23 de julio de 2004
 

 

Nefasto el eficiente

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, julio - La palabra de un revolucionario es ley, y la ley está hecha con la palabra de un revolucionario. Ante la magnitud de este axioma triunfador, nada puede fallar.

La negligencia, el incumplimiento, la incapacidad, el peloteo, la vaselina y otros pases como la demora, el teque, la promesa y el engaño, son hijos del capitalismo.

Aquí, ante cualquier problema se crea una comisión de embullo, un grupo de apoyo, un comité de acción, una brigada de trabajo, un escuadrón de ética, una oficina y un ministerio encargados de solucionar desde la paja en el ojo ajeno hasta el detergente casero para lavar los trapitos sucios, pasando por el legrado de Brocelianda, los amantes de Mayeya la del partido, el jardín experimental de Gudelio el exorcista y el por qué de qué callada manera se queda solo el país.

Nada está fuera del alcance del socialismo, y menos los reclamos de un trabajador.

En Cuba la palabra es el padre de la ley, y la ley es madre de la palabra, y aunque muchos nos digan bastardos o desmedrados, nunca hemos sido huérfanos.

Eso de que el compañero Alcides Fernández Valdés, de Buenavista, en Remedios, se haya quedado ciego a la espera de una cura de luz que jamás aparece, es increíble, infamante, noticia falsa, manipulación mediática, injuria imperialista y fuego graneado pre invasión enemiga.

Que a un hombre que donó en el año 1979 una parte de sus tierras para la construcción de un servicentro a cambio de que le pasaran un cable para instalar la electricidad aún no se lo hayan colocado en 2004 es imposible de creer.

¿Cinco lustros, un cuarto de siglo, veinticinco años para pasar un cablecito de mierda por encima de tres pelos de alambre? ¡Ni el bloqueo, hermanos! Esto es cosa de las columnas y las calumnias enemigas.

¿Cómo es posible que en el país del hombre nuevo, programado para ser eficiente, donde la conciencia crece como la verdolaga, el amor por el prójimo al ritmo de los dólares, y la burocracia supera el nivel de contaminación ambiental del planeta, no aparezcan un cable y un bombillo en cinco lustros de búsqueda incesante?

Comentan que a ese señor le dicen El monje de Montecristi, pues acabó con cuanto gajo, arbusto, árbol le sirviera de combustible para alumbrarse y orar mientras escribía cartas tras cartas a sociedades, compañías, instituciones, cofradías, cuerpos, entidades, federaciones, alianzas, sindicatos, coaliciones y pandillas, entre otras asociaciones inútiles o buenas para nada en Cuba, pero que sirven para aliviar la pesadilla de la espera al provocar infartos generalizados a los solicitantes de ayuda gubernamental.

Sabemos que malos consejeros, personas desafectas al sistema, locos porque la tortilla se vuelva, descocados por saltar el charco, le dijeron que se alejara de tanto misticismo humoso y candilero y cogiera una macana de caguairán y acabara con el servicentro, los inspectores y otros farsantes -perdón, garantes- de la ley, y siembre marabú en la tierrita que le quitaron voluntariamente.

Pero no es necesario, pues con los recursos y las grandes amistades de la revolución solucionaremos en menos de quince años el problema.

Le pediremos a los hermanos de la caravana Pastores por la paz que en su mágico deambular por el infierno recauden un trocito de cable en Dakota del Sur, otro en Arizona, un poquito más en Georgia -nunca en la Florida- y cuando crucen la frontera hacia México empaten un susodicho que mida alrededor de 10 metros, para que el guajiro de Remedios muera iluminado.

Eso sí, los filamentos para el bombillo hay que solicitárselos a la ONU, o en su defecto a la OIT, pues los recursos que poseemos son para alumbrar una tribuna abierta de reafirmación y compromisos revolucionarios en la parte norte del mangal del ofendido, aunque nunca humillado compañero de Remedios sin efectos curables.

También resulta preocupante la queja formulada por un señor -tiene dólares y firmó con el nombre del hijo, José Sael Zafones Lorenzo- de Ciudad de La Habana, quien reclama un perro que dicen voló a la Luna.

Según el denunciante, luego de comprar una jaula que costó 179 USD -qué detallito con el perro- y pagar 191 más por el embarque y 10 por la consulta del veterinario, para una friolera total de 380 dólares, el can, es-can-dalizado, no aparece.

Lo metieron en un guacal, lo montaron en un Iberia, y como nuestro sin par Matías Pérez, desapareció.

¡Qué malagradecido este perrito en el que invierten más que en Rin Tin Tin o Lassie por la filmación de una película, un poquito menos que el presupuesto asignado para la Escuela Cubana de Magos en Resistencia "Vapuleados por la Vida", y el equivalente a lo que gana el científico matancero que descubrió cómo matar las pulgas a cabillazos en el lomo de un perro sin afectarlo por tres años de arduas y calurosas investigaciones!

¡Hay que encontrar al perro! El compromiso moral que contrajimos al adquirir los verdes por el vuelo de nada menos que un Poodler, que como si fuera poco es blanco y menor de edad -sólo tiene 10 años- no se puede comparar al problemita del guajiro que reclama un cable y un bombillo hace sólo un camarón de la charada china. Y menos si míster perro -vale dólares- iba hacia España, tierra de nuestros favores.

A pesar de su pedigree actual, por su pasado sato y proletario se precisa de un minucioso análisis perreril sobre las costumbres, inclinaciones e ideas políticas del Can -no Cerbero y sí Papillón- para su búsqueda, captura y devolución a la perrera que lo vio nacer, si no demuestra descender de un King Charles inglés de compañía, un Bóxer alemán de pelea o cuando menos de un Chihuahua tequilero y ladrador, pero extranjero.

Le mandaremos un correo a la ingrávida Laica -que aguarda en el espacio por la reintegración de la Unión Soviética para poder bajar- a ver si en un claro de luna ve desandar al perro por ahí, por esas calles lunáticas como las nuestras.

La cuestión es que hay que encontrar al perro, pues hace más de un mes de su desaparición física, no espiritual, ya que ni el dueño ni los que lo embarcaron ni el veterinario olvidan las bucaneros y las salchichas que les proporcionó este vacacionista que ha puesto a correr a los inspectores de aduanas, los guardias del aeropuerto, la defensa civil, un club de fan a la aeronáutica y a célebres genetistas de los perros cubanos adiestrados en la detección de dólares, narcotraficantes, prostitutas y guerrilleros, entre otros males necesarios para sobrevivir.

¡Y que digan los enemigos que aquí no hay eficiencia, preocupación y vaselina suficiente para enfrentar las tergiversaciones, resolver los problemas, y ganar tiempo hasta que el perro baje, convertido en estrella, y se pose en la macana del guajiro para compartir, ya iluminados, cada noche.

¡Palabras de revolucionario de ley!