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Nefasto el leguleyo
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, octubre - En Cuba sí se respetan las leyes. La
eficacia en su aplicación es tan estricta y justa que numerosos
concejos de ancianos de tribus africanas y caribeñas han
pedido enviemos un leguleyo para que imparta los conocimientos básicos
de tan armónicos mandamientos.
Nosotros no andamos con paños tibios ante los infractores
de la ley. Ni siquiera con aquéllos que la infringen por
desconocimiento, cabronadas sutiles, embeleques traviesos, tíos
en las alturas, amantes de pan por cama o diplomas acreditativos
de haber lanzado piedras a las jutías que poblaban la Sierra
Maestra allá por el año 1959.
Cuando no les aplicamos una ley, les sonamos un decreto, los aterrillamos
con un mandato, los fundimos con un código, y si joden demasiado
dictamos un úcase, establecemos una norma fuera de lo normal
o los hacemos polvo con una prescripción. ¡Y nada de
reclamaciones ni plebiscitos que atenten contra nuestras reglas
y costumbre de amar al prójimo casi como a uno mismo! En
eso de hacer cumplir la ley somos detallistas, minuciosos, machacones
y violadores.
Buena cuenta de ello pueden dar los vendedores ambulantes de mamoncillos,
limones, aguacates y cilantro, productos que por estar fuera de
la estación revolucionaria, su comercialización en
la vía pública y sin patente daña la capa de
ozono, impide el desempeño de los recogedores de escombros
en la capital y atenta contra el aroma de las aguas albañales
que por causa del bloqueo norteamericano irrigan nuestras calles.
No le dejamos ni un huequito a las ilegalidades. Los huecos revolucionarios
son para las libertades, los salarios, los techos de las viviendas
y los zapatos de los más fieles cumplidores de las leyes
de nuestro país. ¡Nada más!
Ante la ley, en Cuba hay que quitarse el sombrero, o en su defecto
la gorra con el logotipo de los Marlyns de la Florida o de los Yanquis
de Nueva York.
Nada de quepis o bolcheviques que nos recuerdan aquellos bolos
redomados que nos dejaron en la estacada para vivir en la anarquía
política y estomacal.
Y mucho menos el jipi-japa panameño que nos trae a la mente
a la Moscoso, ni el tejano ingrato que alguna vez protegió
a Bush de los rayos del sol, y nada del ranchero de México,
que nos huele a Fox. ¡Y nunca, pero nunca, requetenunca, un
sombrero torero que nos recuerde a José María Aznar!
¡Solavaya!
¡Preferimos usar un hongo boliviano con la imagen de Evo
montado en llama con séquito acompañante de indígenas
aymará por el altiplano próximo al Lago Titicaca!
Pero volvamos a nuestras leyes internas. Es tanta la preocupación
por el bienestar y la privacidad del cubano que tenemos leyes para
controlar cuanto movimiento social, del cuerpo o de la mente tenga
un libre habitante de nuestra nación.
Aquí no vale eso de movimientos cristianos, armonías,
derechos humanos, periodistas y sindicalistas independientes ni
la cabeza de un guanajo, que como algo alternativo o contrario a
los vaivenes de la revolución intenten cambiar o perturbar
el rumbo hacia la sima de nuestro proceso.
Tampoco el cuerpo puede estar liberado de leyes y restricciones
comunistas que impidan el despelote lascivo, el intercambio carnal,
el transporte de polvos y otros gajos que acorten o precipiten el
paso de nuestra juventud hacia el más allá de las
aguas territoriales cubanas.
Y de la mente, ni hablar. Debe estar en reposo, sincronizada al
sistema electro energético nacional de ideologías
y pachangas barrioteras sin importar los apagones políticos,
la falta de capacidad para generar cambios, o de lo contrario quedarán
fuera de servicio dentro de sus casas, o retenidos en un calabozo,
una cárcel u otro sitio donde aguardar la libertad de pensamiento.
Todo por su bien, porque transiten por el camino correcto, la ruta
menos conflictiva y el trillo que más pronto lo acerque a
nuestra decisión de andar sólo de moscas por los basureros
del capitalismo real, y no de zánganos ni de urracas por
el improvisado y con remiendos que nos ha impuesto la testarudez,
la duda y el sentido patriarcal de no dejarlos desprotegidos frente
a la vida.
Es tanta la preocupación, el afán por cuidar a nuestros
ciudadanos, que hasta dictamos leyes y creamos brigadas de buscadores
de nuevos de mosquitos en cuanto vaso, copa, palangana o tibor contenga
en un milímetro de agua una malanguita, un girasol o aunque
sea un gajito que sirva de escondite a estos malhechores.
¡Y ay del ciudadano que no abra ante el toque respetuoso
y semanal del cazador de mosquitos o le impida rastrear dentro del
escaparate, debajo de la cama, detrás de los cuadros, en
las partes falsas de los pisos o techo y también en el interior
de sacos, cubos, ropa sucia y otros posibles escondrijos del enemigo!
