19 de julio de 2004
 

 

La sagrada familia

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, julio - La madurez, el valor y la entereza de los cubanos se han vuelto indetenibles.

Miremos si no las multitudinarias protestas realizadas en las calles de Miami por el derecho a viajar, a expresarse y a resolver los problemas materiales del tío Perico, que se quedó bajo una mata de mango dentro de la Isla a cuidar la bocina del radio RCA Victor, el caballo de la bicicleta china Forever y el tubo de pantalla del televisor Krim 218 no confiscados -gracias a la justeza de las leyes revolucionarias- cuando abandonaron el país.

Siempre que se viola el derecho a la comunicación entre familias el cubano brinca, muerde y saca pancartas que se ven a la distancia de 90 millas.

Recuerden si no los alrededor de veinte años que estuvimos afilándole la punta al lápiz, limpiando el teléfono y ensayando un abrazo para escribir, conversar y estrechar efusivos, respectivamente, a quienes se fueron por Camarioca, se convirtieron en marineros o simplemente en contorsionistas para escapar de Cuba en el tren de aterrizaje de un avión.

Pero como dijo Gardel, veinte años no es nada, y los aguantamos por táctica y estrategia, ya que el valor dormía a pierna suelta entre los atribulados pasos de la censura, la delación y el mal ejemplo de que Ñica, la de El Retrete, en Holguin, se carteara con su prima Bienvenida que vive en Pennsylvania, y fue preciso expulsarla del partido, alejarla de responsabilidades laborales y sacarla de las combativas filas del comité, por vendepatria.

Estaban tan arraigados a su tierra en esa época, que dedicaban seis meses o un año de su espera por el permiso de salida a tareas agrícolas que consolidaran la revolución y mataran el rugir de leones entonado a coro en las tripas de los familiares que no tuvieran la desgracia de partir.

Ahí nadie chistó, porque estaban madurando, en la etapa crucial de transformarse de gusanos en mariposas por decreto de los entomólogos oficiales, pero ya con las alas sueltas, bien lejos del jardín de origen, demuestran su valor cuando gritan estentóreamente en el aeropuerto y por las calles de Miami: "¡Queremos viajar! ¡Tenemos el derecho a viajar! ¡Mi familia es sagrada!"

Tanto valor me hace sentir orgulloso de ser cubano. Ese amor por la familia me conmueve, me hace moquear cual niño al que le arrebatan un juguete o se lo ponen tan fuera de su alcance como detrás de la vidriera de una shopping.

El desafío que enfrentan estos amantes del apuntalamiento de barbacoas, la persistencia de la libreta de racionamiento y de la unión familiar de Norte a Sur -nunca a la inversa- es tan grande, los riesgos tan terribles que ahora tendrían que virar para sus hogares a diseñar otras vías para su posible viaje.

¿Quién puede llamar cobardes u oportunistas a estos cientos de miles de cubanos que aguantaron sin rechistar, sin levantar un dedo, huevazos, escupidas, pedradas y tantas frases de amor del repertorio comunista como gusanos, lumpens, escoria, traidores y muchas más que se pudiera imprimir un libro para que lo leyeran en sus visitas a Cuba junto a sus autores.

Sólo los resentidos, los que no saben perdonar ni alcanzan el valor con el tiempo y la distancia.

Y aunque existen escépticos y detractores que aseguran no es el amor a la familia que abandonaron en medio del caos lo que los mueve y compulsa a venir cargados como mulas para la boda de su tío Perico o el velorio de Pachencho -desafiando las nuevas medidas- sino la especulación, el bisne y otras malformaciones que origina la fiebre del dólar, estoy seguro de que si tuvieran que permanecer en Cuba por tres años y visitar catorce días los Estados Unidos, lo aceptarían por tal de echar una partidita de dominó, acompañar al agro, hacer la cola para comprar las íntimas o disfrutar la tranquilidad de un apagón junto a sus seres queridos.

También, viendo y oyendo por la televisión cubana su entereza al reclamar el derecho a viajar, apuesto a que si estuvieran en la patria llenarían el aeropuerto José Martí con carteles de protesta que digan "Lo mío primero", pues estarían bajo la promesa de un voto de silencio como el arma más eficaz, en Cuba, contra la injusticia.

Analicemos si no algunas respuestas de cubanos dentro de la Isla contra las medidas impuestas allá y a los apretones prodigados acá con tal de defender el reencuentro con la familia.

"No queremos fotos ni marchas de protesta que rompan el único par de zapatos que tengo, necesitamos dólares", gritó en voz baja Juanita Rompe Vientos mientras de forma pública y desafiante asomaba la cabeza detrás de un camión de plátanos burros en el puesto de viandas administrado por Tito Come Onzas.

Otro acto de valor y desafío al duelo entre leyes y contraleyes lo escenificó desde el fondo de un pozo el chino Tha Kha Gaho, al expresar con el agua al cuello "Viva la libetá", traducido por su esposa ante la inesperada presencia de Chano La Trompeta como "Viva la libreta".

Estos ejemplos bastan para demostrar que los cubanos hemos madurado, estamos casi podridos en eso de reclamar nuestros derechos y perder la memoria cuando nos da la gana y el desafío no es riesgo para mantenerse fuera de un calabozo.

Por eso hay que aplaudir y elogiar ese valor de los cubanos, esa entereza a la hora de reclamar sus derechos en el extranjero y olvidar sus deberes para el bien de la patria.

Porque como dijera el filósofo Nefasto Boza parodiando la orientación de la catedral La Sagrada Familia, de Gaudi, a los cubanos desde El Nacimiento les da por levantar el vuelo hacia el extranjero, les entra la pasión desde que ponen la mano sobre una convocatoria para el sorteo, y se sienten en La Gloria cuando al mediodía, por la tarde o la noche, dejan atrás el país para luego ayudar a sus seres queridos.