Septiembre 2005
Aguerridos y perseguidos
Luz Modroņo, miembro del Grupo Internacional
por la Responsabilidad Social Corporativa
Las consecuencias de la dictadura implantada por
Castro en 1959 no limita sus costes a la sistemática represión
y acoso que sobre la oposición viene siendo ejercida desde
entonces. Los costes económicos, sociales, políticos
y culturales han alcanzado tales cotas de desestructuración
y descomposición que han convertido a Cuba en un país
con graves problemas en todas y cada una de las facetas de la actividad
ciudadana características de cualquier Estado de Derecho.
Prohibida y castigada la tenencia y lectura de la
Declaración Universal de Derechos Humanos, los sindicalistas
cubanos independientes del único sindicato oficialmente reconocido
muestran su valor humano por encima de amenazas y persecuciones.
Con una deuda exterior que alcanza los 40.000 millones de dólares
que Castro trata de pagar a costa del permanente sacrificio de los
trabajadores cubanos, con una economía arruinada y unos sueldos
cuya media se sitúa en los 220 pesos nacionales, esto es
el equivalente a 10 euros, con la coexistencia de una doble moneda
no comparable, en la que destaca la debilidad abrumadora de la nacional,
con unas infraestructuras arruinadas cuando no inexistentes, en
un país entregado al turismo como fundamental fuente de riqueza
y a cuyo disfrute el cubano tiene prohibido el derecho de acceder,
Cuba es hoy el paradigma del desprecio de los gobernantes totalitarios
hacia sus pueblos. Porque son los trabajadores las víctimas
principales de un sistema que no podría sostenerse si no
fuera por el sofisticado desarrollo de sus aparatos represivos.
Los países totalitarios son monstruosamente
eficaces gracias a su ineficacia y al terror impuesto para conseguir
su máximo objetivo, la destrucción de sus súbditos.
Así, Hitler y Stalin se dan la mano en la eficacia de la
destrucción interna de sus respectivos cotos de poder, y
Castro, aplicado alumno. Destrucción que es la única
eficacia demostrada por los regímenes totalitarios. Basta
leer los artículos que los periodistas independientes publican
constantemente en los únicos medios de que disponen para
ello, para comprobar el grado de destrucción, ruina, desamparado,
alcanzado por el Régimen. Basta, igualmente, trasponer las
barreras del turismo y acercarse con la objetividad del observador
neutral.
Y frente a esa realidad, destacándose el
coraje casi suicida de los sindicalistas que tratan de defender,
aún a costa de su propia seguridad, a los inocentes, a los
trabajadores privados del derecho a tener unas condiciones de trabajo
y vida dignas, asumiendo riesgos que ponen en peligro sus propias
vidas. Dando insistentes muestras de arrojo, valentía y honradez
en medio de un entramado social permanentemente amenazado, los sindicalistas
independientes cubanos tienen negados los escasos derechos que asisten
al resto de los habitantes, tienen negado el derecho al pan, el
arroz y los frijoles, a la protección, a la atención
médica u hospitalaria, a la educación, a la universidad.
Y comparten con el resto la no-existencia del derecho a ser ciudadanos.
El proyecto político de la dictadura castrista
consiste básicamente en condenar inocentes. Cualquier desviación
del proyecto es tildada de gusanera, de terrorismo. Cualquier denuncia
objetiva de la realidad cubana, ya sea desde una óptica social,
política o laboral, cualquier defensa de las situaciones
de abuso e injustita laboral, de exigencia de cumplimiento de las
propias leyes laborales o políticas aprobadas por el régimen,
de los acuerdos firmados... convierte a sus aguerridos protagonistas
en mercenarios contrarrevolucionarios, en desviados del proyecto
político de la revolución, individuos desafectos del
sistema y, por ende, víctimas propicias para dejar caer sobre
ellas y demostrar la eficacia de un terror de Estado basado en la
arbitrariedad.
Lo más abyecto del sistema totalitario es
que su aparato confía en la inevitable colaboración
de los más cercanos a las víctimas. Aquella parte
de la población que, siguiendo las consignas impuestas por
los detentadotes del poder consiguen escapar de la destrucción,
evitan cualquier contacto con los señalados, con los expuestos
a ser víctimas de actos de repudio y otros mecanismos de
presión ejercidos sobre inocentes condenados, aún
cuando les conste la inocencia de los señalados. O precisamente
por ello. De tal forma se configura un sistema perverso en el que
nadie es inocente, un sistema de terror dentro del propio terror,
un sistema cuya configuración y alcance no tiene cabida en
las mentes de personas honestas y moralmente sanas. El sistema totalitario
castrista, siguiendo el ejemplo de sus semejantes, ha logrado crear
una sociedad enferma, en la que prima la condena de los inocentes,
de los defensores del derecho y el bien común. Sin embargo,
la traición genera una culpa imborrable en los colaboradores
que permite a las dictaduras imponerse tanto tiempo como dure la
culpa compartida por una generación.
Una administración tan rudimentaria como
la cubana, incapaz de llevar a cabo con eficacia realista planes
agrícolas, industriales, comerciales o fiscales, que ha hundido
en la pobreza y la miseria a todo un país bajo la excusa
ya inaceptable de la política de bloqueo norteamericana ha
podido, no obstante, mantenerse en el poder gracias al aparato policial
desarrollado que controla y vigila cada intento de desviación,
crítica u oposición, al mantenimiento de la pena de
muerte y a las detenciones masivas contra los que se desvían
del poder titánico institucionalizado.
Toda sociedad convertida en cárcel para
sus súbditos necesita crearse un enemigo interno que debe
ser destruido. La responsabilidad nunca es propia, siempre es ajena.
Es responsabilidad de los sindicalistas el pretender que los trabajadores
conozcan sus derechos laborales y que intenten hacer cumplir la
legislación, es responsabilidad de los periodistas el informar
sobre la realidad contemplada día a día, es responsabilidad
de las potencias extranjeras las condiciones de destrucción
económica que asolan el país.
Así es la ley no-escrita imperante en los
países dictatoriales: Es necesario hacer creer que son las
víctimas quienes amenazan la seguridad del Estado, la economía
y la estabilidad del país y por ello a ellos van destinadas
las mayores penas, las más rigurosas condenas, la más
estricta vigilancia y la más acosadora persecución.
Mientras despojan de identidad, libertad y vida a las víctimas
el sistema tendrá garantía de continuidad. Y servirá
de acicate para atemorizar a la sociedad consiguiendo la participación,
la colaboración en la represión, la calumnia contra
sus aguerridos defensores, inocentes de la barbarie. Hasta el último
momento, la sociedad atemorizada verá en la colaboración
con el Régimen la única tabla de salvación
en un mundo totalitario, donde se trata de imponer el pensamiento
único, en un país enclaustrado, cerrado, en el que
un grupo toma en propiedad la totalidad del espacio público.
No hay adversarios con los que negociar sólo enemigos a destruir.
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MOVIMIENTO
SINDICAL INDEPENDIENTE DE CUBA
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