16 de febrero de 2004
 

 

Reflexiones perrunas

LA HABANA, febrero (Lux Info Press) - No es fácil se perro en la Cuba de hoy. Eso de andar disputándole un hueso a la vida, un pequeño resquicio donde rumiar las pulgas en paz, resulta una quimera.

Si para los hombres no queda sino sombras, embullos y fritangas que hacen de cada momento una lucha sin fin por la comida, diga usted para nosotros.

Se acabaron los tiempos en que "amarraban a los perros con longanizas" y no se las comían. Ahora, como buenas mascotas de comunistas, somos vegetarianos.

Pero mis reflexiones van más allá del difícil comer y el imposible dormir, y se adentran en la psicología canina de las multitudes. Si bien constituimos un "horizonte de perros", como diría Lorca, los cubanos no ven en nosotros más que negros nubarrones, otra boca que alimentar, una desesperante cola y una posible mordida que acabe con la poca tranquilidad que poseen.

De mejor amigo del hombre hemos pasado a indeseable rival en Cuba, y aquella frase de que "mientras más conozco a las gentes, más quiero a mi perro", el derrumbe de un muro allá en Berlín y la invasión del dólar americano la invirtieron.

Si nuestros ilustres antepasados Cipión y Berganza pudieran ver por un resquicio la vida de perro que llevamos acá en la Isla, harían la sede de su docto coloquio a la entrada de cualquier hospital de la ciudad de La Habana o en el mercado de Cuatro Caminos.

¿Quién iba a decirnos que lamer una mano, menear la colita, ladrarle a la luna o el simple acto de traer un periódico entre los dientes para ganarnos el sustento se convertirían en delitos, en razones para darnos un puntapié y lanzarnos a la calle?

Si hoy constituimos un ejército de más de 200 mil canes callejeros, no hay dudas de que vivimos en una república de perros.

Es alarmante que sólo en un año hayan pasado por las "armas de destrucción masiva" 103,237 animalitos indefensos y pacíficos.

Resulta incongruente con el espíritu de solidaridad y amor que aparece en las vallas donde orinan los hombres, este desperro colectivo.

Se acabaron las expresiones "agradecido como un perro", "de casta le viene al galgo" o aquella estentórea pero estimulante "está más cariñoso que un perro sato".

Ya ni Pluto, Lassie o el simpar Cerbero encontrarían en Cuba un trabajo decente o una comidita para ir tirando.

Ahora los hijos de los capitanes de abril del 2003, las novias o queridas de los gerentes y los nietos de los ministros sólo pasean Dálmatas, Chihuahas, Doberman, King Charles Spanniel y otras razas importantes como si ellos no cogieran pulgas.

¡Y como comen esos bichos! Figúrense que en una sola tarde engullen la carne que corresponde a un diabético en diez años de tratamiento médico.

Los perros satos, según perrófilos arrepentidos, somos lanzados a la calle por enfermedad, el divorcio de nuestros amos, el cambio de domicilio y otras mentiras para el consumo de la opinión pública extranjera.

Somos desperrados porque nuestros amos son los que están enfermos del alma y la ideología, y no teniendo espacio para vivir, cometen la locura de casarse.

Ahora quieren perros que hablen y digan papá, ladren por teléfono delante de turistas asombrados que no saben cuál es más animal, si el perro o el hombre, aunque terminan dándole la limosna en dólares a este último, mientras continúan su paso hacia la Catedral de La Habana.

Es preferible ser un callejero antes que te utilicen para cazar dólares y no liebres. La sarna y las pulgas son condecoraciones al lado de un collar nuevo obtenido ladrando en falso, imitando a un amo que piensa que es racional, astuto y libre. ¡Qué fiasco!

Por eso, y porque la vida de perros que llevamos es un reflejo de la existencia de nuestros dueños, declaro con tres jaus, en acta original y copias: El cubano es el mayor enemigo del perro.

En estos tiempos de lamentos perrunos, de incontables perreras ideológicas y de perrerías políticas con la soga al cuello, los amores perros son otra utopía.