23 de septiembre de 2004
 

 

Los obreros no cuentan

CAMAGÜEY, septiembre 20 (Marilin Díaz Fernández, Lux Info Press) - El municipio camagüeyano de Sibanicú es desde el punto de vista laboral típicamente agrícola, lo que se traduce en primera instancia en una clase obrera de muy bajo nivel cultural y muy escaso poder adquisitivo, debido a los irrisorios salarios que paga el único empleador legal que existe, o sea el estado cubano.

Los obreros sibanicuences transpiran pobreza, basta con observar la escasez de bienes materiales que padecen en sus hogares junto a sus familias y el aspecto harapiento y maloliente con que se trasladan hasta sus centros de trabajo en las destartaladas y las ya mustias carretas tiradas por un viejo tractor procedente de la extinta Unión Soviética o en camiones del mismo origen, cuyas piezas han tenido que ser remendadas por mecánicos en muchos casos improvisados, que se erigen como verdaderos artífices de la innovación.

Aunque el oficialismo no es muy espléndido en el suministro de datos estadísticos, calculamos por nuestra experiencia que alrededor de un 90% de la fuerza laboral activa de este municipio está directamente vinculada al sector agropecuario forestal y son empleados en las Cooperativas de Producción Agropecuaria (CPA), en las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), o en las granjas de nuevo tipo, tanto agrícolas y pecuarias como cañeras, las cuales como consecuencia del ineficiente sistema económico y productivo del país son improductivas y no rentables.

Lo anterior ha conllevado a que los trabajadores no reciban un salario decoroso que le permitan proveer a su hogar y a sus familias con los bienes materiales imprescindibles para satisfacer sus necesidades más elementales, siendo motivo fundamental para que la inmensa mayoría de los obreros se vean obligados a buscar vías alternativas e informales que le permitan al menos mitigar el hambre y las necesidades.

En una localidad como esta, las licencias para ejercer el trabajo por cuenta propia son muy escasas y difíciles de obtener, ya que el gobierno, aún incapaz de resolver estas necesidades, se arroga el derecho único de participar en las esferas de la gastronomía y los servicios, así como en la venta de los productos del agro, llevando a estos sectores la típica ineficiencia empresarial del sistema estatal.

Todo lo aquí descrito contribuye también al encarecimiento de la vida del obrero que se ve obligado a adquirir los artículos de primera necesidad en las tiendas recaudadoras de divisas, a precios inaccesibles para quienes después de trabajar una quincena cobran salarios muy por debajo de los $10.00 dólares. Tienen que comprar los alimentos del mes en la conocida y clandestina bolsa negra, que al final resulta la proveedora por excelencia, y que deja al desposeído obrero con las dos tapas del bolsillo al descubierto y con las manos rascándose la cabeza en señal de desesperación después de pagar tan caro lo que necesita.

Por otra parte, a pesar de la carencia en los humildes hogares obreros, las opciones adicionales ofrecidas por el gobierno son ofertas a precios tan altos como el de una libra de jamón Viking a $ 28.70 o la libra de tocineta $27.00, que significan unos 4 días de salario de los que devenga un trabajador agrícola.

Para colmo de los males, estos trabajadores no cuentan con una asociación sindical no politizada que represente sus derechos ante su explotador, el estado patrón.

Por todo esto, se hace cada día más contrastante la diferencia entre la clase obrera y los dirigentes de este municipio que forman la clase de los nuevos ricos cubanos, que disfrutan de privilegios y disponen de viviendas decorosas, de autos particulares y estatales a su disposición, con neumáticos nuevos y el tanque lleno de combustible.