6 de agosto de 2004
 

 

Nefasto el geriatra

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, agosto - Los expertos en temas de envejecimiento, anomalías de los vetué, sofoco de los tembones y malabares de los puros para vivir 120 años se quedan cortos con los cubanos.

Aquí Matusalén sería considerado un muerto prematuro, un hombre que la ñampió en plena juventud si lo comparamos con la edad en que estirarán la pata, se mirarán el dedo gordo, se irán para el reparto bocarriba, en fin, la diñarán nuestros ancianos.

Si bien estoy de acuerdo en que la herencia representa solamente el 30%, mientras que el 65% para lograr las máximas potencialidades de vida dependen de cómo vivimos, reitero mi objeción con el pronóstico de los viejófilos, pues en Cuba existen condiciones para sobrevivir cuando menos mil años.

La francesa Jeanne Louise Calment, que murió a los 122 años y 164 días de nacida, en vez de una excepción, es un pequeño ejemplo para las posibilidades de nuestros añejados o enchispados coterráneos de la tercera edad.

Mi abuela Esmeralda cumple en agosto 105 años, y sólo comió antes de la revolución mangos de todos los colores, seis o siete libritas de carne de res al mes, cinco de puerco, pescados de todas las especies, mariscos, garbanzos, uvas, aceitunas y otras boberías colesterólicas y empachantes, mientras que desde el triunfo para acá sorbe despreocupada una eficaz y revolucionaria dieta consistente en caldo de fotos del pasado, una tisana de recuerdos amargos y una fuente de fantasías por venir, y sigue ahí, como un jan, esquivando la pelona.

Pero volviendo a las teorías de los especialistas en eternización de la carrocería humana formuladas en la conferencia Expansión de la vida: ¿utopía o realidad alcanzable?, quiero exponer mis puntos de coincidencia y mis aportes personales a tan sabias y fundamentadas predicciones.

Según el profesor Enrique Vega, experto cubano en temas de maduración carnal, la combinación armónica de la auto responsabilidad en el cuidado de la salud, una dieta rica en frutas y vegetales, la actividad física sistemática, la motivación para vivir, la cultura y el ambiente adecuado, nos colocan en posibilidad de vivir lo que potencialmente se estima que podemos.

En esos puntos estamos de acuerdo, porque hay que ver cómo cada día ese ejercicio de ancianos, guerreros de la Tercera Edad, sobrevivientes del armagedón revolucionario, plantan su camión de años frente al consultorio médico de la familia para escuchar extasiados "no hay aspirinas", como muestra de su preocupación por regular una salud que les permita seguir bregando con sus achaques y su dorada existencia.

En cuanto a las frutas y vegetales, están al día. Un mango al mes -cuestan 10 pesos-; un mazo de habichuelas, baraticas, a tres; uno de lechuga casi regalado, a cinco; dos libras de pepinos, una ganga, a dos, y un aguacate a diez, para un total de 32 pesos que les permita acompañar la libra de bistec de puerco, que vale 40, con lo que redondearían un almuerzo por el monto promedio de su jubilación: 80 pesos.

Por otra parte, las actividades físicas sistemáticas están garantizadas, ya que los 24 viajes diarios a la bodega y al puesto de viandas a ver qué trajeron, el sube y baja de escaleras desvencijadas, el esquive de baches, mierda de perro, jugadores de dominó, bicicleteros y vendedores que ocupan las aceras para evitar ser víctima de un trozo de balcón cansado de existir, los mantiene en forma.

Además, le sobran las motivaciones para vivir, porque ¿quién se levantará a las cinco de la mañana para comprar periódicos a 20 centavos, revenderlos a un peso y diseminar la verdad entre las masas y los esqueletos de los cubanos?

¿Cuál otra de las cinco personas que viven ampliamente en un cuatro de tres metros de largo por dos de ancho puede hacer la cola para el pan, destupir la fosa desbordada, ubicar tibores, cubos y palanganas cuando llueve, prender el candil en medio del apagón, multiplicar el pan y la libra de pescado en múltiples pedacitos para concluir el mes a ritmo de carbohidratos y proteínas?

Por otra parte, ¿dónde se ha visto un anciano con mayores posibilidades de acceso a la cultura del temor y la chispa de tren, la ciencia de las colas, el estudio profundo de las ollas que cuecen el cerelac Marx-Tillo y al análisis múltiple de la esencia de los malos olores, las prácticas de santería, la elaboración de palabrotas y el monte y desmonte de un camello en el asfalto mezclados con imágenes recurrentes de El Rapto de las Mulatas, El vuelo del moscardón y el Comandante Veneno impuestos como temas de estudio en el país?

Nada es más gratificante que llegar a la tercera edad en Cuba, rodeados de un adecuado ambiente signado por el calor de los apagones y la atención de todos: el estremecedor empujón de los niños en sus horas de juegos y de ruegos porque inventes un pan, el tronante y despectivo échate pallá de los jóvenes cuando les pides que bajen la grabadora o la venta de caramelos no dio ni diez pesos para salir a pasear, y los sonoros y espabilantes ¡viejo, carajo, da vuelta que quiero templar… la guitarra, y tu presencia me desconcentra, de los adultos del hogar.

Eso sí es vida. Llegar a la edad de la jubilación y no poder hacerlo, pues tienen más trabajo que nunca. A la hora del reposo restaurador y estar más activo que un vigilante de comité o al borde de la muerte y comprender que se han muerto de felicidad hace cuarenta y cinco años.

Quienes sin embargo -o con embargo- me dan lástima, son esos viejos ociosos que llegan a Cuba desde Europa, Canadá y los Estados Unidos -con el rostro colorado por la vergüenza de no tener nada que hacer- a pasear, casi siempre del brazo o el talle de una hermosa y complaciente turismulata nativa, y fotografiarse junto a un perro sarnoso o consumir mojitos todo el atardecer.

¡La vida es bella!, pueden gritar a toda voz los ancianos de Cuba mientras hacen cuclillas alrededor de un hueco-trinchera de cualquier parque de la ciudad.

¡La vida es bella!, piensan con satisfacción cuando les anuncian que ya tienen los más de 60 años reglamentarios para obtener cerelac por la libreta de racionamiento.

¡La vida es bella!, se dicen mientras sienten un dolorcito que les va creciendo por el pecho y sus ojos vidriosos comienzan a ver en retrospectiva toda una larga existencia que comenzó con un grito y culmina en un llanto sosegado, interior, mientras vuelven su cuerpo de 120 años y gatean hacia el sol, huyendo de la intranquilidad de la penumbra.

ˇEso sí vale la pena!