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El derecho a no ser masificados
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, julio - La búsqueda del perfeccionamiento de
las estructuras sindicales en el sector de la cultura como una de
las vías para consolidar la masificación del arte
en todos los estratos sociales del país no tiene futuro.
La burocracia, si bien tiene resortes para uniformar las masas,
jamás podrá encauzar el vuelo de las musas, la inspiración
o como se quiera denominar el proceso creativo.
En un sector de tanta complejidad como el artístico, no
sólo por su esencia espiritual sino también por la
necesidad de libertad en todos los sentidos, la imposición
de normas, sobrecumplimientos, trabajos voluntarios y emulaciones
suenan como una bomba en medio de una misa.
Los sindicatos de la cultura, uncidos como bueyes a una yunta nacional
que sólo tira por el trillo de la ideología, la propaganda
desmedida y el afán de crear un coro cuyo repertorio conste
de una sola pieza y melodía -la revolución y sus intereses-
están descalificados por inoperantes y absurdos dentro de
un movimiento de almas y talentos para el que nada sirven.
Interrumpir el trabajo de un creador para decirle que venció
el plazo de pagar la cuota sindical o que tiene dos horas para montar
un burro y atravesar la Sierra del Rosario, donde actuará
ante un auditorio de seis pescadores y noventa nubes de mosquitos,
es una burla.
No porque los trabajadores del mar y los mosquitos no lo merezcan,
sino por la obligatoriedad del hecho y la desmesura del disparate.
El arte no es una cosecha de melones que se siembra, se cultiva,
se recoge y monta en un camión para repartir a partes iguales
entre la ciudadanía.
Mucho menos un arma que sirva "como antídoto a las
campañas enemigas de tergiversación de la memoria
y a sus intenciones de dañar las raíces que conforman
la identidad nacional", como expresara un sabio en memorandums,
donaciones y recogida de cartones y botellas vacías, durante
la asamblea del sindicato provincial de la cultura en Las Tunas.
Sin pecar de conceptualizador, el arte nace del artista y está
ahí para enrumbar la sensibilidad, como paliativo contra
las enfermedades del alma y como incentivador de cualidades que
nos enseñen a comprender lo malo de la vida y a disfrutar
todo lo bueno.
Eso de que con un poema de Ernesto Cardenal los campesinos cumplirán
el plan en la cosecha de papas o si un vaquero escucha la Quinta
Sinfonía de Bethoven sus vacas -o mejor dicho, las vacas
a su cuidado- se convertirán en bailarinas para el sector
turístico, está por ver.
Por eso resulta risible que la culpa del estancamiento en la masificación
cultural se le achaque a las carencias materiales, el incremento
del mercantilismo, la inmodestia y otras manifestaciones negativas,
como expresaran varios especialistas en bonos de cotización,
diplomas y trabajo voluntario, en las asambleas provinciales que
se desarrollan previas al VI Congreso del Sindicato de la Cultura,
a celebrarse en diciembre en nuestra capital.
Que un ladrón de tejados, patios interiores y bodegas de
barrio se arrepienta de sus fechorías por escuchar Aída,
sentir el suco-suco brotando por sus pies o conocer que Junichiro
Tanizaki es el autor de "Hay quien prefiere las ortigas"
no indica la perfección del mecanismo, la certeza objetiva
que de la rumba nazca un delincuente ni de un canto gregoriano un
místico con rosario y silicio.
La masificación se estanca porque en el arte, como en la
vida, todos no tienen los mismos intereses. Porque primero hay que
ganarse el pan, para luego hacer el verso, como dijera Martí,
y porque ningún sindicato oficialista en Cuba, con su carga
de oportunismo, presiones, desconocimiento, incondicionalidad al
régimen por encima del trabajador, es digno de representar
a quienes consideran una ficha más en el tablero de una historia
para ser contada y no vivida.
Más allá de proyectos de cultura comunitaria de innegable
valor en algunos puntos del país, así como del enriquecimiento
espiritual que sin dudas trae el contacto con el arte -seleccionado,
no impuesto- el horizonte propagandístico se lleva las palmas
en eso de anunciar un aluvión cultural imposible de concretarse
mientras, tanto el artista como el espectador, no tengan garantizados
sus requerimientos básicos.
Por todo eso, sin lugar a dudas, la masificación es buena
sólo en las vacunas, y las libertades en el derecho a no
ser masificados.
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