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Nefasto el sindicalero
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, diciembre - Los chequeos de emulación en los
centros de trabajo cubanos son como un poema épico. La Ilíada
y la Odisea del invidente Homero narran simples escaramuzas al lado
de las batallas de nuestros gladiadores en su lucha por el pan y
el ventilador, el par de botas Centauros y un televisor Panda, aunque
de forma similar: arde Troya.
Aquí la poesía de arrabal, el verso indócil
sobre las cualidades del rival toman alturas metafóricas
inigualables, listas para lidiar de tú a tú con el
más rebencúo de los dioses del Olimpo comunista.
De nada vale que Croquineida Pérez estuviera seis días
sin dormir remendando pantalones para los cañeros; dos sin
tomar agua por tal de que floreciera una mata de bleo en el mismo
lugar donde hace unos años se animaba un mambí con
buches de cachánchara, ni que renunciara a la maruga eléctrica
donada por una argelina, con el fin de beneficiar a una compañera
que había dado a luz trillizos.
Ella, siendo militante del Partido Comunista, cometió tres
de los siete pecados capitales prohibidos a un perfecto revolucionario
aspirante a un estímulo: se carteó con su padre opositor,
asilado en Alaska, paseó en un automóvil con un periodista
extranjero por las márgenes del reparto El Fanguito y faltó
a dos marchas combativas cuando sólo tenía enyesado
uno de sus pies, vendadas las dos manos, y adornaba su cuello una
minerva griega.
¿Debía o no debía el compañero Ambrosio
invalidar su sueño de tener o no tener -hemingweyanamente-
una olla de presión? ¡Debía! Porque los militantes
comunistas deben marchar con la nariz cuando no pueden con los pies,
caminar con los codos si los "antimiñones están
faos" -como llama el filósofo Carmelo Díaz Fernández
a las extremidades inferiores dañadas- y hasta arrastrarse
si es preciso por llegar a la meta, con el pellejo hecho girones,
pero la moral bien alta.
Otro de los casos en que la justicia laboral y los principios de
equidad se impusieron a las mezquindades humanas, a los dimes y
diretes de algunos trabajadores abiertos como el mar, a desperdicios,
fue el del compañero Marxlenin Dimitrov Pompa-Verde (alias
El Pingüino), quien a pesar de su meritoria labor de trabajar
en calzoncillos dentro de un frigorífico dejó de cotizar
para las Milicias de Tropas Territoriales, se volvió remolón
en el pago de la cuota sindical, y dice no participar en trabajos
voluntarios que no se desarrollen en el Polo Norte o la Patagonia.
Este compañero fue defendido a capa y espada por una quinta
columna de obreros que nos acusaron de injustos por elegir como
la mejor trabajadora del año a la secretaria del jefe, la
señora Dadora Alegre del Pozo, quien además es hija
del secretario general del ramo y nieta de un antiguo ministro del
sector, razones suficientes para evaluar una trayectoria familiar
sólida y entusiasta en los vaivenes de la entrega de estímulos
por un sindicato.
Los confabulados, haciendo uso del derecho a expresarse con libertad
restringida, algo así como una lengua con movimiento extrapenal,
dijeron que si El Pingüino había cambiado en su carnet
de identidad el color de la piel, de negro por morado -debido a
los años de andar en calzoncillos a temperaturas bajo cero-
fue víctima de seis pulmonías, la pérdida del
cabello, la caída de las uñas, y se le nubló
la visión por tanta escarcha traidora helándole los
ojos como al pescado en tarima, él era el merecedor del derecho
a comprar un abrigo y a pasar un fin de semana -con todos los gastos
pagados y una esquimal como acompañante- en el hotel para
trabajadores vanguardias Baldón del Caribe.
