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Las dos mitades de Menoyo
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, mayo - Quienes dudaron de la integridad de ex guerrillero,
ex comandante, ex criador de ranas, ex jaibolero, ex traidor y hoy
no sé qué Eloy Gutiérrez, se perdieron el Men
y cavaron el hoyo de las especulaciones.
Hay que recordar con cuánta bravura enfrentó a las
vacas en el Escambray, descueró a las chivas y no dejó
gallina con cabeza ni para un caldo gallego.
¡Y ni hablar de la "trujillazón" que armó
en Trinidad, con balacera y todo, cuando lo sorprendieron en el
salto por su amor al verde de las palmas, de los batracios y de
los dólares!
¡Qué fijación con el verde la de este hombre!
Tanto y tanto lo amó que hoy lo desprecia para el bien de
la patria adoptiva, el buen nombre de los disidentes y la mala memoria
de sus seguidores.
Sus detractores jamás comprenderán cuánta
limpieza hay en sus saltos. Un día para el frente, otro para
el costado, el siguiente hacia atrás, algunos justo al medio
y nunca hacia delante como digno reto de un sapo peleador a los
guajacones de orilla que habitan la Isla del pez dólar.
Mucho menos podrán discernir su hablar elocuente, su hinchazón
de modesto sapo guía, y su manía de vivir -por el
bien de los demás- en el pantano.
Se requiere talento para comprender la táctica y la estrategia
cuando un hombre como él, con un pie en la calle 8 de Miami
y otro en la Rampa habanera, dice en un documento titulado "Cuba:
la hora de las definiciones" que "se es cubano o se es
anexionista".
Ni el personaje de la novela Las dos mitades del Vizconde, escrita
por Italo Calvino, le hace nada. ¡Qué equilibrio! ¡Cuánto
valor en su mitad izquierda, destreza en la derecha y quietud en
el centro!
¡El rey de la cuerda floja! Pero ahí no debe acabar
la admiración por tan inusitado personaje, envuelto en una
justa aureola de profeta y censor en concilios para los ignorantes.
Lean si no sus palabras dirigidas a la verdadera oposición
independiente, cuando pide rechazar "la ignominia de una oposición
dirigida y financiada desde fuera de esta Isla, lo que nos haría
a los opositores a este gobierno mercenarios al servicio de una
potencia extranjera".
¡Ahí sí ardió Troya, le encontraron
las cinco patas al gato y se descubrió dónde el jején
puso el huevo y la mula tumbó a Genaro!
¡Qué honestidad, cuánto lirismo se desprende
de sus magistrales dotes de estadista-bodeguero, de líder
de cajón con sonsonete de manigua!
Y aún se atreven a cuestionarlo. Dudan de su conversión
de Santo Guerrillero en un pobre diablo, dispuesto a vivir sin libreta
de racionamiento que le garantice las onzas de frijoles y el pan
nuestro de cada día, como un anacoreta en su debut de agente
solitario.
Los pobres billetuchos con los que sobrevive no se los manda el
enemigo -sólo los fabrica- pues lo trae su familia, unida
al mesías ante tanta abnegación y tantos sacrificios
por el prójimo y su vestimenta moral.
No pocos lo han visto en el Vedado habanero, distraído frente
a un tambucho de basura, en espera de una cáscara de plátano
salvadora, de un mendrugo de pan que ponga fin al salto incontrolable
del padrejón o de un peso cubano para gasear con un refresco
su incontinencia patria.
Basta con leer sus declaraciones ofrecidas a la prensa extranjera
de que "su estadía en Cuba no es un simulacro, sino
la espera de que el gobierno regularice su estancia con la debida
documentación", para creerle.
Es convincente su expresión de que "no obstante, aunque
todavía no le dan respuesta, se mueve por todos los municipios
del país sin ningún problema y realiza sus tareas
sin represión policial", ni Decretos-ley 217 como se
le aplicaría a cualquier viandante llegado desde los Remates
de Guane a la capital de todos los cubanos.
Para algo dirigió a más de tres mil hombres en el
Segundo Frente del Escambray, y según Roberto Orihuela en
su libro testimonio "Yo nunca fui un traidor", embarcó
a otro gran número en sus conversiones involuntarias de doctor
Jaykel a mister Hyde.
Cuánta buena intención existe en el comportamiento
de un hombre que quiso hacer brillar a las mujeres de la Isla con
bolsos de piel de rana. En un ser que iluminó las noches
habaneras del Eloy Club con jaiboles y música, entre whiskeys
fogosos y Cabezas de Lobo refrescantes, junto a mulatas agridulces
al paladar.
El volvió "deseoso de encontrar un camino de concertación
que nos ayude a sacar a Cuba de este abismo donde la prosperidad
del ciudadano común se ve postergada indefinidamente".
¡Qué valor! Cuánta audacia en sus palabras.
Qué gran riesgo en una expresión que tal vez mañana
podría condenar a cualquier cubano, pero a él no,
por estar de parte del verde puro de las palmas, del maléfico
verdor del dólar americano y, por qué no, de los distintos
verdes de estación que agitan las aguas de un estanque donde
se crían ranas.
Estamos salvados, hermanos, el Vizconde cabalga de nuevo.
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