|
Espejo de paciencia
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, febrero - Los cubanos somos un dechado de paciencia.
Una manada noble que soporta el hambre, el frío o el calor
con una sonrisa bailándole en los labios.
Muchos nos llaman los "jo(b)didos" o discípulos
de Job, porque después de tenerlo todo, o casi todo, estamos
en la tea y no pasa nada.
Si bien contamos con malos ejemplos de insubordinaciones, batacazos
y otros actos contra el normal desarrollo de las buenas maneras,
vivimos bajo la égida de San Tranquilo, ese don que nos adormece
o relaja tras cortinas de hierro aunque diluvien truenos.
Se acabaron los tiempos en que por un leve secuestro, la solicitud
de un pequeño rescate y una que otra pateadura a loshabitantes
del hato de Yara, Salvador Golomón -"Oh, Salvador criollo,
negro honrado"- en un acto de indisciplina social se abalanzara
lanza en ristre sobre el inversionista Gilberto Girón y lo
dejara tieso para rescatar al pobre Fray Juan de Las Cabezas y Altamirano,
quien por poco pierde la idem por negarse a comerciar con el francés.
Ya no existen aquellos vegueros picapleitos que se insubordinaron
contra la corona española por no permitirles comerciar sus
humos, ni los bronqueros conspiradores de La Escalera -no existe
ninguna de las dos cosas, ni conspiradores ni escaleras- y muy pocos
vestigios de quienes en los primeros años de la revolución
cubana osaban reclamar los derechos robados por los izquierdos.
Frente al poder debemos ser sufrientes, mansos, disimuladores,
conformes, consentidores, tolerantes, resignados, y guapos con el
vecino, el ron y la cazuela.
Esa es la virtud de la paciencia a que nos convoca el ministro
de Transporte ante el síndrome del traslado, la manquedad
del movimiento y la semiparálisis nacional locomotora.
Si usted, después de cuatro meses aguardando un turno médico
se pasa medio día en la parada sin que pase un camello que
lo conduzca al hospital, no se desespere ni sofoque, saque un folleto
sobre la batalla de ideas o alguno que cuente la historia del violín,
y sonría, que por esas calles también pasan dirigentes
en autos refrigerados, extranjeros y otras hierbas que pueden preocuparse
y perder el control -del timón- si a la semana aún
lo ven ahí.
Piense además en los indios araucanos, que no tienen camellos,
o en los hombres del paleolítico, que no conocieron la rueda,
y se sentirá mejor.
En caso de que pierda un pie en el despelote mundial que se forma
para subir a un ómnibus en Cuba, no se resienta, hermano,
no guarde rencor ni piense en la madre de los presuntos culpables,
sólo recuerde que pudo perder los dos en Angola o Etiopía,
un ojo en Kosovo y quién sabe si hasta la vida en Irak. Resígnese,
envuelva su pie en el periódico Granma, y vaya dando saltitos
hasta el cuerpo de guardia más cercano. No olvide que las
ambulancias no tienen piezas de repuesto ni gasolina.
Por otra parte, si a su esposa o hermana las desnudan en el ajetreo
de avanzar hacia atrás por el pasillo del camello, no coja
lucha, súbalas a la barbacoa del rumiante, enséñeles
a los vándalos lo bien torneadas que están gracias
a la soya y pida una indemnización por el strip tease guagüero
y popular.
Nunca se la darán, pero le quedará la satisfacción
de que imitaron a Madonna, Demi Moore o Janet Jackson desde un escenario
rodante en la isla del amor al prójimo extranjero.
Ya vendrán tiempos mejores, sólo hay que tener paciencia,
mucha paciencia, como decía Chan Li Po, y a la vuelta de
un pequeño siglo en el poder contaremos con un mulo transportista
por cada tres habitantes de la república.
Es preciso evitar la contaminación ambiental y el sedentarismo
que generan los automóviles, y por eso, como estrategia revolucionaria
les hemos reducido el número de estos artefactos, aunque
sin dudas se nos fue la mano, metimos la pata y se formó
el caos.
Ahora, para enmendar la plana, añadiremos a los bicitaxis,
carretones, cativanes, coches tirados por caballos, arrias de mulos,
chivichanas, patinetas, carriolas y otros medios de transporte popular
que inundan el país, un programa que resolverá el
problema de la transportación.
Les pondremos la GETA, les daremos el frente y el costado a las
necesidades de la población, y acabaremos con esas multitudinarias
colas, listas de espera, cuevas de reservaciones y cuanto mecanismo
se implantó para no resolver nada y ganar tiempo y paciencia.
Con la GETA (Grupo Especial del Transporte Alternativo) descubierta
ante la opinión pública nacional y de acuerdo con
el máximo getoso, el señor Abel Rivas Cruz, lograremos
transportar 60 mil pasajeros diariamente en el 2004, para lo cual
se incrementarán los puntos de recogida y los inspectores
habituales, como una fórmula infalible de acabar con la guagüita
de San Fernando -un ratico a pie y otro caminando- y con el palique
andante entre baches y montañas de basura y escombros de
la capital.
Para eso, según el getoso Rivas, amarraremos cortico a los
492,407 choferes de autos estatales que fueron indiferentes a las
señales de los inspectores, y violando el gesto de hermandad
entre los conductores, ni la chapa dejaron ver a los miles y miles
de "esperautas" que inundan las esquinas, los céspedes,
las paradas, los tejados y cuanto resquicio sirve para demostrar
paciencia.
Ya está bueno de que 18 organismos que implican 32 empresas
con 36 matrículas, sólo en Ciudad de La Habana, se
crean dueños de algo en el país de "nada es nuestro".
Es imprescindible pedirle a San Tranquilo la ecuanimidad precisa,
la gota de paciencia necesaria para aguantar más décadas
de estos trajines de la espera.
Les prometemos a los miles de viajeros que toman el sol y el sereno
en las Ocho Vías, a quienes en Peñas Altas pulen las
piedras con la parte trasera de sus pantalones o sayas, y a los
que sueñan con aviones, balsas y tabacos en la autopista
hacia Pinar del Río, que el final está cerca, y que
aunque éste sea el viaje en camello más largo de la
historia, pronto llegarán a su destino, lo más probable
a pie, pero llegarán.
Un pueblo que ha demostrado ser un espejo de paciencia no puede
alborotarse sólo porque no puedan llegar a tiempo al trabajo,
la escuela, el médico, un cabarat, un estadium, una boda,
unos quince, una embajada, entre otras boberías -nada más
las tribunas abiertas tienen importancia real- o simplemente el
velatorio de un pariente muerto en Caibarién.
Tenemos que ser fieles seguidores de los consejos de Chan Li Po
y aplicar la virtud de la paciencia como nos pide San Tranquilo
-el ministro de Transporte de la nación sin transporte- desde
un asiento y bajo el incómodo aire acondicionado de un Citroen,
un Mercedes o un quién sabe qué, ¡pero se mueve!
|