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Donde se habla de Freud, Jung
y un niche alemán
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, mayo - Los psicoanalistas siempre andan despistaos.
Y más en Cuba, donde a individuos como el tal Freud y el
recalcitrante Jung, por sus sonseras de libido, el análisis
y otras boberías que originan el comportamiento humano, los
hubiéramos puesto a trabajar de sol a sol en un organopónico
guantanamero, o tal vez como inspectores en cualquier dirección
municipal de la vivienda en el país.
Ahí sí hay que tener la libido bien puesta sobre
el pellejo, y la paciencia de Job, sin techo para guarecerse de
la lluvia y el sereno.
¡Qué parto si toda esta gente no tuviera la libido
quieta, adormecida por los cantos de sirena nacionales y el vuelo
rasante de un calabozo insular!
¡Qué corre corre si el análisis no estuviera
domesticado en las carpas de las ideas, vestido de policía
en cada esquina o presto a descifrar los jeroglíficos de
todos los caminos que conducen a Roma!
Tampoco estamos de acuerdo con esa disertación de Federico
El Niche alemán, donde expone la interrogante sobre el masoquismo
moral, social y político, y mucho menos con el sadismo en
similar escala.
Nunca comulgaremos con las teorías de Donatien Alphonse-Francois,
el Marqués de Sade, ni mucho menos con las de Leopold Von
Sahcer-Masoch, el inventor del masoquismo, pues esas píldoras
que también despiertan inquietas aberraciones en el comportamiento
social -según Freud y Jung- gracias a la bondad de la revolución,
ya están erradicadas en Cuba. Pero resultan inquietantes
los epítetos de "mulo dócil", carnero degollao
y Liborio el masoquista que se le endilgan a un noble campesino
por trabajar 16 horas, cobrar la mitad de ocho y no poder comer
nada de lo que siembra.
¿Se habrá visto incomprensión igual? ¿Cómo
pagarle la jornada completa, permitirle que se coma un tomate o
darle vestido y calzado a un obrero que cuando se enferme tendrá
el ingreso gratis y si muere sólo tendrá que pagar
alrededor de 100 pesos -el café de los dolientes se cobra
aparte- por el velatorio? Además, ¿quién garantiza
que dándole todas esas prebendas no se crea el propietario
del organopónico y comience a especular?
Por eso también nos indigna escuchar que llamen masoquista
a la compañera Chicha Guarandol de a Peso por renunciar a
la permuta -luego de 22 años de gestión y la pérdida
de un arcoiris de billetes en sellos, pasteles y refrescos para
la especialista- y quedarse a vivir en el palomar de Cundo Mofeta,
no obstante el placer que siente en las noches de luna que suplen
la falta de bombillos, acostada sobre un colchón de papeles
que dicen "permuta denegada: no cumple los requisitos",
"permuta denegada: no cumple los requisitos", "permuta
"
¡Eso no es masoquismo social, moral ni político! Eso
es patriotismo, comprensión de las nefastas consecuencias
del bloqueo yanqui, de la falta de cemento, ladrillo y arena, además
de significar un vuelco a la derrota al emplear la negativa en cosas
positivas como papeles para el baño, cucuruchos de maní,
encendedores de fogón, tapones para las cañerías
y abrigo para el invierno, entre otras aplicaciones prácticas.
Por otra parte, eso de que Sandalio el Mamut, delegado del ministerio
de la Agricultura, es un sádico por obligar a sus obreros
a trabajar descalzos, sin agua, con deficiente alimentación,
y luego pasarse dos meses sin pagarles; gritarles blandengues cuando
no cumplen las normas, pendejos si se guarecen del sol, y hasta
expulsar al que cuestione por dónde le han entrado las 300
libras de peso, los dos autos, la moto del hijo y la modesta casa
con seis habitaciones, prestigiada por su esposa y atendida por
una compañera en prestación de servicios a un dirigente,
es una infamia.
Y mucho más acusarlo de que prefiera que se pudra parte
de la cosecha antes de dársela a los campesinos, cuando todos
conocemos que esta producción sólo es para el pueblo
y sus guardianes.
Hay que ser precisos al calificar, justos a la hora de emitir un
criterio, revolucionarios cuando se precise joder a cualquiera por
salvar una revolución particular construida con el esfuerzo
de todos.
Asimismo, llamar "ladilla sádica" a la simpática
Ursula Medianeja por su comportamiento despótico en el cumplimiento
de sus funciones como especialista en gruñidos, interjecciones,
desinformación, amiguismo, chantajes, coimas y una que otra
palabrota en la Dirección Municipal de la Vivienda cuando
se le hace una pregunta en horario de almuerzo -sustituido por limado
de uñas, flirteo con Evaristo el Mosca o, en su defecto,
para leer el interminable libro de 35 páginas El clítoris
rebelde- es atentar contra el buen empleo de las normas de comportamiento
social, cuya puesta en práctica ha provocado una penosa enfermedad
en el presupuesto de la nación.
Debemos ser comprensibles, razonables, a la hora de aflojar un
pescozón o mandar al carajo a cualquier desalmado que nos
quiera echar más acíbar en la vida.
El hipercriticismo es una manía liberal que no se aviene
con nuestros presupuestos ideológicos de contención,
mesura, freno, represión de contenidos, ajuste de lengua,
bembeteo social, censura discursiva, muela serena, bla-bla-bla conciente
y otras formas de expresión sujetas al programa Libertad
para Hablar y Nivel de Aguante en el Comportamiento Cotidiano.
Los cubanos tenemos intactos los valores morales, y si hay pesimismo
no es como un síntoma de la enfermedad mental y depresiva
que erosiona la sociedad.
Es por el mundo, por su futuro, pues acá, sin importarnos
lo que digan Freud, Jung o El Niche alemán, seguiremos dando
y aguantando trastazos mientras cantamos, ebrios de felicidad, La
Guantanamera.
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