15 de marzo de 2004
 

 

La noche del búfalo

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, marzo - La dieta balanceada es una realidad en la Cuba revolucionaria de hoy.

Ya no es preciso balancearse en un sillón frente a la pequeña pantalla para consumir visualmente langosta, camarones, carne de res y otros productos alimentarios que de forma virtual llegan a la mesa de los cubanos de a pie.

Ahora, envueltos en la masificación cultural con frijoles, pasodobles, fusiles, malangas, haitianos e iraquíes, esculturas, sones y pinturas abstractas secundadas por literatura de ficción, los cubanos tienen acceso diferenciado a suculentos manjares añorados por los más exigentes gourmets del universo.

Para ello sólo es preciso tener dólares y dirigirse a cualquier establecimiento Fat Food del país o a restaurantes, bodegones, cafeterías y otros oasis capitalistas enclavados entre comedores, casas comunales, guarderías infantiles, escuelas -donde no pocas veces se cocina con leña- como demostración de que no existe la envidia y mucho menos el afán de consumo.

Al buen cubano con una croqueta de yuca y un refresco gaseado le basta, aunque siente más ruido en el estómago que los que revientan sus oídos cuando sintoniza Radio Martí, y le bailen los ojos de ira cual si estuviera frente a un despreciable spot que publicita comidas en el Canal 51.

Pero vayamos al grano -o al búfalo- que nos ocupa.

Todo cubano con Carnet de Indentidad actualizado que certifique su residencia en la capital o en otra provincia del país -en el caso de los que no radican en La Habana con un documento oficial que acredite las razones para permanecer fuera de zona- puede comer lo que desee de un búfalo asado los dos últimos sábados de cada mes, aunque queda prohibido portar jabas.

El centro recreativo La Giraldilla -o La Verdolaga, como se le conoce popularmente, porque todo hay que pagarlo con billetes verdes- ofrece un menú suculento y pantagruélico a toda la familia por el módico precio de 15 dólares por persona.

¡Una bicoca! Un regalo para cualquier agricultor canadiense, el más pobre deshollinador mexicano y hasta para un vendedor de perros calientes en los Estados Unidos.

Y aún más para los cubanos, dueños de todo cuanto existe en el país, sin distinción de raza, sexo, religión, afiliación política. Sólo de la vil moneda.

Con animación, Karaoke y Sorpresas, el establecimiento capitalino ofrece un cóctel de bienvenida, entrante, carne asada, arroz, vianda, vegetales, postre de la casa, y como bebida media botella de vino tinto, que hacen de La noche del búfalo la mejor opción.

Lo demás es a la mocha, pero se resuelve.

Imagínese usted con la familia atacando la carne de búfalo asada -no importa si africano cafre o acuático de Asia- en lugar de una tortilla, un fufú de plátano o una masa cárnica extendida quién sabe con qué.

Ubíquese en un lugar con música selecta en vez del pandemonio cotidiano de su cuadra; en un sitio cuyo diseño de luces de colores le hace olvidar la comodidad rutinaria de un bombillo incandescente, el aura de un quinqué o el contexto meditativo de un apagón. Aunque sea una noche, vale la pena. No importa que gaste el salario de un año, y tenga que pedir prestado para contener las jubilosas diarreas de los niños, la jaqueca ululante de la esposa y la sensación de tener una pelota de fútbol en el estómago por el atracón.

La situación lo amerita, el espíritu del búfalo se lo agradece, y el médico de la familia le recetará, del amplio muestrario de la medicina verde, un jarabe de romerillo, un cocimiento de hipecacuana o una tisana de quita dolor por su contribución a la recaudación de divisas para consolidar la equidad y abundancia del plan alimentario del país.

Recuerde, si quiere correr una aventura cubana inolvidable, opte por La noche del búfalo, ahora que las vacas están locas, los pollos tiene gripe y el resto de los animales desapareció de la granja.