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Conflictos medievales
LA HABANA, noviembre - "Donde las dan, las toman" y "el
que a hierro mata, a hierro muere" son dos refranes populares
que podrían servir para ilustrar el intercambio cultural
entre Cuba y Estados Unidos. Las autoridades cubanas, necesitadas
de recuperar a plenitud los espacios promocionales y financieros
perdidos en la nación, que genera y monopoliza el mayor mercado
de arte del mundo, lanza señales de desesperación
a través de sus voceros culturales de mayor renombre.
Muestra de ello es el artículo publicado en el periódico
Granma por uno de sus corifeos de mayor cinismo, Pedro de la Hoz,
quien califica las "irregulares regulaciones" impuestas
por el Departamento del Tesoro estadounidense a todo cuanto en materia
de arte venga de la Isla, como una "larga y despiadada operación
contra la cultura", y cual "espíritu medieval en
pleno siglo XXI".
Sin embargo, es preciso recordar que fue en Cuba donde se originó
esta estéril cruzada contra el arte de ambos pueblos.
Los debates públicos en torno a la prohibición por
parte de la Comisión Revisadota del Instituto del Cine del
documental PM -free cinema realizado por Sabá Cabrera Infante
y Orlando Jiménez en el año 1961- al que calificaron
de contrarrevolucionario, además de basura peligrosa, licencioso
y obsceno, dieron paso a lo que determinaría la postura gubernamental
en cuanto a la libertad creativa, con todo lo que implica este concepto.
Unos días después de la prohibición, y ante
la recogida de firmas entre artistas e intelectuales para dar a
conocer un manifiesto contra el veredicto, el mandatario cubano
Fidel Castro los convocó a todos a un salón de la
Biblioteca Nacional, y durante tres viernes consecutivos diseño
lo que sería la política cultural cubana hasta la
fecha: Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución,
nada.
A partir de ese momento de viraje histórico, los artistas
y escritores cubanos comenzaron a sentir una especie de cacería
de brujas que alcanzaba a cuanto músico, poeta, bailarín,
actor y creador de cualquier manifestación del arte no alabaran
en sus respectivas obras las supuestas bondades de la revolución.
Los vaporizaron, como diría George Orwell, e impidieron
a los que no se rindieron, hicieron concesiones o adoptaron la hipocresía
como mecanismo para sobrevivir dentro de Cuba, tener contacto alguno
con persona o institución del "enemigo", ya para
entonces los Estados Unidos.
Una simple carta a un familiar bastaba para ser excomulgado de
la religión comunista a cualquier artista, desde el más
anodino hasta el más rutilante en el falso firmamento del
realismo socialista.
Pero los tiempos cambian, y ahora resulta que "sólo
un encarnizado espíritu medieval puede concebir la idea de
que una canción, un cuadro, una coreografía y sus
autores sean peligrosos, perjudiciales y condenados al ostracismo",
según amplía el articulista de marras.
En verdad, hay que ser sumamente cínico para que un intelectual
que vivió el denominado Quinquenio Gris, la parametración
y tantas arbitrariedades cometidas contra los artistas y escritores
a lo largo de cuatro décadas, se salga con esa parrafada,
real pero falsa al ser expresada por quienes concibieron la censura
y aún la aplican.
¿Acaso Celia Cruz pudo venir a Cuba? ¿Pueden actuar
en su país de origen Willy Chirino, Albita Rodríguez,
Arturo Sandoval? ¿Se puede disfrutar de la actuación
de Andy García, ver una exposición de José
Bedia o leer a Reinaldo Arenas?
¿O es que las canciones, la actuación, los cuadros
y los libros de estos autores cubanos, por vivir en el exilio, se
convierten en "peligrosos, perjudiciales y condenables al ostracismo"?
Exigir a un país la realización de un acto de intercambio
al que no se corresponde es pretender una acción unilateral
a la que al parecer las autoridades norteamericanas no accederán
hasta tanto la parte cubana no respete la libertad de creación
y participación de sus artistas.
La mejor forma de defensa es el ataque, y esta máxima guerrerista
es aplicada por los voceros de las autoridades cubanas contra todo
aquello que consideren contrario.
Acusar a una nación de cometer un hecho similar al que se
comete contra ella es como ver la paja en ojo ajeno y no la viga
en el propio. Si en realidad la necesidad de insertarse en el mercado
del arte estadounidense es sólo por amor a la cultura y "por
respeto a los pueblos que la generan y la reclaman", como expresara
el ministro de Cultura cubano Abel Prieto, es preciso que las autoridades
cedan un espacio a los artistas que no responden al retumbar de
sus bongoes políticos, y mucho menos a la escritura de sus
fantasías ideológicas.
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