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Reflexiones perrunas
LA HABANA, febrero (Lux Info Press) - No es fácil se perro
en la Cuba de hoy. Eso de andar disputándole un hueso a la
vida, un pequeño resquicio donde rumiar las pulgas en paz,
resulta una quimera.
Si para los hombres no queda sino sombras, embullos y fritangas
que hacen de cada momento una lucha sin fin por la comida, diga
usted para nosotros.
Se acabaron los tiempos en que "amarraban a los perros con
longanizas" y no se las comían. Ahora, como buenas mascotas
de comunistas, somos vegetarianos.
Pero mis reflexiones van más allá del difícil
comer y el imposible dormir, y se adentran en la psicología
canina de las multitudes. Si bien constituimos un "horizonte
de perros", como diría Lorca, los cubanos no ven en
nosotros más que negros nubarrones, otra boca que alimentar,
una desesperante cola y una posible mordida que acabe con la poca
tranquilidad que poseen.
De mejor amigo del hombre hemos pasado a indeseable rival en Cuba,
y aquella frase de que "mientras más conozco a las gentes,
más quiero a mi perro", el derrumbe de un muro allá
en Berlín y la invasión del dólar americano
la invirtieron.
Si nuestros ilustres antepasados Cipión y Berganza pudieran
ver por un resquicio la vida de perro que llevamos acá en
la Isla, harían la sede de su docto coloquio a la entrada
de cualquier hospital de la ciudad de La Habana o en el mercado
de Cuatro Caminos.
¿Quién iba a decirnos que lamer una mano, menear
la colita, ladrarle a la luna o el simple acto de traer un periódico
entre los dientes para ganarnos el sustento se convertirían
en delitos, en razones para darnos un puntapié y lanzarnos
a la calle?
Si hoy constituimos un ejército de más de 200 mil
canes callejeros, no hay dudas de que vivimos en una república
de perros.
Es alarmante que sólo en un año hayan pasado por
las "armas de destrucción masiva" 103,237 animalitos
indefensos y pacíficos.
Resulta incongruente con el espíritu de solidaridad y amor
que aparece en las vallas donde orinan los hombres, este desperro
colectivo.
Se acabaron las expresiones "agradecido como un perro",
"de casta le viene al galgo" o aquella estentórea
pero estimulante "está más cariñoso que
un perro sato".
Ya ni Pluto, Lassie o el simpar Cerbero encontrarían en
Cuba un trabajo decente o una comidita para ir tirando.
Ahora los hijos de los capitanes de abril del 2003, las novias
o queridas de los gerentes y los nietos de los ministros sólo
pasean Dálmatas, Chihuahas, Doberman, King Charles Spanniel
y otras razas importantes como si ellos no cogieran pulgas.
¡Y como comen esos bichos! Figúrense que en una sola
tarde engullen la carne que corresponde a un diabético en
diez años de tratamiento médico.
Los perros satos, según perrófilos arrepentidos,
somos lanzados a la calle por enfermedad, el divorcio de nuestros
amos, el cambio de domicilio y otras mentiras para el consumo de
la opinión pública extranjera.
Somos desperrados porque nuestros amos son los que están
enfermos del alma y la ideología, y no teniendo espacio para
vivir, cometen la locura de casarse.
Ahora quieren perros que hablen y digan papá, ladren por
teléfono delante de turistas asombrados que no saben cuál
es más animal, si el perro o el hombre, aunque terminan dándole
la limosna en dólares a este último, mientras continúan
su paso hacia la Catedral de La Habana.
Es preferible ser un callejero antes que te utilicen para cazar
dólares y no liebres. La sarna y las pulgas son condecoraciones
al lado de un collar nuevo obtenido ladrando en falso, imitando
a un amo que piensa que es racional, astuto y libre. ¡Qué
fiasco!
Por eso, y porque la vida de perros que llevamos es un reflejo
de la existencia de nuestros dueños, declaro con tres jaus,
en acta original y copias: El cubano es el mayor enemigo del perro.
En estos tiempos de lamentos perrunos, de incontables perreras
ideológicas y de perrerías políticas con la
soga al cuello, los amores perros son otra utopía.
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