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Ay, mamá Inés
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, mayo - El café caturra nos jugó una mala
pasada. Después que acabamos con las quintas y con los mangos
de La Habana para la cosecha y cuele del néctar negro de
los dioses blancos hasta en los adoquines de la capital nos salió
rebencú, medio aliado imperial, y tuvimos que tirarlo a la
basura de la historia.
De ahí para acá no quedó mono con cabeza,
es decir, cafeto con granos. Ni gajos, ni raíz, y hasta el
recuerdo fue una mancha en los carteles que fueron apareciendo en
las cafeterías sin café de toda Cuba: El té
reanima, reconforta y estimula la actividad física y mental.
Eso fue un tiro de gracia, el úcase que convirtió
en subversiva la cancioncita "Ay, mamá Inés,
ay, mamá Inés, todos los negros tomamos café",
con Bola de Nieve y todo, pues ningún hombre nuevo cubano
ha podido paladearlo en su pureza envilecidota por engendrar más
adictos que moscas a la leche, y mucho menos captar su olor paralizante
más allá de una enviciada expresión de placer.
Pero como siempre, convertimos las derrotas en victorias. Mientras
el mundo capitalista trata de rejuvenecer y aumentar con achicoria
tostada un producto que anda dando retortijones de estómago,
insomnio, energías, dolores de cabeza, acidez y cárcel
desde el 674 AC, nosotros empleamos productos más sanos para
una población alejada de todo vicio, excepto el de sacar
-no se sabe por qué- pasaportes que cuestan 55 dólares,
equivalentes a seis meses del salario promedio de los cubanos.
Y ahí entraron a jugar su papel patriótico el chícharo
salvador, el trigo valiente, la soya independentista y otros hierbajos
y granos mezclados al 50% con café, que dan como resultado
una infusión buena para matar caballos o despertar carneros
que balen "Sí se puede" antes de perder la lengua.
Nuestras cosechas son pobres, pero abundantes en dignidad. Y a
quien se coja regresando de zonas montañosas como Imías,
Buey Arriba, Bartolomé Masó o Guisa con dos libras
de café en grano, lo enviamos a la cárcel para evitar
que dañe su salud y la de un pueblo descafeinado por su bien.
Ese producto es sólo para los burgueses y las personas de
malos hábitos. Se ha convertido en un arma moral para la
revolución, en cuanto a la dependencia por exceso que provoca
en los extranjeros, y en un medidor del poder adquisitivo de los
cubanos, pues el puro sólo se vende por divisas y la mezcla
normada nada más alcanza para dos tazas al mes.
Aquí, para el pueblo trabajador no se comercializan variedades
Arábica tipo Brasil como Santos, Paraná y Rio. Mucho
menos los tipos de café colombiano como Medellín,
Armenia y Manizales. Nosotros, a los nobles obreritos ofrecemos
-bien lejos del Cubitas o el Caracolillo- las marchas Chicharrón,
Soyapum y Trigonal, excelentes como laxantes, vomitivos y para empezar
el día -y a veces culminarlo- los habitantes de un pueblo
Listo para Vencer.
Y nada de respetar las leyes internacionales que exigen se aclare
en la etiqueta la incorporación al café de achicoria
u otras substancias. Se lo entregamos a cada núcleo familiar
en un sobrecito de o se sabe qué, y si es preciso, se lo
daremos en las manos, que para eso somos revolucionarios.
Nadie protesta por estas bagatelas de la calidad en la presentación
del producto, y mucho menos por la tardanza en llevarlo a la bodega
o por la cantidad de la cuota quincenal.
Si tenemos que tomar agua de pantano hervida, lo haremos con el
mismo espíritu de los numantinos y con la misma sed y sin
hervir de algunos habitantes de diversas zonas de Río Cauto,
Guamo Viejo y La Torcaza, en el oriente del cafetalero país.
El poco café que cosechamos tenemos que sembrarlo, como
una bomba de tiempo, en los sitios más elitistas del consumo,
donde un cubano, ni soñando puede ni quiere llegar.
Hacia allí mandaremos -convoyados con tabacos como un arma
integral de doble filo- las marcas de café de alta calidad
Cohiba, Atmosphere y la Montecristi Deleggend.
El convoyar es una experiencia probada en nuestra patria, cuando
para comprar un pan teníamos que adquirir un tubo de desodorante,
para un metro de poliéster una palangana o para un picadillo
texturizado un martillo o una lámpara de luz fría.
Eso sí es hacer revolución, al descafeinar a nuestro
pueblo, alejándolo de vicios y dependencias más allá
del cigarrillo y la libreta de abastecimiento.
Nuestra fórmula de mente sana en esqueleto sano es infalible,
inclaudicable, inamovible como los preceptos teóricos de
un socialismo amamantado con las esencias más productivas
de El Cafetal, obra cumbre del Marxipestre de Guita en su ablución
proletaria.
Y como hay que acabar con todo vicio que atente contra la independencia
del cubano, decidimos crear un nuevo cántico que aleje de
las mentes y el paladar de los isleños el consumo de un brebaje
propiciador de delitos contrarrevolucionarios como la libertad de
expresión y la asociación para consumir, que dice
así: "Ay, mamá Inés, ay, mamá Inés,
ya ni los negros tomamos café".
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