Pero esa microfracción de facinerosos subversivos no tomó
en cuenta lo expuesto por los integrantes de la presidencia del
chequeo, quienes atados a los preceptos de justicia revolucionaria
deben premiar no el sacrificio físico, la productividad ni
el nivel de calidad del trabajador, sino sus cualidades patrias,
su entrega incondicional a nuestra ideología y su participación
en marchas, mítines, recogida de pomitos vacíos, cartones
enfangados, sellos de cartas desahuciadas, tubos de pasta dental
desechables, y sobre todo mantener un mural actualizado con los
logros de Cuba y las desgracias que ocurren en el universo.
También se toma en cuenta la disponibilidad a cumplir misiones
internacionalistas amaestrando abejas asesinas africanas, sanando
hormigas locas por las palizadas del río Nepo y vendiendo
pirañas a los guardadores de parques con lagunas, riachuelos
y otros aguachales violados por los depredadores del medioambiente
y los comerciantes de agua embotellada.
Ante tanta diafanidad, buen comportamiento ético y demostrada
imparcialidad de los responsables de los chequeos de emulación,
resulta preocupante una carta dirigida por el señor Jorge
García Reyes sobre el mal manejo de su elección como
mejor trabajador del año en el Departamento de Control Químico
en la empresa azucarera Jesús Menéndez. Por culpa
de la insidia, el extremismo y las protestas de este trabajado,
un periodista dijo que "se está fulminando de muerte
el entusiasmo de ese obrero esforzado".
Y cuando se habla de muerte o fulminante, estamos en peligro.
Pero lo que más me duele es que toda esta alharaca es porque
a la responsable del sindicato de su área se le olvidó
informar al buró de la empresa que el señor Jorgito,
de 68 años, había sido seleccionado el mejor trabajador
de su departamento en la zafra 2003-2004.
Pero, ¿acaso no se le olvidó a Cuco Cuchillo que
matar una vaca, aunque fuera en defensa propia, le costaría
20 años de cárcel?
¿A Osvaldo Rodríguez no se le olvidó y perdió
el bastón, y tuvo que ir a Miami a comprarse otro para seguir
andando y cantar que viva mi bandera viva nuestra nación,
viva la revolución?
¿Nana la computadora no dejó de reportar el salario
de más de 500 trabajadores de la fábrica de fuegos
fatuos?
El señor Jorge tiene que entender que somos humanos, y sobre
todo cubanos bajo una invasión de estrés imperial,
granos de soya e hilachas de tamarindo suministrados en medio de
un plan alimentario ejemplar. Y todo porque la compañera
del sindicato tuvo la gentileza de informarle que por esta anormalidad
no tenía derecho a los estímulos que se otorgan por
esa elección.
Pero no le bastó la cortesía informática de
la líder sindical Santa Preocupadota de los Trabajadores
Afligidos por las Violaciones a sus Derechos Sociolaborales y Sindicales.
Terco como un mulo, este trabajador acudió al secretario
general del sindicato de la empresa, al de la provincia y a todos
los dioses del panteón sindical cubano, de los que obtuvo
la misma respuesta: ya no se puede hacer nada, tiene que esperar
al año que viene, pues se eligió a un nuevo trabajador
ejemplar para que la entidad no pierda los estímulos.
¿Quiere mayor eficiencia que ésa? ¿Ha visto
decisión más objetiva, medida tan buena, despojo con
tanto tino?
Nunca jamás.
Por eso no es justo el reclamo del compañero Jorge, y menos
calificar de irresponsables a quienes de una forma u otra, se lo
mereciera o no, premiaron a un trabajador.
Esa es la labor de un verdadero sindicalista revolucionario, dar
el estímulo a cualquiera, pasar por alto los errores, olvidar
las penosas obligaciones, no vincularse al trabajo productivo, y
sobre todo velar porque no elijan a ningún trabajador honesto,
pues suelen ser intolerantes con las bondades y desaciertos de un
digno administrador o militante del núcleo del partido.
Analizado el caso y resuelto el problema, hasta el próximo
chequeo de emulación, que ahí vendremos con más
de lo mismo.
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