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La noche del búfalo
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, marzo - La dieta balanceada es una realidad en la Cuba
revolucionaria de hoy.
Ya no es preciso balancearse en un sillón frente a la pequeña
pantalla para consumir visualmente langosta, camarones, carne de
res y otros productos alimentarios que de forma virtual llegan a
la mesa de los cubanos de a pie.
Ahora, envueltos en la masificación cultural con frijoles,
pasodobles, fusiles, malangas, haitianos e iraquíes, esculturas,
sones y pinturas abstractas secundadas por literatura de ficción,
los cubanos tienen acceso diferenciado a suculentos manjares añorados
por los más exigentes gourmets del universo.
Para ello sólo es preciso tener dólares y dirigirse
a cualquier establecimiento Fat Food del país o a restaurantes,
bodegones, cafeterías y otros oasis capitalistas enclavados
entre comedores, casas comunales, guarderías infantiles,
escuelas -donde no pocas veces se cocina con leña- como demostración
de que no existe la envidia y mucho menos el afán de consumo.
Al buen cubano con una croqueta de yuca y un refresco gaseado le
basta, aunque siente más ruido en el estómago que
los que revientan sus oídos cuando sintoniza Radio Martí,
y le bailen los ojos de ira cual si estuviera frente a un despreciable
spot que publicita comidas en el Canal 51.
Pero vayamos al grano -o al búfalo- que nos ocupa.
Todo cubano con Carnet de Indentidad actualizado que certifique
su residencia en la capital o en otra provincia del país
-en el caso de los que no radican en La Habana con un documento
oficial que acredite las razones para permanecer fuera de zona-
puede comer lo que desee de un búfalo asado los dos últimos
sábados de cada mes, aunque queda prohibido portar jabas.
El centro recreativo La Giraldilla -o La Verdolaga, como se le
conoce popularmente, porque todo hay que pagarlo con billetes verdes-
ofrece un menú suculento y pantagruélico a toda la
familia por el módico precio de 15 dólares por persona.
¡Una bicoca! Un regalo para cualquier agricultor canadiense,
el más pobre deshollinador mexicano y hasta para un vendedor
de perros calientes en los Estados Unidos.
Y aún más para los cubanos, dueños de todo
cuanto existe en el país, sin distinción de raza,
sexo, religión, afiliación política. Sólo
de la vil moneda.
Con animación, Karaoke y Sorpresas, el establecimiento capitalino
ofrece un cóctel de bienvenida, entrante, carne asada, arroz,
vianda, vegetales, postre de la casa, y como bebida media botella
de vino tinto, que hacen de La noche del búfalo la mejor
opción.
Lo demás es a la mocha, pero se resuelve.
Imagínese usted con la familia atacando la carne de búfalo
asada -no importa si africano cafre o acuático de Asia- en
lugar de una tortilla, un fufú de plátano o una masa
cárnica extendida quién sabe con qué.
Ubíquese en un lugar con música selecta en vez del
pandemonio cotidiano de su cuadra; en un sitio cuyo diseño
de luces de colores le hace olvidar la comodidad rutinaria de un
bombillo incandescente, el aura de un quinqué o el contexto
meditativo de un apagón. Aunque sea una noche, vale la pena.
No importa que gaste el salario de un año, y tenga que pedir
prestado para contener las jubilosas diarreas de los niños,
la jaqueca ululante de la esposa y la sensación de tener
una pelota de fútbol en el estómago por el atracón.
La situación lo amerita, el espíritu del búfalo
se lo agradece, y el médico de la familia le recetará,
del amplio muestrario de la medicina verde, un jarabe de romerillo,
un cocimiento de hipecacuana o una tisana de quita dolor por su
contribución a la recaudación de divisas para consolidar
la equidad y abundancia del plan alimentario del país.
Recuerde, si quiere correr una aventura cubana inolvidable, opte
por La noche del búfalo, ahora que las vacas están
locas, los pollos tiene gripe y el resto de los animales desapareció
de la granja.
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