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Los tibores pensantes
LA HABANA, febrero (Lux Info Press) - Existen camajanes y comegentes,
letrados y letrinos que llenan de sustancias, berridos y otras viandas
el ajiaco nacional.
Pero la dignidad de tibor esmaltado, el blasón de marqués
de la Jiribilla y la orden al mérito del pataleo injurioso,
sólo la ostentan los hombres puros, tan puros y reparos como
los que aludía Guillén en uno de sus poemas.
Y Cuba cuenta con muchos ejemplares de este tipo, enmascarados
en profesiones enjundiosas, oficios decadentes, tareas obsesivas,
que por antonomasia los convierten en los canallas rumberos de cuanto
tragamafias, mueledisidentes y sacatrapossucios desandan por el
mar de las lentejas en un barquito de papel.
Investidos de todo el poder adquirido por la sumisión y
la incondicionalidad al partido, los sumos pontífices de
la perfección y la verdad rinden informes detallados, secuencias
únicas, chismes barrioteros de cuanto manejo "truculento"
se cocina o añeja en las ollas podridas de los capos de Miami,
los jodidos judíos de Jerusalén y la secta budista
de los Faloung Guong, entre otros males que amenazan la tierra.
Con cuánta locuacidad, con qué dicción salivera
bañan las áridas tierras de nuestro desconocimiento
estos magistrados de la intriga, estos doctos ecos de la manipulación
y el miedo desde sus santuarios de banderines y pancartas, lemas
y folletos envilecedores impuestos como narigones en la desinformación
popular.
Los podemos ver, de cuello y corbata, arremetiendo contra el traidor
que abandonó la patria, mientras observan el reloj para llegar
a tiempo a la llamada telefónica de un hijo desde Miami.
O también exigir austeridad y sosiego, cuando ellos satisfacen
el más mínimo deseo y se alteran ante cualquier señal
de independencia.
Aunque lo más cínico de su repertorio patriotero,
el mayor hit de sus carreras a rastras, es el cartelito de humildes
servidores de la revolución y el pueblo.
En cuanto a la humildad, son una manada de lobos vestidos de carneros
para atrapar a los incautos. Y respecto a los servicios a la revolución
y al pueblo, son perros de presa que no comparten la carne con nadie,
y sólo dan los huesos a cambio de ladridos coordinados, mordidas
contra el enemigo común y meneos de cola ante la presencia
del amo.
Estos señores, para gracia y desgracia de las nuevas generaciones,
son cubanos.
Y no sólo eso. Mañana, cuando las aguas tomen su
nivel, dirán que confundieron al pueblo para defenderse,
que decían digo donde iba Diego por aquello del temor a las
represalias.
¿Seguirán en la Isla estos farsantes? ¿Compartirán
el canto y los gemidos de cientos de miles de cubanos que hoy se
encuentran dispersos en gran parte por su culpa? ¿Ocuparán
los espacios obtenidos por su abyección y no por sus méritos?
Tal vez no sea la hora de hacer estas preguntas, pero sí
es tiempo de pensar en la decencia, la sinceridad y los valores
humanos.
Estos camajanes y comegentes, letrados y letrinos que llenan de
berridos el ajiaco nacional serán el más íntimo
aliento para arrancar la mala hierba de la casa.
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