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Descalificación de las revelaciones
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, septiembre - El nuevo empleo como libelista que desempeña
la señora Aleida Godínez Soler en la página
digital del periódico Trabajadores, a parecer se le ha subido
a la cabeza, borrado la conciencia y desaparecido el sentido elemental
de la verdad.
Segura de su invulnerabilidad por ser vocera de las posiciones
más intolerantes de los alabarderos de una ideología
que dice profesar, aunque nadie le cree, la gran manipuladora arremete
contra un movimiento sindical independiente si bien no consolidado
del todo por la negativa del régimen a reconocerlo, al menos
capaz de hacerlos gastar tinta, movilizar agentes, formar lobby,
provocar sanciones en el seno de la Organización Internacional
del Trabajo (OIT) y por último encarcelar a unos sindicalistas
"inexistentes".
Esta quijotesca cruzada, emprendida desde una posición sin
réplica por falta de espacio, y los años de cárcel
que puede acarrear la respuesta a una agente de la Seguridad del
Estado, viene acompañada de los epítetos más
gloriosos del léxico comunista y las medio verdades y enteras
mentiras que caracterizan a los encargados en la Isla de hacer que
los hechos respondan a sus intereses.
En una serie de artículos titulados "Revelaciones sobre
el 'sindicalismo independiente' en Cuba", la señora
Godínez, impotente ante una realidad que crece, se regodea
en calificar de mercenarios, terroristas, gusanos, mentirosos -entre
otros piropos cuando provienen de una persona como ella- a quienes,
ejerciendo su derecho a disentir, abogan por un movimiento sindical
apartado de la línea oficial trazada para los trabajadores
y sus dirigentes en el país.
En sus monsergas pseudo periodísticas, emplea y manipula
un arsenal de informaciones, faxes, supuestas declaraciones, exigentes
pedidos de quienes desde el exterior coadyuvan a que se respeten
los convenios y recomendaciones refrendados por los funcionarios
de la Central de Trabajadores de Cuba entre diversos foros internacionales.
No satisfecha con tergiversar, sacar de contexto o desmontar un
supuesto complot orquestado por mercenarios de fuera y dentro de
la nación sólo con el afán de enriquecerse
saqueando las arcas del gobierno norteamericano, la comentarista
insiste en sacar lo peor de sí para calificar de autosuficientes,
arrogantes, fulleros y traidores a la patria a personas que, como
René L. Díaz y Joel Brito Delgado, por sólo
citar a los que más conozco, representan todo lo contrario
para quienes defienden el derecho a la libertad de asociación
y de expresión entre otras conculcadas en la Isla.
En cuanto a mi persona, dice que inventé los nombres de
supuestos sindicalistas, a sabiendas de que utilicé seudónimos
para protegerlos de un sistema tan democrático que los expulsa
del trabajo para que puedan realizar -en la paz de la cárcel
si es preciso- su tolerada faena.
Además, resulta tan falso su conocimiento, que en su enfermizo
afán de desacreditar insiste en calificarme como frustrado
coreógrafo, conocedora de que jamás me ha interesado
esa digna profesión, y no por ningún tipo de prejuicio.
Aunque sé que hablar de cultura artística con ella
es como hacerlo con una vaca sobre las técnicas de afinar
un piano, le diré que hombres dignos, como los cubanos Fernando
y Alberto Alonso, el ruso Mijail Fokín, el norteamericano
George Balanchine y los franceses Marius Petisa y Maurice Béjart
entremezclaron su arte y hombradía de bien con músicos
y pintores de la talla de Igor Stravinski, Maurice Ravel y el comunista
Pablo Picasso, para hacer de la coreografía un monumento
a la espiritualidad y el quehacer digno del ser humano.
Pero yo, aunque le dé las gracias por sus buenas intenciones
de que aprenda a bailar, me quedo con la literatura, mi única
frustración al no editarse mis libros por ser calificados
como subversivos o contrarrevolucionarios.
Adentrándome en lo que esa señora denomina "los
que viven de esta farsa del llamado sindicalismo independiente"
-algo que disfrutó a plenitud en sus años de topo,
y al parecer le da buenos dividendos en su nueva faceta- le formularé
algunas consideraciones.
Ella dice que "en cuanto al llamado con tanta pompa 'sindicalismo
independiente', no ha existido nunca en ningún centro laboral
cubano", pero yo le pregunto:
¿Puede un trabajador merecedor de los títulos de
Vanguardia Nacional en cualquier sector, militante de las gloriosas
filas del partido, combatiente internacionalista, participante activo
de las organizaciones de masas que defienden a diario la revolución,
decir que formará un sindicato fuera de los creados por la
CTC?
¿Tiene siquiera la facultad de negarse a integrar las filas
del sindicalismo oficial, dejar de pagar la cuota sindical, el día
de haber para las Milicias de Tropas Territoriales, entre otros
requerimientos, sin que sea afectado su estatus laboral?
¿Acaso pueden negarse a participar en una tribuna abierta,
una marcha del pueblo combatiente, una movilización para
la Plaza o un campo de caña si lo convocan la administración,
el sindicato y el partido, sin que ello le afecte en lo más
mínimo su condición de obrero?
¿No se prioriza la incondicionalidad política del
trabajador por encima de sus cualidades manuales, técnicas,
profesionales o científicas?
Jamás terminaría de enumerar las tantas interrogantes
a su llamamiento a que "si alguna persona sensata tiene dudas,
que visite cualquier centro de trabajo donde le digan que existe
un sindicato independiente, a fin de que conozcan a sus afiliados
y que conversen con ellos, si es que los encuentra, para que se
convenza de que ha sido engañado miserablemente".
Pero cuando los trabajadores cubanos puedan ejercer sus funciones
sin necesidad de dar cumplimiento a estas exigencias extra laborales
no sean expulsados por NO CONFIABLES, y puedan poner en práctica
el Convenio 87 "Sobre la libertad sindical y la protección
del derecho de sindicación" aprobado por la OIT desde
el año 1948, entonces, y sólo entonces, se revelará
la verdadera historia.
Aunque me niego a gastar el tiempo esclareciendo apreciaciones
subjetivas, juicios parciales o revelaciones malintencionadas, estoy
seguro de no tener nada que perder, mucho menos que ocultar, y sí
bastante que decir sobre algunos que se arrogan el derecho de tratar
de difamar a quienes no comparten sus inclinaciones o no coinciden
con sus cambiantes ideas.
De ser necesario, ya sea desde la calle, en la cárcel o
en la tumba, siempre tendré una respuesta a mano para los
detractores de quienes ejercen el derecho a disentir por vías
pacíficas.
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