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Confu-ciones con salsa china
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, diciembre - Ahora sí estamos salvados. El médico
chino, Ho Dhen Tin, nos recetó un chop suey con dragón
y níquel que acabará nuestras penurias económicas
al convertir los brincos atrás de la revolución en
saltos adelante.
Cómo cambia la vida. Hasta los narras que viven en Cuba
cogen cajita por montones.
¿Quién iba a pensar hace treinta años que
un chinito con un sombrero deshilachado, pantalones llenos de parches
y alpargatas de telón de circo cubriendo sus enfangados y
entumecidos pies dejaría el huerto de coles y pepinos, las
fondas sin fondos ni para respirar o el tren de planchado en un
municipio cualquiera de nuestro país, y se convertiría
en un exitoso empresario de celular y auto, con mulata incluida?
Nadie imaginó que de aquellos culíes harapientos
que desembarcaban a chorro o a cuentagotas por los puertos cubanos
-con una mano atrás y otra delante- nacerían las culonas
de ojos rasgados que hoy inundan la realidad isleña con salsa
china.
Ver para creer. Pero siquiera pensar más allá del
texto de una canción infantil cantada por mi hermana, de
que "un chino cayó en un pozo, las tripas se hicieron
agua, arré pote pote pote, arré pote pote pá"
era un acto subversivo por inimaginable.
Además, estaba aquello de los mandarines sin mandarinas,
la Ciudad Prohibida, las confusiones de Confucio y otras cosas torcidas,
como la popularidad sin límites de Chan Li Po.
La Gran Marcha de Mao fue como una Gran Muralla con aspilleras
para verlar si los chinos reprimían o hablaban en serio por
aquello de no quedar fritos como su arroz.
Y entre denziaopines y tianemenes llegó el milagro: China
es una potencia económica mundial.
A nadie le importan los métodos empleados, las soluciones
macabras ni el teje y maneje con el asunto de los derechos humanos,
que traen consigo alimentarse, vestir, pensar uniformemente aunque
sea a palito limpio por eso de las tradiciones (chinas) y las traducciones
(comunistas).
Lo importante es que tienen. Y dan. Ni Lu Sin en su Diario de un
loco hubiera pronosticado tanta aceptación de un país
que, como China, ha dado tantos aportes y apartes a la historia
universal.
Y mucho menos "Li pen-sar" que de amarillo se tornarían
en rojos -ideológicamente- y verdes a la hora de salvar su
economía y conservar el poder por los siglos de los siglos.
Amén.
Lo chino está de moda. Beijing es Nueva York hablando en
pekinés, y Shangai un espejo embrujado donde quieren mirarse
todos los gobiernos de países del Tercer Mundo.
La célebre modista Bhien Them Plá impone sus diseños
de dragones y serpientes en los más exóticos y cotizados
salones de la moda en París, y el papalotero Ta Thos Tao
empina sus cometas Barrio Adentro en Venezuela.
El dietista Zhe-Un Chan Chón pronostica que la mariposita,
el pollo Tip-pan (empanizado con almendras y maní), el Chop
Meen (tallarines salteados con vegetales) y el Sha Siú (carne
de cerdo ahumada) sustituirán el gusto de los gourmet franceses
e italianos y regenerarán al mundo a base de chopa china
y arroz frito.
Por su parte, los gobernantes, los artistas y escritores, sólo
alaban a Den, cortejan a Bhien Un Tao y gritan contra quienes reclaman
que la veleidosa danzarina Li Bher Thá sea invitada a quedarse
durante las celebraciones de un Nuevo Año Lunar.
Nosotros, para empezar a chinarizarnos, veneramos a los Tres Chinitos,
damos vivas a la sociedad Lung Kong (Loma de Dragones) y nos alimentamos
de To Tha Fú, receta imprescindible para ejercitar la mente
ante los que nos caerá encima.
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