Septiembre 23, 2005
Los últimos estertores de un dictador
Luz Modroño,miembro del Grupo Internacional por la Responsabilidad
Social Corporativa.
Cuando el pasado mes de julio, Castro anuncia con la contundencia
que le caracteriza el incremento de la represión sobre la
población cubana que no acate ciega y sumisamente sus mandatos,
no hace sino dar una muestra más de debilidad con apariencia
de fuerza. La razón, ya se afirmó en su día,
no se impone, se conquista. Hoy, tras 47 años de férreo
poder unilateral, excluyente de la divergencia y basado en la construcción
de un estado policíaco cuyo mayor desarrollo se ha caracterizado
por el espectacular aumento de la red carcelaria, la población
cubana rechaza abierta y explícita o implícitamente
un Estado totalitario que no le representa. Un Estado identificado
con el gobierno, del que es su único garante, y que es el
causante de tanta miseria y abandono como rodea a la hermosa isla
caribeña.
El agotamiento del Régimen se manifiesta en la permanente
necesidad no sólo de continuar sino de acentuar cualquier
medida represora que sirva para atemorizar y acallar a una población
castigada, excluida de la toma de decisiones, negado su derecho
a la participación fuera de los cauces y las consignas emitidas
por el Partido. Amenazas, actos de repudio, llamamientos de comparecencia
ante la Seguridad del Estado, encarcelamientos... sólo son
una prueba de su descomposición interna. "El orgullo
precede a la destrucción y la soberbia es el prólogo
de la caída" advierte la Biblia (Proverbios 16:18),
advertencia que sistemáticamente es desoída por los
poderosos y aún menos por los detentadotes de poderes absolutos,
como demuestra día a día el drama de Cuba.
El Régimen de Fidel y la larga noche negra en la que ha
sumido al pueblo, más allá de los interminables apagones
reales que como una metáfora son impuestos diariamente al
pueblo cubano, se fundamenta en tres pilares básicos. El
terror que se manifiesta en las miradas huidizas y siempre alertas
a quién pueda estar escuchando, en la sustitución
lingüística al referirse al dictador por un lenguaje
gestual que todos entienden, en el movimiento de un índice
próximo siempre a los labios, en el tono de voz que alcanza
el grado de susurro... es su primera arma. Y factor que ha posibilitado
la perdurabilidad de la dictadura.
Un segundo factor es el patriotismo que enfrenta Cuba al resto
del mundo. Erigiéndose en paladín de trasnochadas
estructuras cuya inviabilidad quedó demostrada allá
por los ochenta y que sólo en Cuba pervive, Castro ha conseguido
trasmitir la consigna de ser un pueblo amenazado por potencias extranjeras
deseosas de acabar con su colosal obra. Consigna hoy poco creíble
sino para aquellos seudo-románticos que no deben soportar
en sus propias existencias las condiciones de miseria y anulación
de derechos del pueblo cubano y que asisten indiferentes o cómplices
al espectáculo de un pueblo moral y físicamente arruinado
y cierra obstinadamente los ojos a la pobreza, el abandono y la
destrucción de las bases económicas generadoras de
bienestar.
Y, un tercer factor ha sido y sigue siendo el aislamiento físico
del propio país. La combinación de estos factores
puede explicar el mantenimiento de una dictadura que sobrevivió
a otros regímenes hermanos.
El unilateralismo es el sacramento del poder castrista. Y el belicismo
contra su propio pueblo, su tentación permanente. La expansión
de sus tentáculos en cada rincón de la isla, su arma
fundamental. El sistema represor no comienza en el cuerpo de la
Seguridad del Estado, antes bien, éstos actúan cuando
los mecanismos más elementales de delación y control
vecinal, de aislamiento o acoso del disidente, fallan. En cada barrio,
en cada cuadra existe un Comité de Defensa de la Revolución
cuya función consiste básica y primordialmente en
el control y consiguiente vigilancia y denuncia de las actividades
de todos y cada uno de los vecinos. El primer delito que hace sospechoso
al ciudadano es la no-participación en las actividades delatoras
de dicho comité. La primordial función de aquellos
es la estrecha vigilancia de los unos sobre los otros, todos envueltos
en la espiral de la sospecha y el "sálvese quien pueda".
Su misión, informar a los organismos superiores de cualquier
actividad sospechosa de ser contrarrevolucionaria o de "atentar
a la obra de la revolución" que no es precisamente la
obra construida y enriquecida por la aportación de todos
los ciudadanos en la manifestación libre de sus propios sistemas
de pensamiento ideológico.
Los factores hasta aquí señalados son invocados por
Castro en cada uno de sus discursos, discursos que pueden durar
horas y en los que pocas novedades se presentan sino es la de la
acentuación de las amenazas constantes a la población,
lo que tampoco es novedoso. Invariablemente también, la responsabilidad
de la situación de la isla es atribuida a las aviesas potencias
extranjeras, ya sea EEUU o Europa, que alimentan la contrarrevolución
interna. Presentándose como víctima y buscando el
apoyo de una opinión internacional poco dada al análisis
objetivo de la realidad, los discursos de Castro ya no convencen,
hace tiempo que dejaron de ser creíbles para cualquier analista
imparcial. Son palabras desgastadas que pretenden ocultar la realidad
de la mayor oposición interna social y económica,
de su propio pueblo. Una oposición consciente, aún
poco participativa pero que cobra fuerza tras cada nuevo abuso de
poder. Las manifestaciones de una población cansada aumentan
en la calle. A menudo son manifestaciones espontáneas a las
que se suman, perdido el miedo entre el anonimato, los que pasan
cerca.
