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Elogio de la fritura: Habla
la fritura (I)
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, abril - El pueblo dirá de mí lo que quiera,
pero lo cierto es que no soy tan insípida como se cree, puesto
que nadie posee como yo el secreto de complacer a hombres y mujeres.
Pruebas al canto: ¿No veis cómo, apenas me he presentado
ante las puertas de esta ponderada escuela, todos los estudiantes
han sido invadidos por la más viva alegría?
Sí, de pronto, en cuanto me visteis aparecer, vuestros estómagos
se han desarrugado y vuestros labios no pueden contener la prisa
por saborear mi masa.
De vuestros rostros se ha borrado el hambre que los nublaba, y
ahora parecéis tan ansiosos como lo estaban los vendedores
de carnero luego de beber el néctar de refresco instantáneo
mezclado con café.
Hace un instante, al veros tan sombríos, cualquiera hubiera
pensado que salíais de hartaros con los restos de un chopo.
Con mi sola presencia he producido en vosotros el mismo efecto que
produce el flan de arroz cuando, después de reducido a fuego
lento, devuelve a las tripas de quienes lo consumen su tranquila
alegría.
He sido para vosotros la primera en el paladar, y este efecto,
tan parecido al fricasé de gato o a la tortilla de quelonios,
lo he conseguido sin recursos ni condimentos largamente soñados.
Para disipar vuestro tedio del yantar rutinario, uno de esos croquetones
tendría que bronquear y parecerse al pollo, mientras que
yo os he convencido sólo con emparrillarme.
Con respecto al asunto que hoy me trae ante vosotros con tan inusitado
descaro, os lo voy a decir, si tenéis a bien luego probarme,
pero no con la fruición que atacáis a los medallones
de los revendedores, sino con la que prestáis a las panetelas
borradas, a los pastelones de aire y a los tamales. O mejor aún,
con el vulgar crujido con que la infame frita se apretaba en el
pan.
Hoy quiero hacer un poco de fri-turista ante vosotros, mas no por
cierto como ésas que ahora andan por ahí llenando
de retortijones el estómago de los niños, dejándoles
más indigestiones que placeres, sino a la manera de aquéllas
de tiempos antiguos, que se llamaban sopitas para eludir el nombre
de caldillos, ya caído en descrédito, y que se dedicaban
a indigestar a los dioses y a los héroes.
Ahora vosotros vais a escuchar una muela, pero no la de hamburguesas
ni medallones, sino la mía propia, la de la Fritura.
Declaro, antes de seguir adelante, que no tengo por sabia a una
masa que considera molesto y petulante alabarse a sí misma.
Se puede ser todo lo fofa que se quiera con tal de tener la virtud
de reconocerlo. ¿Hay algo más natural que ver a una
fritura desgrasándose y haciendo que algunas jineteras de
paso por La Rampa reclamen de vuelta el peso?
Nadie mejor que yo misma puedo darme a conocer, porque no creo
que ninguno de vosotros pretenda conocer mi sabor tan bien como
yo lo conozco.
Por lo demás, me parece que no soy ni más ni menos
indigesta que la mayoría de las masas, o mejor dicho, de
las que algunos tienen por tales, quienes, sacando su dignidad de
la sartén en la que arden, le pagan a un cotorro servil o
a un perro hambriento para que antes de sucumbir por el consumo
hagan su panegírico ante las autoridades sanitarias, que
es una retahíla de mentiras.
Pero el alabado, a fuerza de escucharlas, llega a creerlas, y se
infla como un pan con jamón que pierde la dureza de alegría
cuando el adulador retribuido la coloca a la altura de los mismos
salchichones, y lo presenta como una empanada de surtidas actitudes,
sabiendo perfectamente que está muy lejos de serlo, y que
su masa no hace otra cosa que hacer vomitar al ingenuo que la consuma
por recomendaciones ajenas.
En resumidas cuentas, yo no hago más que poner en las brasas
el antiguo proverbio que dice: "Bien hace alabarse a sí
mismo quien no tiene a nadie que lo alabe". Y aquí creo
que viene muy a cuento declarar que no sé qué me asombra
más, si la gratitud o la insistencia de los cubanos conmigo.
Me mordisquean todos, me usan, están satisfechos con las
lagunas estomacales que les lleno, y sin embargo nunca, desde que
el mundo es mundo, ha habido uno solo que se haya dignado a alzar
su voz para hacer el Elogio de la Fritura, mientras gastas los pesos
buscando palabras de encomio para el insípido fricandel,
para la rancia pasta de bocaditos y el malsano pastel de aguacates
con hierba buena.
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