Octubre 31, 2005
Más allá de las buenas voluntades e intenciones ¿es posible
el diálogo?
Luz Modroño.
El escenario de la convivencia social cubana está
tejido sobre una densa tela de araña cuya ruptura es de imprevisibles
consecuencias.
El deterioro y la descomposición social
se manifiestan en la calle en forma de esporádicos y no organizados
actos de protesta que pueden llegar a revestirse de violencia. El
volumen de los gritos contra Fidel aumenta con la incorporación
de nuevos vecinos que se suman a la manifestación callejera.
Es necesario recurrir a las Brigadas de Respuesta Rápida
para orquestar actos de repudio. Castro definitivamente ha perdido
todo apoyo de la población. Y ésta empieza a perder
el miedo.
Es el grito anónimo de la desesperación
y la impotencia que exige respuesta y solución a las perentorias
necesidades nunca atendidas y siempre aplazadas de una población
que no aguanta más. Tras el anonimato y la oscuridad de los
apagones es más fácil vencer el miedo que la persecución
de la oposición organizada ejerce sobre la población.
En estas espontáneas manifestaciones, expresión de
rabia y desaliento, los grupos opositores no intervienen. Es la
existencia de dos mundos paralelos y difícilmente confluyentes.
Sin programa político definido ni continuidad
de protesta organizada, cientos de personas exigen respuestas inmediatas.
Al otro lado, organizaciones de oposición se preparan para
el cambio. Sin embargo, las fuertes y sofisticados mecanismos de
represión dificultan la canalización del descontento
de las masas en las organizaciones opositoras. La militancia en
dichas organizaciones es escasa y la sociedad civil es casi inexistente
y alarmantemente débil. Se da el caso de elevadas fluctuaciones
en el número de participantes activos en partidos y sindicatos
en función de las olas represivas arbitradas por el Régimen.
El miedo incrustado en la piel dificulta sobremanera la participación
organizada.
Más allá de las buenas voluntades,
intenciones y deseos de los ciudadanos de países libres,
democráticos, donde el Derecho es ley igualatoria y universal,
la realidad de esta Isla se impone como una bofetada a quien se
acerca al poder en busca de diálogo. Ni la policía
común protege al que disiente o critica, ni son atendidas
sus reclamaciones ante cualquier problema de índole administrativa
ni tiene derecho a poder encontrar un puesto de trabajo o acudir
a la universidad o formarse en cualquier faceta de su desarrollo
profesional o personal.
Si los derechos sociales, económicos y culturales
están limitados para la población cubana, para los
opositores al régimen, ya sean periodistas, sindicalistas,
miembros de partidos políticos o defensores de derechos humanos
están vetadas. En varios discursos, Fidel Castro ha reiterado
hasta la saciedad que las calles, la justicia o la universidad,
el trabajo o la atención médica son para los revolucionarios.
El simple hecho de disentir se reviste de una amenaza sutil y real
por cuanto, más allá de la privación de libertad
y las cárceles, los que osan manifestar un espíritu
crítico se convierten en excluidos sociales privándoles
incluso el derecho a la existencia.
Vine aquí convencida de la posibilidad del
diálogo como base de entendimiento y estrategia política
adecuada para conseguir presionar al Régimen castrista a
la apertura y el ablandamiento de las condiciones existenciales
de una isla secuestrada. Tras un mes de estancia mis dudas han alcanzado
el tamaño del propio Caribe.