Lo multamos, le decomisamos los recipientes, las plantas, y lo
acusamos y juzgamos por exponer al pueblo a una posible epidemia
dengosa y matarife que nos afecte el índice de morbilidad
nacional. ¡Primero muertos que desprestigiados!
Pero como el ejemplo más elocuente de la estricta aplicación
de la ley, les expondré un hecho que me sucedió y
que demuestra el nivel de solidaridad ciudadana y la eficiencia
a la hora de aplicar las leyes mostrada por las autoridades.
Resulta que soy un migrañoso de campeonato. Un tipo al que
su moropo se le cuartea en mil pedazos, la lengua se le seca y los
ojos le hacen cabriolas como a un chivo con tontera en vísperas
del chilindrón.
Basta con que una gota de agua caiga sobre una plancha de zinc
para que me tape cabeza y todo y sienta como que los hunos de Atila
y los otros de bicitaxis con reproductoras se persiguen a lo largo
y ancho de mi cacumen, me mueven la silla turca, hacen una hoguera
en mis parietales, fabrican hondas con mis neuronas, cavan trincheras
en el occipucio, y al final dinamitan la parte frontal para ver
estallar en mil pedazos los millones de nervios precocidos, desgastados
de tanto buscar el silencio protector.
Y es ahí, en ese preciso instante, donde entrar a jugar
su rol la solidaridad humana y el predominio de las leyes.
Mi vecino, alias El Bacán de la Vida -prototipo del hombre
nuevo revolucionario que limpia, friega, cocina, lava, baña
los niños mientras su esposa cumple con su trabajo de atender
al jefe en una recepción y otras acciones colaterales (horizontales
o verticales)- pone desde las siete de la mañana un bembé
digital en su reproductora, que con su tamboreo, rezos y asesú
yemayá me suelta de flai en un bosque de Nigeria donde veo
miles de nativos danzando a mi alrededor, cada uno golpeándome
la cabeza con un coco seco.
Pasada esta sesión de santería, a las doce meridiano,
antes de recoger a la niña en la escuela, me pone a viajar
con Roberto Carlos por la carretera rumbo a Ipanema, Recife o Minas
Gerais, pero siempre a toda voz y sonando el claxon estridentemente
para espantar a los Sin Tierra que vienen a tomar otra hacienda
abandonada por los colonos.
Luego de quince minutos de descanso, llega y me hace partir hacia
Suecia con los ABBA, recula a toda voz para Inglaterra y me suelta
una ración enlatada de los chicos de Liverpool, para ya al
atardecer, recorrida medio Europa, desembarcar en la Insula de Bullataria
(Cuba) y darme una terapia de salsa, son, hip-hop, regaee y dendón
que hacen que me tiemblen hasta las costillas.
Ante mi ruego de que baje un poquito el carnaval, o el de la vecina
que tiene un niño recién nacido que se contorsiona
en la cama con el ruido cual una anguila eléctrica, además
del hijo de la anciana que recuerda que su madre está conectada
a un balón de oxígeno y sólo esperan que aguante
48 horas, El Bacán, como todo perdonavidas revolucionario
y jovial, decide apagar el artefacto sonoro a las cuatro de la mañana,
hora en que llega su esposa del intenso intercambio con el jefe.
Pero su insistencia por alegrarnos la vida es tan pertinaz como
el deseo de algunos por conservar el poder, y a las siete en punto
vuelve a sus andadas y repite la historia del día anterior.
Apenados de tanta alegría y felicidad, enviamos alrededor
de 24 cartas a la sección Acuse de Recibo del Juventud Rebelde,
y como siempre, la buena orientación, el justo llamado a
la cordura, la justificada clemencia con el temperamento afro latino
o en último caso la enumeración de cuantas leyes se
dictan para evitar que cunda el ruido más allá de
los 50 decibeles.
Con el periódico en la mano, las leyes y decretos en la
otra, el hijo de la vieja busca al policía, quien le responde
que El Bacán es un hombre revolucionario, chévere,
que participa en las tareas del Comité y por demás
alegre, compartidor, lo que nos obliga a no ser tan amargados y
disfrutar la vida.
Satisfecho con las respuestas, en vez de buscar un lugar oscuro
y sin ruidos como me recomendó el doctor para las crisis
de migraña, decido cederle a la anciana mi tumba en el Cementerio
de Colón luego de concederle al hijo la Ley 81 del Medio
Ambiente para que haga una antorcha que alumbre su camino, y me
taponeo los oídos con una copia del Decreto 141-88, de Contravenciones
del Orden Interior.
El Código de Vialidad y Tránsito se lo dono a la
madre del niño para cuando suene un claxon, sirena, silbato
o equipos de audio a un volumen que moleste, lo humedezca y limpie
a su bebé.
Lo demás, basta con leerlo en la prensa: Cuba es un país
de ley, y pobre del que ponga en duda este criterio.
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