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Política editorial cubana
¿para el bien de todos?
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, abril - La recuperación de la industria editorial
cubana es una realidad que, aún sin sortear las consabidas
manipulaciones políticas, muestra una variedad temática
acorde con algunos intereses de los lectores.
El número de títulos y ejemplares de cada tirada,
si bien no alcanzan las excesivas -por intrascendentes- cifras de
la década de 1980, abarca todos los géneros y posibilita
un acercamiento estético, tanto a la realidad como a la ficción,
a través de libros que presentan un agradable diseño
y un mejoramiento en su impresión y en la calidad del papel.
Editoriales como Letras Cubanas, Arte y Literatura y Ciencias Sociales,
entre otras, son las encargadas de poner en manos de los lectores
textos de interés, como Biografía de un Cimarrón,
de Miguel Barnet; Memorias de Adriano, de Margarita Yourcenar, y
Napoleón, de Evgueni Tarle, que junto a libros de poesía,
ensayo y relatos ofrecen la posibilidad de ampliar las fuentes cognoscitivas
de un lector condenado a conocer la historia desde una sola visión.
El desgarramiento en partes de la supuesta invulnerabilidad de
una política editorial trazada desde concepciones ideológicas
varias décadas atrás, es una buena señal del
desgaste de una prohibición que hace de los temas que critican
a la revolución un tabú y de quienes los abordan unos
perseguidos.
Ya sea por conveniencia de carácter económico, tendencias
políticas o presuntos mecanismos aperturistas en un contexto
mundial regido por la internet, que impide el enclaustramiento informativo
de lo que acontece en cualquier sociedad no importa cuál
sea su sistema de gobierno, el problema es que los cubanos van accediendo
por diferentes vías a un acervo cultural cultivado en distintas
épocas y escenarios geográficos, y a una cultura universal
que se vio limitada por cuestiones ideológicas.
Que típicos representantes de la cultura cubana, más
allá de sus inclinaciones políticas y las causas que
los llevaron al exilio, estén de vuelta en el escenario que
los vio nacer, es una victoria de la persistencia y un voto de confianza
para que la libertad de opinión haga su labor.
Obras de poetas como Gastón Baquero y José Koser,
dramaturgos de la talla de Alberto Sarraín y José
Triana, y novelistas como Severo Sarduy, entre otros, constituyen
la avanzada del regreso a la patria de varias generaciones de cubanos
dispersas por el mundo ante la intolerancia de un sistema fracasado
en su política cultural excluyente.
Los cuestionamientos a un proceder que en la mayoría de
los casos se aplica post mortem -con la excepción de Reinaldo
Arenas y Heberto Padilla, entre los más conocidos en la isla-
y deja fuera a figuras vivas de relevancia universal dentro de las
letras hispanas, como Guillermo Cabrera Infante, Zoé Valdés
y Carlos Alberto Montaner, chocan con el titubeante aplauso de quienes
aún mostrando desacuerdo con la fórmula encuentran
positivo un hecho por lo que significa socialmente.
Estos últimos, seguros de que patria es equidad, respeto
de todas las opiniones, como dijera Martí, apuesta porque
muy pronto, en el variado catálogo que muestra en la actualidad
la industria editorial cubana, aparezcan los nombres de los autores
que un día fueron víctimas de la represión
en un proyecto social inspirado, paradójicamente, en los
pensamientos del hombre que también expresó: "El
respeto a la libertad y el pensamiento ajeno, aún del ente
más infeliz, es mi fanatismo: si muero, o me matan, será
por eso".
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