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La madre de todas las ratas
LA HABANA, diciembre (Lux Info Press) -
Sadam Hussein es un héroe incomprendido. Un beduino legítimo
que pese a sus devaneos de califa terminó demostrando su
temple, sus artimañas de Alí Babá sin necesidad
de otros ladrones y una fuerza superior a la del genio de la lámpara
de Aladino.
Emulo de los conquistadores Ciro el Grande, Hugolu y Tamerlán,
quiso hacer de las noches de Babilonia una antorcha gigante que
todas las aguas del río Tigres no pudieran apagar.
Para ello, desde su ingreso al Partido Socialista del Renacimiento
Arabe (BAAS) aprendió a propinar puñaladas traperas,
se adiestró en el manejo de la lengua, y vestido de fiera
hizo que los opositores visibles e invisibles se apiñaran
en los extremos de su inmenso país, sobre las ruinas de las
ruinas de Mesopotamia.
Hay que tener valor para correr -sin mirar atrás y dejando
a miles de seguidores embarcados- delante de una coalición
de tropas internacionales que te quieren asar en un escudo, soltar
en medio de la tormenta o ayudar a los kuwaitíes a ser felices.
La incomprensión es la madre de todos los conflictos, y
durante la Guerra del Golfo Pérsico, pese a demostrar a lo
largo de seis semanas su disposición de morir detrás
de una pequeña tropa de 540 mil soldados, quedó como
un cobarde.
Pero lo que no saben sus detractores es que durante una de sus
tantas conversaciones con Alá el señor le ordenó
que preservara la vida, pues la guerra santa estaba al doblar de
una esquina del desierto, y Hussein sería el guía
espiritual en la Madre de Todas las Batallas.
Mientras tanto, y para adiestrarse, comenzó a cazar kurdos
y shiitas, mujeres y niños y hasta hombres que se oponían
a su investidura de Imán.
Para ello, y con el noble objetivo de no derramar sangre, los roció
con productos químicos, ordenó desconectar los niños
de las incubadoras durante su visita de control y ayuda a Kuwait
y envió cientos de miles de pobladores de estas minorías
a orar por el futuro en campos de refugiados de Turquía e
Irán.
Y a este hombre le llaman cobarde sus infames detractores. A un
individuo que desde su arribo al poder en el año 1979 no
ha dejado de estar guapo y fajao ni un solo instante.
Primero con Irán, desde 1980 hasta 1988. Luego con Kuwait
desde fines de 1990 hasta 1991, y siempre contra quienes se opongan
a un mandato enviado desde las alturas por el profeta de Mahoma.
Pero como toda historia tiene su fin, llegó la hora de demostrar
su incomparable valor, su disponibilidad de morir por los mandamientos
del Corán, y se aprestó a desencadenar la yihad islámica,
en la Madre de Todas las Batallas.
Las tropas aliadas, pensando que iban a coger mangos bajitos, encontraron
una resistencia sin par en la historia. Tuvieron que pelear más
de 20 días contra un ejército aguerrido y fiel que
sólo después de hacerles gastar cerca de 500 balas
y alrededor de nueve bombas a los agresores, pusieron fin a la defensa
de Bagdad.
¡Qué Numancia ni Mumancia! ¡Qué Stalingrado
ni Stalingrado! ¡Bagdad y Hussein! Ahí sí hay
aguante, resistencia, valor y estrategia.
Que miles de soldados hayan rastreado desde Mosul a Bagdad, de
Basora a Tikrit durante seis meses para encontrarlo demuestra su
alto sentido de camuflaje, su estatura de topo y su título
universal de Madre de Todas las Ratas.
¡Que Alá lo coja confesado!
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