oído, a
ser detenido, a ser expulsado del trabajo, a que les quiten la licencia
de cuentapropista, a no poder comer, a ser vistos en compañías
no gratas para el régimen... Miedo que se vence a duras penas
pero, que al cabo se vence, porque es mayor la fuerza de la libertad
ansiada. Y que se traduce en un deseo de ser fotografiados para
conseguir escapar aun de forma virtual, atrapados tras una imagen
que ellos no verán.
Y "la visa". Materialización del deseo legítimo
de salir de un país que les mantiene atrapados. Visado que
es la legitimación, la carta blanca que les permitirá
la huida de forma legal. Todo cubano ve en cada extranjero el potencial
poseedor de su carta blanca, y no importa la diferencia de edad,
el lugar de origen, el dominio de la lengua, la comunión
de costumbres o culturas... el objetivo es salir, salir y si es
posible evitar el riesgo a ser devorado por tiburones o hundida
la barca que, en la desesperación, se contempla en muchos
casos como última salida tras agotadas todas las posibilidades,
se aferrarán a ella. Sólo hace falta valor. Entre
tanto, seguirán llorando y ocultando su amargura tras una
cerveza nacional o el son de su ritmo.
Muchos me confesaron que van sonriendo por la calle porque se niegan
a que si algún miembro del Partido o de la policía
les ve, o les toma una imagen, tras ella quede atrapada la imagen
real de la desesperación y la amargura. Triste país
éste en el que el disimulo y el miedo viven entronizados
dándose la mano.
Cuba sobrevive a pesar de sí misma. El escandaloso estado
de abandono y ruina, de devastación de casas, calles y espacios
públicos -bien escasos, por cierto, ya que apenas existen
parques o centros de ocio- es la imagen de la devastación
anímica de la mayoría de la población. Cuba
resiste a pesar de la incomprensión de una buena parte del
mundo exterior, de la insolidaridad mostrada por los que justifican
la existencia de un estado psicópata, consumido en el abandono.
Muchos de los que hoy aún siguen defendiendo la dictadura
cubana no han recorrido las calles del país, no han traspasado
las fronteras de la ausencia de libertad, no han visto ni oído
a un pueblo castigado y humillado. Qué fácil es defender
utopías cuando se vive en países donde la amenaza,
en todas sus formas y en todas sus manifestaciones, no es la moneda
de cambio para seguir subsistiendo. Donde el miedo físico
y psicológico no se han adueñado de la convivencia
y la propia existencia de sus moradores.
La autora es integrante del Grupo Internacional por la Responsabilidad
Social en Cuba.
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