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La sagrada familia
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, julio - La madurez, el valor y la entereza de los cubanos
se han vuelto indetenibles.
Miremos si no las multitudinarias protestas realizadas en las calles
de Miami por el derecho a viajar, a expresarse y a resolver los
problemas materiales del tío Perico, que se quedó
bajo una mata de mango dentro de la Isla a cuidar la bocina del
radio RCA Victor, el caballo de la bicicleta china Forever y el
tubo de pantalla del televisor Krim 218 no confiscados -gracias
a la justeza de las leyes revolucionarias- cuando abandonaron el
país.
Siempre que se viola el derecho a la comunicación entre
familias el cubano brinca, muerde y saca pancartas que se ven a
la distancia de 90 millas.
Recuerden si no los alrededor de veinte años que estuvimos
afilándole la punta al lápiz, limpiando el teléfono
y ensayando un abrazo para escribir, conversar y estrechar efusivos,
respectivamente, a quienes se fueron por Camarioca, se convirtieron
en marineros o simplemente en contorsionistas para escapar de Cuba
en el tren de aterrizaje de un avión.
Pero como dijo Gardel, veinte años no es nada, y los aguantamos
por táctica y estrategia, ya que el valor dormía a
pierna suelta entre los atribulados pasos de la censura, la delación
y el mal ejemplo de que Ñica, la de El Retrete, en Holguin,
se carteara con su prima Bienvenida que vive en Pennsylvania, y
fue preciso expulsarla del partido, alejarla de responsabilidades
laborales y sacarla de las combativas filas del comité, por
vendepatria.
Estaban tan arraigados a su tierra en esa época, que dedicaban
seis meses o un año de su espera por el permiso de salida
a tareas agrícolas que consolidaran la revolución
y mataran el rugir de leones entonado a coro en las tripas de los
familiares que no tuvieran la desgracia de partir.
Ahí nadie chistó, porque estaban madurando, en la
etapa crucial de transformarse de gusanos en mariposas por decreto
de los entomólogos oficiales, pero ya con las alas sueltas,
bien lejos del jardín de origen, demuestran su valor cuando
gritan estentóreamente en el aeropuerto y por las calles
de Miami: "¡Queremos viajar! ¡Tenemos el derecho
a viajar! ¡Mi familia es sagrada!"
Tanto valor me hace sentir orgulloso de ser cubano. Ese amor por
la familia me conmueve, me hace moquear cual niño al que
le arrebatan un juguete o se lo ponen tan fuera de su alcance como
detrás de la vidriera de una shopping.
El desafío que enfrentan estos amantes del apuntalamiento
de barbacoas, la persistencia de la libreta de racionamiento y de
la unión familiar de Norte a Sur -nunca a la inversa- es
tan grande, los riesgos tan terribles que ahora tendrían
que virar para sus hogares a diseñar otras vías para
su posible viaje.
¿Quién puede llamar cobardes u oportunistas a estos
cientos de miles de cubanos que aguantaron sin rechistar, sin levantar
un dedo, huevazos, escupidas, pedradas y tantas frases de amor del
repertorio comunista como gusanos, lumpens, escoria, traidores y
muchas más que se pudiera imprimir un libro para que lo leyeran
en sus visitas a Cuba junto a sus autores.
Sólo los resentidos, los que no saben perdonar ni alcanzan
el valor con el tiempo y la distancia.
Y aunque existen escépticos y detractores que aseguran no
es el amor a la familia que abandonaron en medio del caos lo que
los mueve y compulsa a venir cargados como mulas para la boda de
su tío Perico o el velorio de Pachencho -desafiando las nuevas
medidas- sino la especulación, el bisne y otras malformaciones
que origina la fiebre del dólar, estoy seguro de que si tuvieran
que permanecer en Cuba por tres años y visitar catorce días
los Estados Unidos, lo aceptarían por tal de echar una partidita
de dominó, acompañar al agro, hacer la cola para comprar
las íntimas o disfrutar la tranquilidad de un apagón
junto a sus seres queridos.
También, viendo y oyendo por la televisión cubana
su entereza al reclamar el derecho a viajar, apuesto a que si estuvieran
en la patria llenarían el aeropuerto José Martí
con carteles de protesta que digan "Lo mío primero",
pues estarían bajo la promesa de un voto de silencio como
el arma más eficaz, en Cuba, contra la injusticia.
Analicemos si no algunas respuestas de cubanos dentro de la Isla
contra las medidas impuestas allá y a los apretones prodigados
acá con tal de defender el reencuentro con la familia.
"No queremos fotos ni marchas de protesta que rompan el único
par de zapatos que tengo, necesitamos dólares", gritó
en voz baja Juanita Rompe Vientos mientras de forma pública
y desafiante asomaba la cabeza detrás de un camión
de plátanos burros en el puesto de viandas administrado por
Tito Come Onzas.
Otro acto de valor y desafío al duelo entre leyes y contraleyes
lo escenificó desde el fondo de un pozo el chino Tha Kha
Gaho, al expresar con el agua al cuello "Viva la libetá",
traducido por su esposa ante la inesperada presencia de Chano La
Trompeta como "Viva la libreta".
Estos ejemplos bastan para demostrar que los cubanos hemos madurado,
estamos casi podridos en eso de reclamar nuestros derechos y perder
la memoria cuando nos da la gana y el desafío no es riesgo
para mantenerse fuera de un calabozo.
Por eso hay que aplaudir y elogiar ese valor de los cubanos, esa
entereza a la hora de reclamar sus derechos en el extranjero y olvidar
sus deberes para el bien de la patria.
Porque como dijera el filósofo Nefasto Boza parodiando la
orientación de la catedral La Sagrada Familia, de Gaudi,
a los cubanos desde El Nacimiento les da por levantar el vuelo hacia
el extranjero, les entra la pasión desde que ponen la mano
sobre una convocatoria para el sorteo, y se sienten en La Gloria
cuando al mediodía, por la tarde o la noche, dejan atrás
el país para luego ayudar a sus seres queridos.
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