7 de octubre de 2004
 

 

La tiendecita de los milagros

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, octubre - La inventiva de los cubanos no tiene límites. Las decisiones inteligentes crecen como la verdolaga, se aferran como la pulga a un perro, y duran lo que un merengue en la puerta de un colegio.

El propósito revolucionario de que los nativos tengamos acceso a productos del tercer mundo sin necesidad de asistir a una shopping dejó calvos y sin cejas a varios especialistas del ministerio de Comercio Interior (MINCIN).

Los sesudos, echándoles humo la mollera de tanto cavilar, émulos de la sapiencia del célebre profesor chino-iraní Kaguir Tan Fo -inventor del tibor con asa- idearon crear una tienda de Productos Defectuosos, sin garantía comercial, en Ciudad de La Habana.

Esta iniciativa, convertida en un duro golpe al bloqueo norteamericano, nos abre las ventanas del progreso, equipara nuestras posibilidades con las de los sin casta en un bazar hindú, y reafirma que "los sueños, sueños son".

En la Tienda de las Oportunidades, como la llaman sus progenitores, o La Tiendecita de los Milagros, como la bautizado la voz popular ante la posibilidad de que algunos de los productos que allí se comercializan en dólares puedan funcionar, tiene de todo en el almacén.

De acuerdo con los especialistas -y como señuelo para los clientes- la mayoría de los equipos muestran un buen aspecto. Están limpios. Relucientes. En uno de los cristales del establecimiento aparecen escritas, con grandes letras de color verde y rojo, dos frases que conquistan la atención de muchos: "Una decisión inteligente. Tiendas de oportunidades".

Y como muestra de honestidad revolucionaria, cual renacuajos éticos que envían a los guajacones pa' la orilla para que se salven, los Newton de las baratijas recicladas aseguran que la mayoría de los equipos que allí se ofertan presentan grandes dificultades técnicas. Tan complejas que no pudieron ser resueltas por los especialistas en los talleres de reparación.

Así las cosas, usted puede adquirir una grabadora Philips por la bagatela de 67 dólares, y sólo tiene que poner la voz, convertirse en casete, volverse Tina Turner, Franco de Vita, María Callas, Plácido Domingo, Miguelito Cuni o Mercedita Valdés para llevar el ritmo de laticas consumidas en el baño bajo un apagón, mientras el carapacho del equipo, sin contenido ni continente en su interior, lo contempla callado después de darle un nombre universal.

O tal vez adquiera una lavadora sin motor en 83 dólares, que puede utilizar como batea, escaparate, recipiente para ocultar el serpentín donde se cuela la guarfarina de alcance popular, o de viandero estético y esmaltado, criadero de ratones y hasta teja infinita para cubrir el techo de los ventosos, húmedos -y por jodedores, recurrentes- huracanes.

Pero hay más. Puede comprar un ventilador sin aspas por sólo nueve dólares, enrollarle el motor, ponerle los botones, cambiarle los cables, y si aún no funciona colocarlo junto a la ventana más cercana de la calle -que se vea que usted es propietario de un refrescante INPUD- y comenzar a darse aire con un pedazo de cartón que anuncia la calidad y garantía del equipo.

¡Todo es felicidad en un país donde el respeto al consumidor se anuncia más que la batalla de ideas y se cumple menos que la canasta básica familiar!

Ante logro tan grande, y con el propósito de resolver la falta de equipos electrodomésticos a la mayoría de los cubanos, la Corporación DITA (Desastrosos, Inservibles y Trastornados Aparatos) extendió su oferta por otras regiones del país, pero el resultado ha sido nulo debido a la falta de originalidad, espíritu soñador y de dinero de quienes habitan allende las lagunas albañales del Cotorro.

Esta realidad, analizada por los baldes pensantes de la cadena CUBALSE (Cuba al Servicio del Extranjero) -red a la que pertenece DITA- provocó ciertos reajustes para beneficio de todos los aspirantes al engaño piadoso, la conmiseración inútil y la tomadura de pelo generalizada.

