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Virginales intentos narrativos
LA HABANA, octubre - El espejo de Stendhal, tomado firmemente con
ambas manos por Virgen Gutiérrez, nos devuelve la imagen
de una realidad desvaída y sin matices del ayer reciente
cubano.
Cuentos virginales -título del cuaderno integrado por trece
piezas, que obtuviera el premio José Soler Puig- si bien
nos muestra dominio del lenguaje, la técnica y otros artificios
imprescindibles de un narrador, sucumbe en la grisura -que no sencillez-
de un intento por aventar experiencias personales que han pasado
a engrosar lo intrascendente.
Dividido en dos secciones, De Holguín y otros amores y De
amores y otros asuntos, la autora aborda desde un tono menor los
prejuicios inflexibles, las frustraciones de los sueños y
la vida, la soledad y otros ingredientes de la cotidianidad de provincias,
que provocan una lectura vaporosa que va llamando al sueño.
Confundir la sencillez con lo anodino, así como pretender
hacer literatura de sucesos comunes sin acudir a los probados métodos
de un suspenso y un clima que desemboque en algo, si no sorprendente,
al menos impactante, es desestimar el Decálogo del bueno
cuentista, de Horacio Quiroga, que con tanto acierto y diferentes
disfraces emplean los cuentistas más leídos en la
actualidad.
Un libro sedativo, sin sobresalto alguno, que conduce a los años
más infelices de la actual generación cual si no hubiera
pasado nada, como en el relato El inolvidable verano del 61, por
sólo citar uno, no sólo muestra falta de perspectiva
y rigor, sino también un culto al Yo tramutado en protagonistas
de diferentes sexos que nada más alcanzaron a vivir la poca
porción de luz de esos momentos críticos de nuestra
historia.
Cuentos virginales, convertido en un intento por atrapar la realidad
pero ni siquiera desde la óptica reveladora de una foto expresiva,
se queda en un canto a la creación y el buen oficio sólo
para leer cuando la vida no estalle a cada instante.
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