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El camino entre la realidad
y el sueño
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, septiembre - La resignación y el olvido son dos
de los caminos más frecuentados por los jóvenes artistas
y escritores cubanos que integran la Asociación Hermanos
Saíz.
El afán de las autoridades del país por encauzar
movimientos y concepciones artísticas y literarias a través
de una política cultural que responde a los intereses ideológicos
del régimen, es la causa esencial de los prejuicios, las
incomprensiones y el burocratismo que frenan el desarrollo y la
autenticidad del arte joven en la Isla.
La Asociación Hermanos Saíz, otro de los proyectos
diseñados para impedir la espontaneidad, las individualidades
y todo cuanto marque un cierto distanciamiento de los supuestos
cánones de la cultura de la revolución, no es más
que un almacén de frustraciones, un cuartel general donde
se cumplen órdenes, y un centro de adoctrinamiento donde
no caben o evolucionan aquéllos que pongan en peligro la
concepción colectiva y socializadora del arte para las mayorías.
Las carencias materiales, la falta de espacios para actuar, el
nivel de aficionados de quienes integran las filas de la asociación,
son algunos de los problemas objetivos que lastran el desenvolvimiento
de los jóvenes creadores y cargan con la culpa de un proyecto
ideológico elaborado para controlar la libertad de creación
y de opinión.
Más allá de un buen maquillado interés por
promocionar el arte joven de la Isla, responder a sus intereses
estéticos, cumplir con sus demandas y abrirles el camino
de la realización artística y literaria, quienes manipulan
los intereses culturales de la nación convierten a la Asociación
Hermanos Saíz en una suerte de lista de espera, sorteo y
cuando más un paso adelante siempre que se cumplan las orientaciones
ideológicas dictadas desde las atalayas donde se vislumbran
y trazan los caminos de la creación en Cuba.
Durante un reciente encuentro de un grupo de creadores con el ministro
de Cultura, Abel Prieto, se puso de manifiesto la marginación
que sufren "los diferentes estéticos e ideológicos",
al expresar que como parte de la política del ministerio
se hace todo por sacar al rock y al rap de entre los géneros
tabú.
Este reconocimiento a la búsqueda y exigencia de la unipolaridad
expresiva so pena de la exclusión promocional, se afianza
en sus señalamientos de que "si no logramos que los
cuadros de la base hablen el mismo idioma de la política
cultural que ha trazado el país, todo es un fracaso".
Ante la innegable realidad, los jóvenes artistas y escritores
cubanos buscan otros horizontes promocionales, hacen concesiones
a los lineamientos trazados, sucumben en la resignación,
a la espera de un cambio definitivo en una política cultural
que los margina de no ser incondicionales al sistema, o viven en
el olvido de unos mecanismos diseñados sólo para "revolucionarios".
Las palabras de Abel Prieto ante los jóvenes creadores de
que "hoy la cultura tiene un prestigio social que ni se soñaba
en el 89 o el 90, cuando cualquier propuesta diferente encontraba
resistencia", resultan incongruentes con una realidad que muestra
lo contrario.
Su sentencia de que "no estamos en tiempos de barbarie ni
de actitudes anticulturales" sólo será posible
el día en que la libertad de creación transite por
el camino de la realidad y no el del sueño.
Para ello, habrá que esperar porque la izquierda se libere
de sus propios dogmas.
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