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Nefasto Boza, el innovador
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, marzo - Existen personajes incomprensibles, inorinables,
envueltos en prejuicios, tentaciones y hábitos de lengüilargos
difíciles de acallar.
Oiga, cuestionar un invento que revolucionará la demolición
de montañas y edificios, la construcción de túneles
y, sobre todo, la defensa del país de un ataque invasor,
es un sacrilegio.
Anteponer unas pequeñas quemaduras en rostro, manos, pies,
o alegar que fue dañado el cielo raso de la barbacoa por
fragmentos del artefacto explosivo experimental, resulta un rechazo
a la capacidad innovadora del cubano, a su entrega sin par al reclamo
de la patria urgida de sus mejores hijos en esta hora gris con pespuntes
negros.
Fue muy doloroso leer la acusación formulada por la señora
Zenia Hernández Gómez, proveniente del central Mal
Tiempo, en Cruces, contra el uso de un explosivo multipropósito
en su abarcadora utilidad de producto comestible, tapón de
salideros acuáticos y gaseosos, goma loca para pegar zapatos
descosidos, taco de carretas averiadas, crema contra el acné
juvenil, emplasto que alivia dolores seniles y, más que todo,
como arma ofensiva y defensiva que avala y defiende la obra de la
revolución.
Acusar al C-4 (croqueta con cuatro velocidades de detonaciones
en mm/seg, cm/seg, m/seg y km/seg, como ningún otro explosivo
a nivel mundial) de producto chapucero, de manipulación peligrosa
y efectos devastadores por provocarle quemaduras de consideración
en el rostro al intentar freírlas en aceite de soya, da una
muestra de insensibilidad, un acto de agravio contra el talento
y la tenacidad de un pueblo que a falta de pan, casabe y ante la
carencia de pólvora, croquetas.
¿Acaso no fue atendida con esmero en el Servicio de Quemados
del hospital Joaquín Albarrán y en el servicio de
piel del homólogo de 10 de Octubre?
¿No se le abrió un espacio en la sección Acuse
de Recibo del Juventud Rebelde como a otras personas afectadas por
las detonaciones, el poder calórico y el largo alcance del
misil hariniático cubano, en clave C-4, y en tumbadora, croquetas
de la shopping?
Mientras el mundo aclamaba a mi colega y monje alemán Berthold
Schwarz por el empleo de la pólvora en la propulsión
de un proyectil en el siglo XIV; las doncellas tiraban flores a
quienes minaban los muros de las fortificaciones durante el sitio
de Pisa en 1403, y la humanidad aplaudía el nacimiento del
Nitrato de Celulosa y la Glicerina como la época moderna
de los explosivos en 1846, a mí, Nefasto Boza, un experimentado
científico revolucionario, descubridor de la croqueta explosiva,
el pueblo me lanza trompetillas, acusa, y no tira piedras por estar
fuera de su alcance.
Es desalentadora esta postura. Inquietante la incomprensión,
y duele el entrecejo fruncido de las féminas frente al fogón,
las llamadas de aviso "apártense que voy a freír
croquetas", "alisten baldes con agua que allá voy"
o "ajústense bien el traje contracandela, que lancé
la primera".
Esto, en realidad, desconcentra a un innovador, lo llena de complejos
y lo hace desgastarse en repasar los ingredientes de su invento.
Si la pólvora está compuesta por un 75% de Nitrato
Potásico, 15% de Carbón y 10% de Azufre, el C-4 cubano
emplea similar cantidad en igual orden, pero de MATON (Masa de Animal
Traído Ocultamente de Otras Naciones), cebollas dulces y
pimentones amargos obtenidos genéticamente en los laboratorios
Dolores de Barrigán, en Ciudad de la Habana.
No hay diferencia, hermanos, sólo que mejoramos los elementos
integradores, subimos la parada en la facilidad de ser detonados
y su estabilidad en determinadas condiciones de calor, frío
y humedad, además de lograr su inserción en las tradiciones
de la cultura cubana por aquello de que nuestra croqueta, aunque
sea a telón de circo hervido, y estalle como un volador de
a peso, es nuestra croqueta.
Así que no se me quejen, airados conciudadanos, y apliquen
las siguientes medidas de protección a la hora de freír
un producto de tanta relevancia social, de tan colosal valor revolucionario
para los habitantes de la Isla:
1- Se toma un taco de billar y se le adosa una croqueta en una
punta.
2- Protegidos detrás de una pared de hormigón, estiramos
el brazo hacia la sartén, y poco a poco, como si estuviéramos
bajando un elefante con pinzas, dejamos caer el producto, ya adobado,
en la grasa caliente.
3- Cuando escuche la cuarta detonación y se asegure de que
sólo ha perdido un pedazo de ventana, la mitad del cielo
raso y uno que otro útil de cocina, suelte el taco salvador,
toma palangana que no sea plástica y láncese sobre
la sartén, tápela y huya hacia la casa del vecino
más lejano, pídale café y relájese,
que todo marcha bien.
4- Acabado el ruido de las explosiones, disipada la pequeña
columna de humo que hará invisible su casa, regrese, pero
con los bomberos y otro cuerpo de auxilios.
5- Ya parada frente a lo que resta del fogón, dirija la
mirada hacia arriba, y allí estará la palangana, pegada
en el techo, pero con todo el producto croquético guardado
en su interior.
6- Tome un cuchillo, despéguela y comience a servirla en
montoncitos en cada plato, o pedazos de cartón en caso de
que los primeros se hayan roto debido a las pequeñas e inofensivas
detonaciones.
Como pueden ver, con mínimas medidas de seguridad y un gran
espíritu revolucionario, no es preciso renunciar a un producto
que, como la croqueta explosiva, es un símbolo de identidad
de los cubanos.
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