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Morir en la primera línea
LAS TUNAS, 21 de mayo (Ramón Velásquez Toranzo, Lux
Info Press) - El señor Castro acaba de anunciar a bombo y
platillo que morirá en la primera línea de combate.
¿De cuál guerra? Seguramente de la que piensa conseguir
a fuerza de colmarle la paciencia a los americanos.
Sin embargo, esta altisonante profecía de muy dudoso cumplimiento,
nos recuerda a las que en su momento formularon otros grandes similares:
La bala en el directo de Batista, la batalla por la dignidad del
panameño Noriega, la madre de las batallas del Sr. Hussein.
Después resultó que el mulato de tan triste recordación
para los cubanos, en vez de usar la pistola, se alzó con
el dinero de la República. El realmente narcotraficante Noriega
no peleó en ninguna batalla por la dignidad sino que hubo
que sacarlo de una iglesia y meterlo en prisión, ya que era
un delincuente y no cura.
Y el último de ellos, el iraquí que se hacía
construir estatuas de bronce y nos prometía la más
interesante de las peleas, cayó a la lona en el primer round.
Cuando más tarde fue sacado del agujero de ratas donde se
había escondido no mostraba ni rastros de la antigua arrogancia
que le caracterizaba cuando se creía intocable.
Por eso dudaremos siempre de este tipo de fanfarronadas napoleónicas.
Para morir al pie del cañón se necesita algo más
que ser un simple dictador. Es preciso tener fe en la causa, el
corazón bien puesto, y sobre todo, amar al ser humano.
Conjeturamos que el Sr. Castro, llegado el caso, no cumplirá
su promesa de morir en la primera línea ni en ninguna otra.
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