5 de abril de 2004
 

 

Elogio de la fritura: Habla la fritura (I)

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, abril - El pueblo dirá de mí lo que quiera, pero lo cierto es que no soy tan insípida como se cree, puesto que nadie posee como yo el secreto de complacer a hombres y mujeres.

Pruebas al canto: ¿No veis cómo, apenas me he presentado ante las puertas de esta ponderada escuela, todos los estudiantes han sido invadidos por la más viva alegría?

Sí, de pronto, en cuanto me visteis aparecer, vuestros estómagos se han desarrugado y vuestros labios no pueden contener la prisa por saborear mi masa.

De vuestros rostros se ha borrado el hambre que los nublaba, y ahora parecéis tan ansiosos como lo estaban los vendedores de carnero luego de beber el néctar de refresco instantáneo mezclado con café.

Hace un instante, al veros tan sombríos, cualquiera hubiera pensado que salíais de hartaros con los restos de un chopo. Con mi sola presencia he producido en vosotros el mismo efecto que produce el flan de arroz cuando, después de reducido a fuego lento, devuelve a las tripas de quienes lo consumen su tranquila alegría.

He sido para vosotros la primera en el paladar, y este efecto, tan parecido al fricasé de gato o a la tortilla de quelonios, lo he conseguido sin recursos ni condimentos largamente soñados.

Para disipar vuestro tedio del yantar rutinario, uno de esos croquetones tendría que bronquear y parecerse al pollo, mientras que yo os he convencido sólo con emparrillarme.

Con respecto al asunto que hoy me trae ante vosotros con tan inusitado descaro, os lo voy a decir, si tenéis a bien luego probarme, pero no con la fruición que atacáis a los medallones de los revendedores, sino con la que prestáis a las panetelas borradas, a los pastelones de aire y a los tamales. O mejor aún, con el vulgar crujido con que la infame frita se apretaba en el pan.

Hoy quiero hacer un poco de fri-turista ante vosotros, mas no por cierto como ésas que ahora andan por ahí llenando de retortijones el estómago de los niños, dejándoles más indigestiones que placeres, sino a la manera de aquéllas de tiempos antiguos, que se llamaban sopitas para eludir el nombre de caldillos, ya caído en descrédito, y que se dedicaban a indigestar a los dioses y a los héroes.

Ahora vosotros vais a escuchar una muela, pero no la de hamburguesas ni medallones, sino la mía propia, la de la Fritura.

Declaro, antes de seguir adelante, que no tengo por sabia a una masa que considera molesto y petulante alabarse a sí misma. Se puede ser todo lo fofa que se quiera con tal de tener la virtud de reconocerlo. ¿Hay algo más natural que ver a una fritura desgrasándose y haciendo que algunas jineteras de paso por La Rampa reclamen de vuelta el peso?

Nadie mejor que yo misma puedo darme a conocer, porque no creo que ninguno de vosotros pretenda conocer mi sabor tan bien como yo lo conozco.

Por lo demás, me parece que no soy ni más ni menos indigesta que la mayoría de las masas, o mejor dicho, de las que algunos tienen por tales, quienes, sacando su dignidad de la sartén en la que arden, le pagan a un cotorro servil o a un perro hambriento para que antes de sucumbir por el consumo hagan su panegírico ante las autoridades sanitarias, que es una retahíla de mentiras.

Pero el alabado, a fuerza de escucharlas, llega a creerlas, y se infla como un pan con jamón que pierde la dureza de alegría cuando el adulador retribuido la coloca a la altura de los mismos salchichones, y lo presenta como una empanada de surtidas actitudes, sabiendo perfectamente que está muy lejos de serlo, y que su masa no hace otra cosa que hacer vomitar al ingenuo que la consuma por recomendaciones ajenas.

En resumidas cuentas, yo no hago más que poner en las brasas el antiguo proverbio que dice: "Bien hace alabarse a sí mismo quien no tiene a nadie que lo alabe". Y aquí creo que viene muy a cuento declarar que no sé qué me asombra más, si la gratitud o la insistencia de los cubanos conmigo.

Me mordisquean todos, me usan, están satisfechos con las lagunas estomacales que les lleno, y sin embargo nunca, desde que el mundo es mundo, ha habido uno solo que se haya dignado a alzar su voz para hacer el Elogio de la Fritura, mientras gastas los pesos buscando palabras de encomio para el insípido fricandel, para la rancia pasta de bocaditos y el malsano pastel de aguacates con hierba buena.