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Elogio de la fritura (III
y final)
Habla la fritura: Lo mío primero
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, abril - Os diré que soy hija del Caos y la Miseria,
descendiente por línea paterna de un oso siberiano y por
la materna de una mata de trigo mongola.
Vosotros por suerte no conocisteis las pulgas de Stalin -el padre
de los bolos- quien trastornó por completo lo mismo la vida
de frituras de carne que de mermeladas.
Fue tanta la candela que nos dio que mis progenitores decidieron
radicarse en Cuba durante el primer encuentro cultural de katiuskas
y bayonetas, donde nací un martes, sin aguacero.
Así, tinta en pólvora y rellena de municiones, llegaron
a esta isla de providencias, con el sino fatal que atrás
vinieron las primeras mordidas del Oso Rojo, amo y señor
de lo triste, lo alegre, la paz, la guerra, las leyes, los tratados,
los jueces, los gobiernos, los matrimonios y los divorcios, y cuanto
acto se ejecutara en nuestras tierras y en algunas que territorialmente
no eran nuestras.
Ahí dio inicio la parte de mi comedia, pues huyendo de las
sartenes rusas cayeron en las cubanas, aunque sean muchas las diferencias
y hayamos ganado en respeto, consideración y calidad.
Vosotros aún no comprendéis lo que significa cambiar
de sartén, pero freírse en la misma grasa, algo así
como cambiar de perro con el mismo collar, cual diríais en
los filosofantes descargos que mantenéis lejos del mundanal
oído policiaco.
Desde mis primeros chisporroteos en la grasa caliente, fue utilizada
en funciones de circo, espectáculos de cabaret, ferias de
libros, simulacros de guerra, escuelas en el campo, meriendas de
hospitales, stadium, pistas de rodeo y tantos eventos y sectores
más que me convertí en una fritura culta, doctorada
en socorrer ayunos prolongados, pasajeros mareos, perretas estomacales
infantiles, antojos de embarazadas, obsesiones de ancianos, socorro
de campistas y talismán de guerreros, entre otras misiones
patrias.
Me convertí en la primera sustituta para el consumo nacional
de las carnes y huevos enviados a cumplir tareas de propaganda y
consolidación revolucionaria entre los refinados visitantes
extranjeros y algunos dirigentes alérgicos a las masas, respectivamente.
Del tiro perdí la grasa, me quedé sin harina para
sobrevivir, y comenzó mi tragedia.
Vosotros los cubanos, con esa inventiva tan delirante que os caracteriza,
si bien me han elevado a los primeros planos de la popularidad nacional
con la entrega del galardón El Pueblo Opina, también
me han dejado caer en aguas albañales, aceras, ómnibus,
solares yermos y habitados, como rechazo a una culpa que no es mía,
pues mi sabor, consistencia y temperatura dependen del hacedor de
turno y de los ingredientes que pueda encontrar para elaborarme.
¿Cómo acusar a una fritura de no tener grasa o de
confeccionarse con manteca de corojo, líquido de freno de
tractor o agua de arroyuelo con zumo de limón y otros elementos
sustitutivos del inestable aceite de soya o el desconocido oliveite?
¿Quién me puede culpar, maltratarme psíquica
y materialmente porque mi masa sepa a berenjena curada, a culantro
mezclado con zanahoria hervida y en algunas ocasiones a gato huérfano,
jutía conga o perro abandonado?
¿Cuál es la razón para vituperarme cuando
mi vestuario se deshace al primer roce y quedo desnuda sin recato
en la boca del consumidor, porque fui engalanada con masa de polvo
de arroz punteada con mantequilla rancia?
Por todo eso, si vosotros sois conscientes de mi inocencia, no
deben culparme de la intoxicación de cientos de personas
que dicen haber comido frituras de parathión, polvo matacucarachas
y otros productos que no tengo originalmente, y mucho menos sustraigo
de las dependencias estatales.
Sois ustedes, insolentes hambrientos, quienes caen en la trampa
preparada por sus semejantes en su afán de hacer dinero o
por el loable propósito de salvarlos de la inanición
estomacal e ideológica.
No me culpéis de sus actos de cobardía, de sus trampas,
ni de su falta de iniciativa para poner cada producto en su lugar,
y que cada cosa lleve y tenga lo que Dios manda y sólo la
libertad ofrece.
Basta de escudarse en los defectos de los demás, en los
errores de otros, y sean hacedores de lo que necesitáis consumir
u ostentar como personas con derecho a la autodeterminación.
No me juzguéis y miraos frente a un espejo, donde veréis
con asombro que la imagen que os devuelve es la de una fritura,
la de esta fritura que les habla, pues mi historia es la vuestra,
y LO MIO PRIMERO.
Elogio
de la fritura: Habla la fritura (I)
Elogio
de la fritura: Habla la fritura (II)
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