26 de febrero de 2004
 

 

Tabacum, el vengador errante

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, febrero - Los conquistadores españoles se cogieron el humo con la puerta. Aunque la primera reacción al ver a un indígena echando humo por la boca fue la de soltar el arcabuz, la espada, el mosquete y hasta la yegua para subirse a un árbol, terminaron probando, le tomaron el gusto, y allá te va, Francisco Hernández de Toledo, con la mortal semilla para España en el año de gracia de 1510.

Fueron por una fumadita y salieron drogados. Y ahí comenzó la prehistoria del dame una fumaíta, así como el socorrido chupa y déjame el cabo, y el musicalizado "fumar es un placer".

Pero fue tanta la soberbia y la estupidez con el descubrimiento del mareíto tabaquero, que un diplomático como Jean Nicot y hasta corsarios devenidos en nobles, como Sir Francis Drake, regaron la epidemia por Francia e Inglaterra cual si estuvieran repartiendo leche condensada entre los esquimales.

Pasado un tiempito, hasta los chinos, los japoneses y los africanos parecían futuras locomotoras por la cantidad de humo que soltaban luego de saborear un shop suey, darse un buche de sake o degustar un monito con quimbobó a la ventolera, respectivamente.

Qué ingenuos fueron los españoles que pensaron arrebataban a los indígenas cubanos el más sano placer de la humanidad, la más eficaz planta medicinal y hasta la nota precisa para las ceremonias báquicas y sexuales, cuando lo que hacían era ponerse la soga al cuello, o mejor dicho, incubar en sus cuerpos el revienta pulmón.

Les digo esto porque vengo de una familia de cultivadores de la planta, y uno de mis ancestros, el Gran Cacique Fumarola, casado en primeras nupcias con Juanita la Volcánica, murió de un ataque de tos luego de un intercambio de chupaditas tan intensas con la joven taína que ni el brujo de la tribu, el inolvidable Tufo a Vapor, pudo salvarlo. Esa noche, bajo una mata de siguaraya y arrodillada sobre el taparrabo del fallecido esposo, Juanita la Volcánica maldijo la planta que le llevó el adorado Fumarola -negro por la tos y aún echando humo por la nariz, según el certificado de defunción expedido por el hechicero de la familia- y deseó igual suerte para el resto de los fumadores.

Juró que Tabacum, el vengador errante y espíritu de los puros, pasaría por sus hojas, tripas, capas y el filo de su humareda a cuanto individuo en el mundo lo fume, masque o inhale como rapé.

Pero como nadie escarmienta por cabeza ni pulmones ajenos, media humanidad rinde culto al tabaco, aunque le estalle el pecho de silbidos y terminen con los bolsillos quemados.

Oiga, porque si Juani, una fumadora de estirpe, una chimenea andante, o algo así como el tubo de escape de un Gas 53 por las calles de la capital, dejó el vicio y maldijo a sus adictos, no era para que en Cuba se celebrara un evento como el Festival del Habano, y mucho menos cuando entre los cientos de picadores, humosos y fumantes de todas partes del universo no está ningún nativo.

Por eso, las actuales autoridades de la Isla, para evitar que cunda la epidemia entre las nuevas generaciones, los aleja de los Cohiba, San Cristóbal, Romeo y Julieta, Montecristi, entre otras marcas de las 33 que forman la saga del buen morir despulmonado, y nos lanza unos petardos que amén de tener el precio por el cielo resultan infumables.

Mi abuelo, que cayó bajo el azote de un enfisema galopante, antes de morir me llamó a un costado del humidor de caoba que tenía como lecho, y me dijo: "Nieto mío, jamás te lleves a la boca un tabaco Relova, Crédito, Moya ni otras tagarninas que venden por la libreta de abastecimiento, porque a la primera cachada, al menor contacto con su capa, puede ocurrir una explosión que te deje tuerto para siempre, un cosquilleo en el pecho y las rodillas que te provoquen un infarto, y lo peor, que el humo te llegue a los pulmones y sucumbas asfixiado.

Ante tan sabio consejo nos alejamos del puro y empezamos a practicar con los cigarrillos marca Popular, Aroma, Dorados, Vegueros y otros tipos de rompe pechos: de los 18 fumadores de la familia quedamos vivos dos.

Por eso es que las autoridades nos recalcan que fumar daña la salud, que dejemos el vicio a los extranjeros, y sólo venden 250 millones de dólares al año, entre los 300 tipos de cigarros diferentes con 240 tamaños distintos.

Eso es justicia. Eso es preservar la salud física y mental de la ciudadanía, y no la sarta de sandeces que anda diciendo el enemigo sobre marginación de los nativos.

Que Arnold, Jack Nicholson, el jeque árabe Amí Joder Hel Humo, y hasta la nieta de Winston Churchill gasten en una caja de habanos Cohiba el equivalente al salario de un profesional cubano en un año de trabajo, no me hace bajar los humos de la cabeza.

Lo importante aquí somos nosotros, los dueños de las mejores vegas de tabaco del mundo, los más diestros torcedores, quienes con más cuidado y ahínco lo siembran, cuidan, cosechan, etiquetan, encajan, venden, contrabandean y los que no podemos -renunciamos voluntarios como el chino- darnos el gusto ni siquiera de olerlos.

Ahí está la justicia, en el desfume. Por esa zona la desnicotización del alma y el cuerpo de los cubanos, el descigarre del futuro y la pasión que echa humo por la falta de libertad… ¿sólo para fumar?