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El trueque
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, marzo - La coherencia de las autoridades cubanas es
genuina, antológica, emparentada por parte de madre con el
más noble disparate.
Cuando se les mete algo en el mollero para el bienestar y la dignidad
de su pueblo, no cejan hasta sacarle jugo a un pedazo de hierro,
muslos de pollos a una lata, y policías a un medallón
con la imagen de San Judas Tadeo, el patrón de los desesperados.
Hay que ver con cuánta ternura, sin palos ni zanahorias,
hicieron que miles de cubanos visitaran la Casa de Cambios, conocida
popularmente como Hernán Cortés -por aquello de de
los pedazos de espejitos por oro- y dejaran en ella hasta los botones
de plata de un calzoncillo del abuelo mambí, el telescopio
de bronce de un mirahuecos asentado en un cuartucho sobre las adoquinadas
calles de la Habana Vieja, y un pendiente de oro de una antigua
criada de la familia Pompa del Huevo Hervido.
Hasta la proletarizada ex prostituta Yoyita Remeneo y el servicial
Serbilio "La Urraca" Doimeadiós cambiaron las calderillas
acumuladas en sus respectivos oficios por unos chavitos que les
resolvieron un litro de aceite, un peine y un corte de tela de poliéster
para ir a la graduación por el sexto grado obtenido en buena
lid revolucionaria.
Se acabaron los tiempos en que los niños y hasta los ancianos
disfrazados de niños tenían que cambiar una botella
por un caramelo, por una libra de azúcar y hasta por unos
botones para una camisa.
Quedó erradicado el trueque que alimentaba con metales y
vidrios las arcas de un insensible comerciante particular, un usurero
de la desgracia ajena o un simple vividor.
Llegó la hora de la equidad, de los cambios profundos, de
los trueques patrióticos en aras del bienestar común.
Ya no es preciso, para comerse un caramelo, responder al canto
de yaguaza de un estafador ambulante. Basta con tener un familiar
en el extranjero que envíe dinero del enemigo, y asistir
a una tienda dolarizada para obtener el producto de primera necesidad
infantil.
O mejor, y más cubano, revolucionario y pegado a las raíces,
los desperdicios, los restos de animales muertos y de comidas aún
vivas, hundirse en un tambuche de basura como un buzo de tierra,
escarbar en lo más profundo de la insensibilidad y del derroche
humano, y sacar el húmedo esqueleto de una lata de cerveza,
lavarla y conducirla urgente hasta los centros de trueque diseminados
por la ciudad, con el objetivo de ayudar a la patria en la recogida
de materia prima, y a su hogar en el condumio itinerante, fantasmagórico,
repetitivo y en ocasiones ausente.
Pepito "La Mofeta", un joven "redimensionado"
de un centro laboral, dice que no hay nada más justo que
los trueques que se ofician con el Estado. Amén de que sales
ganando, obtienes productos de lujo con sólo caminar unos
10 kilómetros todos los días, oler decenas de olores
desagradables y embarrarte de cuanto desperdicio origina una comida
cubana, para encontrar y acumular lo que bota un maceta: las codiciadas
laticas.
"Ya en tu poder las latas", dice El Mofeta mientras aprovecho
para taparme la nariz, "bien lavadas, rellenadas con arena
o un pedazo de plomo para que pesen más, te personas -luego
de bañarte, por supuesto- en una de esas trincheras de la
patria, y cambias tu mercancía por un valor justo y proporcionado
con el esfuerzo".
"Por sólo 30 kilogramos", explica, "tienes
derecho a una sábana. Si logras reunir el equivalente a 48
kilogramos de materia prima, te salvaste, socio, obtienes una caja
de caramelos de menta".
"Y escucha qué bicoca", me suelta feliz. "Nada
más que reúnas 15 kilogramos, tienes una mochila de
las que valen tres dólares, y si sólo acumulas cinco
kilogramos, te regalan una lata de coco rallado, vencida, pero es
un buen cambio".
"Ah, se me olvidaba", me dice cuando ya se alejaba protegido
por cientos de moscas que le cantaban El vuelo del moscardón.
"Si consigues 15 botellas de ron, las llevas limpias y sin
etiquetas, te dan como premio un pomo de refresco Tukola de los
que valen 20 pesos".
"Esto es la vida, mi hermano, no hay que irse pa'l yuma ni
hacerse médico. Fíjate si es así, que ahora
pienso entrenar a mi hijo en estos trajines, dándole la luz
sobre sitios como el Barrio Chino y los alrededores de los Rápidos,
donde lo único que hay es que llegar temprano y guapear a
los clientes por el lío de la competencia. Nada más".
"¿Te embullas? ¿Viste qué fácil?
Sólo es preciso un saco, un tapabocas, buenos pulmones y
no tener complejos", dice El Mofeta, ahora sí llevándose
su ejército de moscas y su carga de latas para la patria.
Esto es equidad, proyección de futuro en una sociedad donde
el valor humano predomina por encima de cualquier otro tipo de interés.
Lo que pasa es que para lograr la permanencia de esos valores humanos,
es preciso que se mantengan la revolución y la recogida de
laticas, que luego son vendidas al exterior para evitar que los
cubanos se sumerjan en los tambuches de basura cuando las autoridades
obtengan dinero para pollos, jugos, soya y maíz norteamericano.
Y también fabrique policías en casa que le metan
un toletazo a tipos que como El Mofeta desdicen por capricho del
nivel de vida existente en el país.
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