19 de abril de 2004
 

 

Política editorial cubana ¿para el bien de todos?

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, abril - La recuperación de la industria editorial cubana es una realidad que, aún sin sortear las consabidas manipulaciones políticas, muestra una variedad temática acorde con algunos intereses de los lectores.

El número de títulos y ejemplares de cada tirada, si bien no alcanzan las excesivas -por intrascendentes- cifras de la década de 1980, abarca todos los géneros y posibilita un acercamiento estético, tanto a la realidad como a la ficción, a través de libros que presentan un agradable diseño y un mejoramiento en su impresión y en la calidad del papel.

Editoriales como Letras Cubanas, Arte y Literatura y Ciencias Sociales, entre otras, son las encargadas de poner en manos de los lectores textos de interés, como Biografía de un Cimarrón, de Miguel Barnet; Memorias de Adriano, de Margarita Yourcenar, y Napoleón, de Evgueni Tarle, que junto a libros de poesía, ensayo y relatos ofrecen la posibilidad de ampliar las fuentes cognoscitivas de un lector condenado a conocer la historia desde una sola visión.

El desgarramiento en partes de la supuesta invulnerabilidad de una política editorial trazada desde concepciones ideológicas varias décadas atrás, es una buena señal del desgaste de una prohibición que hace de los temas que critican a la revolución un tabú y de quienes los abordan unos perseguidos.

Ya sea por conveniencia de carácter económico, tendencias políticas o presuntos mecanismos aperturistas en un contexto mundial regido por la internet, que impide el enclaustramiento informativo de lo que acontece en cualquier sociedad no importa cuál sea su sistema de gobierno, el problema es que los cubanos van accediendo por diferentes vías a un acervo cultural cultivado en distintas épocas y escenarios geográficos, y a una cultura universal que se vio limitada por cuestiones ideológicas.

Que típicos representantes de la cultura cubana, más allá de sus inclinaciones políticas y las causas que los llevaron al exilio, estén de vuelta en el escenario que los vio nacer, es una victoria de la persistencia y un voto de confianza para que la libertad de opinión haga su labor.

Obras de poetas como Gastón Baquero y José Koser, dramaturgos de la talla de Alberto Sarraín y José Triana, y novelistas como Severo Sarduy, entre otros, constituyen la avanzada del regreso a la patria de varias generaciones de cubanos dispersas por el mundo ante la intolerancia de un sistema fracasado en su política cultural excluyente.

Los cuestionamientos a un proceder que en la mayoría de los casos se aplica post mortem -con la excepción de Reinaldo Arenas y Heberto Padilla, entre los más conocidos en la isla- y deja fuera a figuras vivas de relevancia universal dentro de las letras hispanas, como Guillermo Cabrera Infante, Zoé Valdés y Carlos Alberto Montaner, chocan con el titubeante aplauso de quienes aún mostrando desacuerdo con la fórmula encuentran positivo un hecho por lo que significa socialmente.

Estos últimos, seguros de que patria es equidad, respeto de todas las opiniones, como dijera Martí, apuesta porque muy pronto, en el variado catálogo que muestra en la actualidad la industria editorial cubana, aparezcan los nombres de los autores que un día fueron víctimas de la represión en un proyecto social inspirado, paradójicamente, en los pensamientos del hombre que también expresó: "El respeto a la libertad y el pensamiento ajeno, aún del ente más infeliz, es mi fanatismo: si muero, o me matan, será por eso".