26 de mayo de 2004
 

 

Las dos mitades de Menoyo

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, mayo - Quienes dudaron de la integridad de ex guerrillero, ex comandante, ex criador de ranas, ex jaibolero, ex traidor y hoy no sé qué Eloy Gutiérrez, se perdieron el Men y cavaron el hoyo de las especulaciones.

Hay que recordar con cuánta bravura enfrentó a las vacas en el Escambray, descueró a las chivas y no dejó gallina con cabeza ni para un caldo gallego.

¡Y ni hablar de la "trujillazón" que armó en Trinidad, con balacera y todo, cuando lo sorprendieron en el salto por su amor al verde de las palmas, de los batracios y de los dólares!

¡Qué fijación con el verde la de este hombre! Tanto y tanto lo amó que hoy lo desprecia para el bien de la patria adoptiva, el buen nombre de los disidentes y la mala memoria de sus seguidores.

Sus detractores jamás comprenderán cuánta limpieza hay en sus saltos. Un día para el frente, otro para el costado, el siguiente hacia atrás, algunos justo al medio y nunca hacia delante como digno reto de un sapo peleador a los guajacones de orilla que habitan la Isla del pez dólar.

Mucho menos podrán discernir su hablar elocuente, su hinchazón de modesto sapo guía, y su manía de vivir -por el bien de los demás- en el pantano.

Se requiere talento para comprender la táctica y la estrategia cuando un hombre como él, con un pie en la calle 8 de Miami y otro en la Rampa habanera, dice en un documento titulado "Cuba: la hora de las definiciones" que "se es cubano o se es anexionista".

Ni el personaje de la novela Las dos mitades del Vizconde, escrita por Italo Calvino, le hace nada. ¡Qué equilibrio! ¡Cuánto valor en su mitad izquierda, destreza en la derecha y quietud en el centro!

¡El rey de la cuerda floja! Pero ahí no debe acabar la admiración por tan inusitado personaje, envuelto en una justa aureola de profeta y censor en concilios para los ignorantes.

Lean si no sus palabras dirigidas a la verdadera oposición independiente, cuando pide rechazar "la ignominia de una oposición dirigida y financiada desde fuera de esta Isla, lo que nos haría a los opositores a este gobierno mercenarios al servicio de una potencia extranjera".

¡Ahí sí ardió Troya, le encontraron las cinco patas al gato y se descubrió dónde el jején puso el huevo y la mula tumbó a Genaro!

¡Qué honestidad, cuánto lirismo se desprende de sus magistrales dotes de estadista-bodeguero, de líder de cajón con sonsonete de manigua!

Y aún se atreven a cuestionarlo. Dudan de su conversión de Santo Guerrillero en un pobre diablo, dispuesto a vivir sin libreta de racionamiento que le garantice las onzas de frijoles y el pan nuestro de cada día, como un anacoreta en su debut de agente solitario.

Los pobres billetuchos con los que sobrevive no se los manda el enemigo -sólo los fabrica- pues lo trae su familia, unida al mesías ante tanta abnegación y tantos sacrificios por el prójimo y su vestimenta moral.

No pocos lo han visto en el Vedado habanero, distraído frente a un tambucho de basura, en espera de una cáscara de plátano salvadora, de un mendrugo de pan que ponga fin al salto incontrolable del padrejón o de un peso cubano para gasear con un refresco su incontinencia patria.

Basta con leer sus declaraciones ofrecidas a la prensa extranjera de que "su estadía en Cuba no es un simulacro, sino la espera de que el gobierno regularice su estancia con la debida documentación", para creerle.

Es convincente su expresión de que "no obstante, aunque todavía no le dan respuesta, se mueve por todos los municipios del país sin ningún problema y realiza sus tareas sin represión policial", ni Decretos-ley 217 como se le aplicaría a cualquier viandante llegado desde los Remates de Guane a la capital de todos los cubanos.

Para algo dirigió a más de tres mil hombres en el Segundo Frente del Escambray, y según Roberto Orihuela en su libro testimonio "Yo nunca fui un traidor", embarcó a otro gran número en sus conversiones involuntarias de doctor Jaykel a mister Hyde.

Cuánta buena intención existe en el comportamiento de un hombre que quiso hacer brillar a las mujeres de la Isla con bolsos de piel de rana. En un ser que iluminó las noches habaneras del Eloy Club con jaiboles y música, entre whiskeys fogosos y Cabezas de Lobo refrescantes, junto a mulatas agridulces al paladar.

El volvió "deseoso de encontrar un camino de concertación que nos ayude a sacar a Cuba de este abismo donde la prosperidad del ciudadano común se ve postergada indefinidamente".

¡Qué valor! Cuánta audacia en sus palabras. Qué gran riesgo en una expresión que tal vez mañana podría condenar a cualquier cubano, pero a él no, por estar de parte del verde puro de las palmas, del maléfico verdor del dólar americano y, por qué no, de los distintos verdes de estación que agitan las aguas de un estanque donde se crían ranas.

Estamos salvados, hermanos, el Vizconde cabalga de nuevo.