Los actos de repudio, la persecución de periodistas, sindicalistas,
defensores de derechos humanos, el encarcelamiento de la oposición,
los juicios sin garantías procesales, dado que tanto tribunales
como fiscales se encuentran bajo el control del gobierno (1), la
violación del derecho elemental a ser juzgados de manera
imparcial e independiente (2)... son sistemáticamente denunciados
por organizaciones defensoras de derechos humano y concitan la solidaridad
internacional (3)
(1)La Asamblea Nacional del Poder Popular elige al presidente,
al vicepresidente y a los demás jueces del Tribunal Supremo
Popular, así como al fiscal general de la República
y vicefiscales generales. Todos los tribunales dependen de la Asamblea
Nacional del Poder Popular y del Consejo de Estado. Por otro lado,
los abogados son empleados del gobierno y una postura de oposición
mantenida frente a los fiscales o de impugnación de las pruebas
presentadas por la Seguridad del Estado o por los servicios de inteligencia,
puede suponerles la pérdida de su propio puesto laboral.
(2) El Artículo 14 del Pacto Internacional de Derechos
Civiles y Políticos recoge las normas internacionales para
un juicio justo y el derecho a ser juzgado por un tribunal de justicia
independiente e imparcial. Cuba no firmó dicho Pacto.
(3) Entre los cargos utilizados para imponer penas de hasta 30
años de reclusión a los periodistas y sindicalistas
detenidos en marzo del 2003 se contaba el mantener contactos o comunicarse
con organizaciones internacionales de derechos humanos.
Cuba llora, Cuba sufre, pero no es su verdugo quien debe recabar
la solidaridad internacional. El pueblo cubano sufre el oprobio
de una larga dictadura. En Cuba existe la pena de muerte.
Hora es ya de que el mundo occidental y la izquierda europea se
quite la venda de los ojos y reconozca que el sistema engendrado
por Castro no representa el triunfo ni la pervivencia de los valores
éticos asociados a la izquierda, sino aquellos contra los
que el pueblo ha luchado: el abuso de poder, la tiranía de
un gobernante que nadie ha elegido, la persecución del que
diverge, la acumulación de todo el poder en una sola persona
que se erige en dueño absoluto de los destinos de todo un
pueblo, la negación del diálogo, la negociación,
la participación, la libre asociación o expresión
de las ideas, la información.
La actitud de tolerancia y complicidad con el gobierno cubano mantenida
por cierta izquierda que se considera valedora y depositaria de
los valores marxistas, pero que al mismo tiempo posee en sus respectivos
países su propio espacio parlamentario y que aboga por la
democracia, el pluralismo, la tolerancia y el diálogo, niega
al pueblo cubano el ejercicio de esos mismos derechos. Y con su
apoyo a la dictadura se hace cómplice de la violación
sistemática de derechos elementales cuya negación
provocaría oleadas de oposición en sus propios territorios.
Las dictaduras no tienen color, son simplemente dictaduras. Hora
es ya de abandonar hipocresías y asumir la realidad.
Castro ya no tiene otra munición que el miedo para proseguir
la catastrófica ocupación de su propio país.
Cualesquiera hubieren sido los principios e intenciones que justificaran
las razones del Partido Comunista con Castro a la cabeza, hoy todas
se desvanecen, más aún, hace largo tiempo que se desvanecieron
ante una sociedad caracterizada por una profunda descomposición
moral, ética, social, económica. Castro ha perdido
la guerra emprendida contra su propio pueblo. Consciente de este
hecho, ataca mientras da sus últimos estertores. Ha llegado
el momento del cambio y, para él, Cuba debe prepararse.
Posiblemente, hasta que el dictador no abandone el mando, lo que
con toda probabilidad sólo ocurrirá por causas naturales,
no se pueda producir el tan ansiado cambio. Y, para entonces, las
fuerzas democráticas deben estar preparadas, contar con una
sólida estructura que permita el paso, no exento de dificultades,
a una sociedad plural, democrática, donde el poder salga
de las urnas y el diálogo y el consenso sean las únicas
armas válidas de negociación capaces de desterrar
el unilateralismo y la imposición de una única voluntad.
En el proceso que se avecina es clave que la oposición tenga
un proyecto post-dictadura. Un proyecto propio, autónomo
e independiente en el que ninguna otra potencia extranjera se irrogue
el derecho a intervenir. Sólo así, de Cuba desaparecerán
los fantasmas que la amenazan y la manifestación conflictiva
de las tensiones acumuladas y nunca resueltas.
La preocupación porque tras la desaparición de Castro
el país estalle en una guerra civil es compartida por una
buena parte de la oposición. El papel que Europa puede jugar
en ello puede ser decisivo. No sería buena la existencia
de vacíos de poder que serían, con toda probabilidad,
llenados por desórdenes callejeros y algarabías incontroladas,
de difícil manejo.
La negociación consensuada entre las distintas fuerzas de
la oposición y el esfuerzo común por llegar a alcanzar
mínimos y elementales puntos de acuerdo, es una tarea fundamental
que desde ya debe ser objetivo primordial de futuro. Es necesario
el diálogo, el multilateralismo, la legalidad internacional,
la diplomacia. Las artes de la conciliación y el arbitraje
entre enemigos. A Europa le corresponde fortalecer servicios de
inteligencia sin dañar libertades públicas y ayudar
a la hoy oposición a lograr la solución de los urgentes
y aplazados temas de la convivencia nacional. La lucha que debe
iniciarse ha de ser la lucha por el desarrollo, la pluralidad y
el juego democrático que sólo un parlamento puede
garantizar. Y entre tanto, sólo cabe la condena explícita
y clara de la dictadura.
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