31 de marzo de 2004
 

 

Nefasto el sociólogo

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, marzo - El filme cubano "Se acabó el querer", rodado por el célebre cineasta gunabacoense Irán Sade Sato, está influyendo de forma negativa en el criterio de quienes hasta la última edición del Juventud Rebelde de ayer consideraban a los cubanos como los más pacíficos, educados y cultos habitantes del universo.

Esas escenas donde se puede ver que "nadie quiere a nadie", se dice "quien bien te quiere te hará llorar" o se afirma que "no hay peor astilla que la del mismo palo" atentan contra la nobleza de una comunidad a prueba de reportajes entre presuntas podredumbres en la convivencia social de la nación.

No hay que ser un sociólogo como yo para comprender el sentido tribal de los cubanos, su bien ganada fama de bullangueros, de incontinente gesticulador en medio de un solar, del aula de una universidad, de un cortejo fúnebre o de una balsa que boga por el mar de las lentejas en busca de alimentos.

La encuesta realizada por la revista Bohemia entre 205 pobladores de diversas provincias del país me ha dejado perplejo, estupefacto, cual un cimarrón que huye de los barracones del buen comportamiento.

Eso de que más del 50% de los encuestados señalen como indisciplinas sociales y muestras de mala convivencia el uso de las malas palabras, el arrojar basuras en cualquier lugar, escuchar música alta durante el día y la noche, no respetar las colas o reñir entre vecinos, amén de otros ejercicios de catarsis, como el alcoholismo, la violencia familiar y la cría de avestruz en una bañadera, me deja con la boca abierta, los ojos escarranchados y los pies traqueteantes de las ganas de patear a personas tan sonsas y aburridas.

¿Acaso no entienden que las palabras malas hacen más buenas a las buenas? ¿Qué suenan e iluminan como fuegos artificiales una conversación de jóvenes o adultos empanizados con verbos de la Real Academia de la Lengua Española y fritos con adjetivos de Chucha "La Cloaca" Pérez, profesora integral de interjecciones, blasfemias y palabrotas en el solar "La trompada feliz"?

¿No pueden entender que un ser humano aseado rechace la suciedad de forma tan violenta que lo mismo lance un tibor premiado desde un octavo piso contra los jugadores de dominó en los bajos, que una cáscara de plátano en la acera, un meruco a las puertas de un museo o los restos de una occisa gallina en la intersección de las cuatro esquinas de su calle?

¿No resulta relajante por su colorido ver crecer un vertedero en la escalera del edificio, el patio de la escuela o el salón de actos de las oficinas de Higiene y Epidemiología municipal?

De no armarse esta cochambre sana, estas montañas de basura y desperdicios puros en los cuatro puntos cardinales de la ciudad, ¿cómo iniciar un plan tareco contra el imperialismo, de qué forma convocar a la recogida de materia prima para preservar la solidaridad entre vecinos, y cuál sería el costo para los buzos populares de una urbe con las calles limpias, los solares sin escombros y los edificios sin restos de comida, tres perros y dos borrachos en cada descansillo de las escaleras? En cuanto a la música a toda hora del día y de la noche, no hay nada que alegar.

Cuba es una nación que tiene veinte músicos por manzana, quince cantantes por cuadra y diez bailarines por cada hogar.

Esto significa miles de orquestas, cientos de cantantes y decenas de bailadores de guaguancó, columbia, moña y dandón.

Entonces, para que los decibelios estén a un nivel permisible, se necesitaría un área equivalente a veinticinco Cubas para que no moleste la música, y eso es imposible. Así que, taquitos en los oídos para los amargados, corte de electricidad para los subversivos y rumbón para quienes comprenden que en la Isla de la música todos tienen derecho al culto del ritmo, a recibir una dieta especial de melodías, y a la libertad de explotar de cantaletas como el ruiseñor, y aunque no sea por vocación, lo haga por joder a los demás y fingir alegría a los de menos.

Por otra parte, ¿quién no ha tenido un pollito correteando por la cuna del bebé, amamantado con una tetera y heredero directo del calzoncillo de patas del abuelo cuando llega el invierno?

¿Qué cubano de la ciudad no ha pasado una noche de chancho frente a una bañadera, debajo dela cama o del fogón, dentro de un escaparate abandonado por la invasión de comejenes, cuidándole la temperatura a un puerco con las cuerdas vocales extirpadas o dándole palmaditas para que calle, cocimientos ante un supuesto dolor y palmiche para que engorde como justo autoregalo del año por venir?

Sólo los insensibles y los envidiosos pueden quejarse ante tantos cuidados, ante tan nobles ruidos y curtientes olores de los desamparados animalitos que nos amparan de la latente viudez del fogón.

Se precisa ser un animal para sólo querer o anhelar los animales de peluche o los restos mortales de un conejo en una gaveta helada de una TRD.

Hay que ser naturales y convivir con ellos, aunque para lograrlo haya que andar borracho todo el día, prendido a las trompadas con los intolerantes vecinos y riéndose de las nubes de inspectores que como un coro de vampiros vegetarianos salmodian los decretos, las leyes y los reglamentos que muy pocas veces han podido aplicar, por mucho que la vida semeje una película y el tema sea "se acabó el querer".