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Los guerrilleros de la palabra
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, mayo - Las enormes limitaciones de los cubanos para
acceder a una información veraz, alejada de los mecanismos
de control de las autoridades de la Isla, les impide formarse un
criterio justo de cuanto acontece en el plano nacional y en el extranjero.
Aún más, a través de la manipulación
de los hechos se crea un falso estado de opinión que responde
a los intereses ideostéticos del régimen.
En el sector de la cultura, el más explotado ideológicamente
por su amplia interacción con el interés de las masas,
pese al desconocimiento mayoritario de sus mecanismos de gestión,
alcance y conflictos temáticos, es donde más se afianza
el interés tergiversador de las autoridades mediante sus
voceros culturales.
Las respuestas de los funcionarios de la cultura cubana a más
de 40 preguntas de participantes de 14 países en el Foro
Social Interactivo, celebrado en la ciudad de Holguín en
ocasión de los festejos Romerías de Mayo, constituyen
un singular ejemplo de cuánto se hace para desinformar a
quienes cuestionen, se opongan o ataquen una imagen creada a partir
del grosero empleo del cinismo y del control gubernamental sobre
todos los medios de comunicación del país.
Ante la pregunta formulada por un internauta brasileño sobre
la libertad de expresión y de creación en Cuba, el
ministro de Cultura cubano, Abel Prieto, respondió: "Nunca
hemos promovido un arte complaciente, nuestros intelectuales y artistas
ejercen con todo derecho la crítica, pero no como francotiradores,
porque son participantes directos en la realización de la
política que defienden".
¿Acaso el ministro llama francotiradores a quienes no compartan
ni defiendan la política oficial? De ser así, ¿cómo
es posible ejercer con todo derecho la crítica o hacer un
arte que no sea complaciente con quienes rigen el destino de la
creación, y por ende de la cultura nacional? Paradójico,
¿verdad?
Sobran los ejemplos para demostrar, no sólo la complacencia
del arte, sino la exigencia en el contenido de las más difundidas
obras -que no las mejores- realizadas a lo largo de la revolución.
Novelas como La última mujer y el próximo combate,
de Manuel Cofiño; Bertillón 166, de José Soler
Puig, así como los poemarios Por esta libertad, de Fayad
Jamás y Decir la palabra, de Ogsmande Lescayllers, y las
antologías o libros de cuentos Relatos de amor y odio, Los
años duros y Condenados de Condado, son muestras de una tendencia
temática impuesta so pena de censura, no edición y
hasta de marginaciones y exilio en la época del supuesto
realismo socialista.
En la actualidad, si bien existen ciertas licencias creativas de
acuerdo a los intereses de la política cultural cubana, decenas
de títulos aguardan por un cambio, un premio en el extranjero
o la muerte del autor para ser publicados en la isla.
Por otra parte, expresar que "quienes han hecho aportes genuinos
a la cultura cubana, aunque no compartan nuestras ideas, son reconocidos"
es el colmo del cinismo, pues tendríamos que volver a mencionar
a glorias como Celia Cruz, Guillermo Cabrera Infante, Paquito D'Rivera,
entre otros ilustres marginados de nuestro acervo cultural por ejercer
el elemental derecho a disentir de un sistema y sus representantes.
Resultan ofensivas estas declaraciones. Conforman una especie de
coraza contra un enemigo que sólo vive en las oportunistas
creencias de quienes se prestan a tergiversar, confundir y borrar
de un tirón a los que los retan u opacan con sus obras o
pensamientos.
Es risible escuchar a personas que sufrieron en carne propia -o
que fueron o son partícipes de los actos de censura impuestos
contra la libertad de creación- esgrimir ante el mundo tantas
mentiras sobre "la amplitud de la política cultural
cubana, abierta sin ataduras a la diversidad de criterios de escritores
y artistas", a sabiendas de que engañando, se engañan.
Causa ira escucharlos pregonar sobre la solidez de un proyecto
social que tiene que ponerle un guardián o sobornar con dádivas
a muchos creadores para que se queden en otro país o enviar
a emisarios a diversos eventos en el extranjero para rebatir -por
la fuerza cuando creen necesario- los criterios opuestos a la política
cultural cubana.
Dan lástima estos guerrilleros de la palabra, improvisando
cada acción, escondidos detrás de un símil,
una metáfora o una simple palabrota salvadora por el escándalo
y asombro que genera entre creadores verdaderamente libres que sólo
responden a sus pensamientos.
Pena verlos correr detrás de un párrafo salteador
de cualidades patrias, de una melodía que se aparte de la
mediocridad o de una danza, una obra de teatro que reflejen la verdadera
identidad de los cubanos, sus conflictos ocultos o los sueños
guardados para salvarlos del escarnio oficial.
La política cultural cubana pregonada por los voceros oficiales
es una realidad asumida por decreto, una mascarada para confundir
a los indóciles, y un arco de triunfos infundados que se
rompe ante los indetenibles pasos de un arte complaciente sólo
con la libertad de informarse, de criterio y de creación,
más allá de los designios gubernamentales.
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