Pero como para comer cáscara de piña siempre hay un imbécil listo, se culpó a la política (despidadada) de precios por la poca salida de los productos DITA, y se calificó como oportunidad riesgosa la facilidad de obtener una lámpara influorescente sin tubo, pero marca Toshiba; un equipo de aire acondicionado convertido en extractor y una tostadora que hace durofríos, aunque ambos de la venerable Sanyo.

Eso es respeto al consumidor, garantía de que nadie se quedará sin su equipo, oferta inigualable en cualquier país consumidor y botarate donde no se toma en cuenta el derecho de todos a emplear la imaginación y a graduarse con medalla y diploma de honor en la escuela de comemierdas con las bases llenas.

¿Qué gracia o ingenio tiene un ventilador que eche aire, una lavadora que lave, una lámpara que alumbre o una grabadora que reproduzca la música y la voz? ¡Ninguna! Eso lo hace cualquiera.

Pero los productos que comercializa DITA, ¡no!

Ahí si hay que guayarla, meter el cacumen, la testa o el moropo en sumas y restas y todo tipo de cálculo sólo realizables por y para el pueblo más culto del mundo, el más ingenioso, el más avispado, al que nadie engaña, el que odia imitar al chapucero capitalismo.

Aquí las cosas son de carácter original, multipropósitos, inservibles pero recuperables y luego aptas para botar a la basura hasta que surja una nueva idea de un redivivo Tomasito Edison con sombrero de guano y guayabera, sacado de un surco de boniatos, o de un Alexander Graham Bell, que de responsable de atención al trabajador en ETECSA -repartir la merienda fuerte a falta del débil almuerzo- pasó a dirigir un equipo interdisciplinario y de racionalizadotes e inventores de productos sin ley.

Pero a veces resultan penosas las múltiples quejas por los precios de unos equipos únicos en el mundo.

¿Acaso no comprenden que una cafetera adaptada para descascarar arroz sólo es posible dentro de nuestro sistema, concebida por un hombre nuevo todo ideas, baba y optimismo?

¿Qué inventor en el universo puede hacer de una plancha una batidora, de un refrigerador una balsa para navegar en cualquier agua -especialmente en el Estrecho de la Florida- o de un televisor una cuna para el bebé?

¿O es que han visto en otro país una fregadora de platos adaptada para pelar cochinos?

¡Imposible, señor mío! Nadie nos supera en inventivas, en calidad, en resignación ni en esperanzas!

Jamás se ha visto un ser humano tan agradecido y feliz como el que sale de la tienda DITA, ubicada en Ayestarán y 19 de Mayo, en esta capital.

No sólo porque lleva bajo el brazo un fenómeno, un prodigio de la naturaleza, algo que nada más poseemos los cubanos, sino también por los modestos precios que pagamos al adquirirlos. Fíjense si hay justicia, si se toma en cuenta el salario de los clientes, que el valor del equipo se fija cuando llega al país -nuevo, por supuesto.

Los hermanos de la calidad de DITA, teniendo en cuenta al pueblo, la cantidad de habitantes que tienen familiares en el extranjero, multiplican el importe del equipo por 1.18 dólares. Si pasa una semana y no se vende, entonces se multiplica el valor original por 50 centavos de dólar, siguiendo las reglas del MINCIN.

Ya rejodidos de que los malagradecidos y palmados clientes no los compren ni así, pasados sólo 38 días de su estancia en la unidad se disminuye el precio hasta en un 90 por ciento. Y aún con estas condiciones sólo propiciadas en un sistema comunista, exísten antipatriotas que no se deciden a comprar una sartén que lo único que no tiene es fondo, una espumadera que sólo le falta el asa y una olla de presión que endurece las viandas y hace rechazo a las gallinas viejas.

Pero estamos venciendo. Ya la conciencia remienda palmo a palmo los bolsillos desfondados del consumidor, y la calidad gatea por la imaginación de nuestros inventores.

Pronto se prenderá el candil de las maravillas, los precios bajarán hasta estrellarse contra el piso, y los aparatos cumplirán su función.

Estimado comprador. No se detenga, y pase. Tome "una decisión inteligente". Entre a las Tiendas de Oportunidades, que los sueños, sueños son, y más cuando se vive o muere en el país de las pesadillas.