Pretender establecer un diálogo con el gobierno
deviene en titánica e infructuosa tarea. El discurso del
dictador el 26 de julio fue claro. No está dispuesto a bajar
la guardia contra la racionalidad de los que persiguen la democratización
del país. ni de los de adentro ni de los de afuera. Cualquier
desviación de su magna obra será perseguida. Aunque
para ello se vea obligado a continuar con la política de
barbarie y palo que definen las bases sobre las que se sustenta
el Régimen y que frena y corta de raiz cualquier intento
de desmantelamiento del sistema totalitario impuesto hace ya medio
siglo. El sistema es su obra, su criatura. El uso de la fuerza en
todas sus variantes la garantía de su pervivencia
¿Qué posibilidades de diálogo
pueden existir cuando uno de los interlocutores está poseído
de la verdad y para implantarla utiliza todos los medios de terror
y coacción que ha conseguido ir desarrollando en sofisticadas
redes de represión y coacción? ¿A qué
acuerdos es posible aspirar cuando la burla y la mofa se convierten
en moneda de cambio con el interlocutor? Nuestros parámetros
de compromiso no se adecúan a los parámetros de pensamiento,
deseos y voluntades del todopoderoso Castro. Son otros los intereses
que subyacen a su voluntad. Convertido en propietario de bienes
y vidas y poseído de una verdad que impone a fuerza de golpes
y amenazas, los intentos de acercamiento y diálogo ofertados
por la Comunidad Internacional quedan en manifiestos de buenas intenciones
sin que haya posibilidad de compromiso. A los esfuerzos por el diálogo,
Castro responde con el aumento de la represión, las detenciones,
la organización de impúdicos actos de repudio que
llenarían de vergüenza y oprobio a cualquier otro gobierno.
El desarrollo y fortalecimiento de la sociedad civil
que garantizara la transición pacífica debería
pasar por el arbitraje de reformas paulatinas y la apertura a cauces
de participación, pero Castro cierra toda puerta posible
y el diálogo con el gobierno se reviste de utopía.
En demasiadas ocasiones y a pesar de los intentos realizados a nivel
internacional, ha resultado una tarea infructuosa que adopta tintes
de burla y reflejos ilusorios.
Mientras Europa fuerza mecanismos que posibiliten
el diálogo con el Régimen y su acercamiento a la oposición,
Castro sigue golpeando, amenazando, acallando por la fuerza toda
manifestación de descontento mientras sigue orquestando actos
de repudio que producen escalofríos de rechazo en la comunidad
internacional y detenciones arbitrarias que serían ilegales
medidos con los parámetros de los derechos humanos que rigen
las conductas en los países desarrollados y democráticos.
En estas condiciones ¿es posible el diálogo? ¿Es
posible suponer que exista la mínima intención de
apertura hacia la transición? Cuba es hoy una guerra abierta
mantenida por su todo poderoso gobernante contra el pueblo. El gobernante
tiene las armas y las cárceles. El pueblo sólo la
razón.
La concesión ayer del premio Sajarov a las
Damas de Blanco es el reconocimiento a la exigencia y necesidad
democratizadora de una sociedad exhausta. Supone el apoyo explicito
de la comunidad internacional a la legítima lucha de un pueblo
contra la dictadura. Sin embargo, frente a ella, y en contraste
con la demanda unánime, de dentro y de fuera, del fin de
la opresión se evidencia la descomposición de un Régimen
que sólo en el terror sigue reiteradamente apoyándose,
y confluye con el aumento de la represión. La crónica
de los últimos 15 dáis es un esperpento de odio y
temor contra el pueblo.
El pasado 10 de octubre, acto de repudio contra
miembros de Arco Progresista; el 14, contra opositores que se manifestaban
en solidaridad con la defensora de derechos humanos, Noelia Pedraza
cuya vista estaba teniendo lugar y con un saldo de varios heridos
graves que aún continúan hospitalizados; el 17, Alfredo
Domínguez Batista, prisionero de conciencia del grupo de
los 75 de la Primavera Negra, se autolesiona en protesta contra
los malos tratos y las malas condiciones carcelarias; el 20, nuevo
acto de repudio, esta vez contra la mamá del opositor Léster
Sánchez Hernández; el 24, es detenido Daniel Ordóñez
Pereira, miembro del Proyecto Varela y del Movimiento Cristiano
de Liberación; Santiago Valdeolla permanece en prisión
desde hace 80 días sin saber de qué se le acusa...Es
sólo una pequeña muestra de una crónica delirante.
octubre, 2005
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