Noviembre 11, 2005
La condena de los inocentes
Luz Modroņo
Las consecuencias de la dictadura implantada por Castro en 1959
no limita sus costes a la sistemática represión y
acoso que sobre la oposición viene siendo ejercida desde
entonces. Los costes económicos, sociales, políticos
y culturales han alcanzado tales cotas de desestructuración
y descomposición que han convertido a Cuba en un país
con graves problemas en todas y cada una de las facetas de la actividad
ciudadana características de cualquier Estado de Derecho.
Prohibida y castigada la tenencia y lectura de la Declaración
Universal de Derechos Humanos, los opositores cubanos ya sean miembros
de partidos políticos, sindicalistas, periodistas independientes
o defensores de derechos humanos muestran su valor y dignidad por
encima de amenazas y persecuciones.
Con una deuda exterior que alcanza los 40.000 millones de dólares
que Castro trata de pagar a costa del permanente sacrificio de los
trabajadores cubanos, con una economía arruinada y unos sueldos
cuya media se sitúa en los 220 pesos nacionales, esto es
el equivalente a 10 euros, con la coexistencia de una doble moneda
no comparable, en la que destaca la debilidad abrumadora de la nacional,
con unas infraestructuras arruinadas cuando no inexistentes, en
un país entregado al turismo como fundamental fuente de riqueza
y a cuyo disfrute el cubano tiene prohibido el derecho de acceder,
Cuba es hoy el paradigma del desprecio de los gobernantes totalitarios
hacia sus pueblos. Porque es la sociedad civil en su conjunto la
víctima principal de un sistema que no podría sostenerse
si no fuera por el sofisticado desarrollo de sus aparatos represivos.
Sociedad civil que Castro ha negado e impedido su desarrollo, quizás
por un profundo temor a que fuera la bandera que derrocara el imperio
de la ignominia por él levantado.
Los países totalitarios son monstruosamente eficaces gracias
a su ineficacia y al terror impuesto para conseguir su máximo
objetivo, la destrucción de sus súbditos. Así,
Hitler y Stalin se dan la mano en la eficacia de la destrucción
interna de sus respectivos cotos de poder, y Castro, aplicado alumno.
Destrucción que es la única eficacia demostrada por
los regímenes totalitarios. Basta leer los artículos
que los periodistas independientes publican constantemente en los
únicos medios de que disponen para ello, para comprobar el
grado de destrucción, ruina, abandono, alcanzado por el Régimen.
Basta, igualmente, trasponer las barreras del turismo y acercarse
con la objetividad del observador neutral.
Y frente a esa realidad, destacándose el coraje casi suicida
de los opositores que tratan de defender, aún a costa de
su propia seguridad, a los inocentes, al pueblo, a los trabajadores
privados del derecho a tener unas condiciones de trabajo y vida
dignas, asumiendo riesgos que ponen en peligro sus propias existencias.
Dando insistentes muestras de arrojo, valentía y honradez
en medio de un entramado social permanentemente amenazado, los disidentes
cubanos tienen negados los escasos derechos que asisten al resto
de los habitantes, tienen negado el derecho al pan, el arroz y los
frijoles, a la protección, a la atención médica
u hospitalaria, a la educación, a la universidad. Y comparten
con el resto la no-existencia del derecho a ser ciudadanos.
El proyecto político de la dictadura castrista consiste
básicamente en condenar inocentes. Cualquier desviación
del proyecto es tildada de gusanera, de terrorismo. Cualquier denuncia
objetiva de la realidad cubana, ya sea desde una óptica social,
política o laboral, cualquier defensa de las situaciones
de abuso e injustita laboral, de exigencia de cumplimiento de las
propias leyes laborales o políticas aprobadas por el régimen,
de los acuerdos firmados... convierte a sus aguerridos protagonistas
en mercenarios contrarrevolucionarios, en desviados del proyecto
político de la revolución, individuos desafectos del
sistema y, por ende, víctimas propicias para dejar caer sobre
ellas y demostrar la eficacia de un terror de Estado basado en la
arbitrariedad.
Lo más abyecto del sistema totalitario es que su aparato
confía en la inevitable colaboración de los más
cercanos a las víctimas. Aquella parte de la población
que, siguiendo las consignas impuestas por los detentadotes del
poder, consigue escapar de la destrucción evita cualquier
contacto con los señalados, con los expuestos a ser víctimas
de actos de repudio y otros mecanismos de presión ejercidos
sobre inocentes condenados, aún cuando les conste la inocencia
de los perseguidos. O precisamente por ello.
De tal forma se configura un sistema perverso en el que nadie es
inocente, un sistema de terror dentro del propio terror, un sistema
cuya configuración y alcance no tiene cabida en las mentes
de personas honestas y moralmente sanas.
El sistema totalitario castrista, siguiendo el ejemplo de sus semejantes,
ha logrado crear una sociedad enferma, en la que prima la condena
de los inocentes, de los defensores del derecho y el bien común.
Sin embargo, la traición genera una culpa imborrable en los
colaboradores que permite a las dictaduras imponerse tanto tiempo
como dure la culpa compartida por una generación.
Una administración tan rudimentaria como la cubana, incapaz
de llevar a cabo con eficacia realista planes agrícolas,
industriales, comerciales o fiscales, que ha hundido en la pobreza
y la miseria a todo un país bajo la excusa ya inaceptable
de la política de bloqueo norteamericana ha podido, no obstante,
mantenerse en el poder gracias al aparato policial desarrollado
que controla y vigila cada intento de desviación, crítica
u oposición, al mantenimiento de la pena de muerte y a las
detenciones masivas contra los que se desvían del poder titánico
institucionalizado.
Toda sociedad convertida en cárcel para sus súbditos
necesita crearse un enemigo interno que debe ser destruido. La responsabilidad
nunca es propia, siempre es ajena. Es responsabilidad de los sindicalistas
el pretender que los trabajadores conozcan sus derechos laborales
y que intenten hacer cumplir la legislación, es responsabilidad
de los periodistas el informar sobre la realidad contemplada día
a día, es responsabilidad de los prohibidos partidos políticos
el pretender espacios parlamentarios donde defender y exponer sus
objetivos, es responsabilidad de las potencias extranjeras las condiciones
de destrucción económica que asolan el país.
Así es la ley no escrita imperante en los países
dictatoriales: Es necesario hacer creer que son las víctimas
quienes amenazan la seguridad del Estado, la economía y la
estabilidad del país y por ello a ellos van destinadas las
mayores penas, las más rigurosas condenas, la más
estricta vigilancia y la más acosadora persecución.
Mientras despojan de identidad, libertad y vida a las víctimas
el sistema tendrá garantía de continuidad. Y servirá
de acicate para atemorizar a la sociedad consiguiendo la participación,
la colaboración en la represión, la calumnia contra
sus aguerridos defensores, inocentes de la barbarie. Hasta el último
momento, la sociedad atemorizada verá en la colaboración
con el Régimen la única tabla de salvación
en un mundo totalitario, donde se trata de imponer el pensamiento
único, en un país enclaustrado, cerrado, en el que
un grupo toma en propiedad la totalidad del espacio público.
No hay adversarios con los que negociar sólo enemigos a destruir.
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