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Tabacum, el vengador errante
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, febrero - Los conquistadores españoles se cogieron
el humo con la puerta. Aunque la primera reacción al ver
a un indígena echando humo por la boca fue la de soltar el
arcabuz, la espada, el mosquete y hasta la yegua para subirse a
un árbol, terminaron probando, le tomaron el gusto, y allá
te va, Francisco Hernández de Toledo, con la mortal semilla
para España en el año de gracia de 1510.
Fueron por una fumadita y salieron drogados. Y ahí comenzó
la prehistoria del dame una fumaíta, así como el socorrido
chupa y déjame el cabo, y el musicalizado "fumar es
un placer".
Pero fue tanta la soberbia y la estupidez con el descubrimiento
del mareíto tabaquero, que un diplomático como Jean
Nicot y hasta corsarios devenidos en nobles, como Sir Francis Drake,
regaron la epidemia por Francia e Inglaterra cual si estuvieran
repartiendo leche condensada entre los esquimales.
Pasado un tiempito, hasta los chinos, los japoneses y los africanos
parecían futuras locomotoras por la cantidad de humo que
soltaban luego de saborear un shop suey, darse un buche de sake
o degustar un monito con quimbobó a la ventolera, respectivamente.
Qué ingenuos fueron los españoles que pensaron arrebataban
a los indígenas cubanos el más sano placer de la humanidad,
la más eficaz planta medicinal y hasta la nota precisa para
las ceremonias báquicas y sexuales, cuando lo que hacían
era ponerse la soga al cuello, o mejor dicho, incubar en sus cuerpos
el revienta pulmón.
Les digo esto porque vengo de una familia de cultivadores de la
planta, y uno de mis ancestros, el Gran Cacique Fumarola, casado
en primeras nupcias con Juanita la Volcánica, murió
de un ataque de tos luego de un intercambio de chupaditas tan intensas
con la joven taína que ni el brujo de la tribu, el inolvidable
Tufo a Vapor, pudo salvarlo. Esa noche, bajo una mata de siguaraya
y arrodillada sobre el taparrabo del fallecido esposo, Juanita la
Volcánica maldijo la planta que le llevó el adorado
Fumarola -negro por la tos y aún echando humo por la nariz,
según el certificado de defunción expedido por el
hechicero de la familia- y deseó igual suerte para el resto
de los fumadores.
Juró que Tabacum, el vengador errante y espíritu
de los puros, pasaría por sus hojas, tripas, capas y el filo
de su humareda a cuanto individuo en el mundo lo fume, masque o
inhale como rapé.
Pero como nadie escarmienta por cabeza ni pulmones ajenos, media
humanidad rinde culto al tabaco, aunque le estalle el pecho de silbidos
y terminen con los bolsillos quemados.
Oiga, porque si Juani, una fumadora de estirpe, una chimenea andante,
o algo así como el tubo de escape de un Gas 53 por las calles
de la capital, dejó el vicio y maldijo a sus adictos, no
era para que en Cuba se celebrara un evento como el Festival del
Habano, y mucho menos cuando entre los cientos de picadores, humosos
y fumantes de todas partes del universo no está ningún
nativo.
Por eso, las actuales autoridades de la Isla, para evitar que cunda
la epidemia entre las nuevas generaciones, los aleja de los Cohiba,
San Cristóbal, Romeo y Julieta, Montecristi, entre otras
marcas de las 33 que forman la saga del buen morir despulmonado,
y nos lanza unos petardos que amén de tener el precio por
el cielo resultan infumables.
Mi abuelo, que cayó bajo el azote de un enfisema galopante,
antes de morir me llamó a un costado del humidor de caoba
que tenía como lecho, y me dijo: "Nieto mío,
jamás te lleves a la boca un tabaco Relova, Crédito,
Moya ni otras tagarninas que venden por la libreta de abastecimiento,
porque a la primera cachada, al menor contacto con su capa, puede
ocurrir una explosión que te deje tuerto para siempre, un
cosquilleo en el pecho y las rodillas que te provoquen un infarto,
y lo peor, que el humo te llegue a los pulmones y sucumbas asfixiado.
Ante tan sabio consejo nos alejamos del puro y empezamos a practicar
con los cigarrillos marca Popular, Aroma, Dorados, Vegueros y otros
tipos de rompe pechos: de los 18 fumadores de la familia quedamos
vivos dos.
Por eso es que las autoridades nos recalcan que fumar daña
la salud, que dejemos el vicio a los extranjeros, y sólo
venden 250 millones de dólares al año, entre los 300
tipos de cigarros diferentes con 240 tamaños distintos.
Eso es justicia. Eso es preservar la salud física y mental
de la ciudadanía, y no la sarta de sandeces que anda diciendo
el enemigo sobre marginación de los nativos.
Que Arnold, Jack Nicholson, el jeque árabe Amí Joder
Hel Humo, y hasta la nieta de Winston Churchill gasten en una caja
de habanos Cohiba el equivalente al salario de un profesional cubano
en un año de trabajo, no me hace bajar los humos de la cabeza.
Lo importante aquí somos nosotros, los dueños de
las mejores vegas de tabaco del mundo, los más diestros torcedores,
quienes con más cuidado y ahínco lo siembran, cuidan,
cosechan, etiquetan, encajan, venden, contrabandean y los que no
podemos -renunciamos voluntarios como el chino- darnos el gusto
ni siquiera de olerlos.
Ahí está la justicia, en el desfume. Por esa zona
la desnicotización del alma y el cuerpo de los cubanos, el
descigarre del futuro y la pasión que echa humo por la falta
de libertad
¿sólo para fumar?
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