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De casta le viene a El Ñuelas
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, diciembre - La integración racial en Cuba es
una realidad. Las desventajas sociales derivadas del racismo son
sólo un mal recuerdo ilustrado en los libros de texto escolares
u oídas en una que otra expresión callejera, y no
más.
Basta con recorrer un solar habanero para ver alrededor de trescientas
personas de la raza negra convivir familiarmente con siete blancos,
o que tienen un pariente en la galera de una prisión nacional,
para conocer que allí purgan sus penas, hermanados, tres
blancos y setecientos negros.
También podemos lanzar una mirada a los medios audiovisuales
del país, donde decenas de prietos, sin ningún tipo
de discriminación racial, proyectan sus roles protagónicos
como esclavos, delincuentes, criados, boxeadores y hasta músicos,
mientras que un solo blanco hace de burgués, gerente o genial
compositor.
Si nos detenemos a sumar, la proporción es ventajosa a nuestra
raza, pues sólo dos chinos aparecen comiendo chícharos
con palitos en un comedor familiar de la comunidad.
Y ni hablar de la integración política, donde si
bien no logramos la cantidad requerida de representantes, sí
exigimos la calidad del color, y escogemos al más retinto
de los negros para que luche por los intereses de la raza entre
una mayoría blanca, de mestizos dudosos y de negros deslavados
con cremas, pelambres injertadas y miradas con lentes tonalidad
fondo de mar.
Acá sí que no hay racismo. Miremos si no el caso
de Juan Pirindingo, El Ñuelas, que aún siendo más
negro que las alas de un totí lleva en su sangre y su expediente
la piel de un cantaor de pura estirpe flamenca.
Nacido en un solar conocido como El Harén del gallego Pitufo,
y criado por un abuelo senegalés y una abuela mozambicana
educados en la Isla de la Juventud -sus padres emigraron a los Estados
Unidos a combatir el racismo- Juan Pirindingo tuvo una infancia
feliz entre lagunas de aguas albañales, apagones ruidosos,
una que otra cuchillada al aire, toques de tambor, malas palabras
y zopapos, entre otros ingredientes de la riqueza cultural de las
ciudadelas.
Pero jamás tiró hacia El Monte de Lidia Cabrera,
a los orishas ni al guaguancó, pues sus padres le dejaron
como herencia un par de castañuelas y una pandereta, obtenidos
a cambio de sus labores sociosexuales de una gitana lucumí
y de un comunista protestante de paso por El Harén del gallego
Pitufo.
Y desde la cuna comenzó su amor por el tablado. Construída
con los restos de la madera de la bodega Ubre Blanca, devastada
por un toro en celo, su lecho primigenio y sin colchón sirvió
para que el niño, entre orines y otros residuales, diera
sus primeras patadas acompañado con los instrumentos representativos
del folklor de la madre patria.
Mientras el resto de los niños del solar entonaban electrizados
los cantos a las deidades africanas a ritmo de batá y de
la yuca, Pirindingo ganó el mote de El Ñuela por hacer
de ese mínimo instrumento traqueteante y musical -la castañuela-
su juguete preferido.
Estimulado por unos abuelos que llevan en sus genes los ojos azules
y el amor por la fabada y el sexo de un negrero andaluz, El Ñuelas,
entre abucheos y el señalamiento injusto de sus congéneres
del solar, fue perfilando su cante jondo y sus zapateos con la mulata
Lola Mondongo y el jabao Diego El Picada, quienes a cambio de no
tener que lavar más vísceras de puercos ni picar más
cigarrillos ni pesetas, respectivamente, accedieron a su formación
artística integral.
La cama de un camión convertida en tablao, iluminada con
candiles y mechones en el lugar de las candilejas, por una linterna
cual un seguidor y por un mantel de la rusa Katiuska Perestroika
como bambalinas, fue el primer escenario donde El Ñuelas
mostró sus dotes.
Alaridos de júbilo lanzados por sus abuelos y mentores del
arte, gritos de mofa y uno que otro pedazo de pan con pasta arrojados
al escenario, premiaron su debut y su interpretación de La
Zarzamora con aire de flamenco.
Captado luego para la escena por los instructores de arte del vecindario,
El Ñuela se fue fusionando a los aires y decires, broncas
y promesas de contrato, y el negrito del solar llegó a la
cima: obtuvo un viaje a Sevilla -poblado de la provincia Granma-
como utilero del conjunto de bailaores y cantaores Tras las Huellas
de España.
Desde ésta, su primera gira artística, El Ñuelas
enseñó sus credenciales de integralidad, al limpiar
el escenario, acomodar los instrumentos, dar la voz de listos, en
punta, ya sale el espectáculo, además de repartir
la merienda y aplaudir hasta el ardor desde lo más profundo
del telón de boca, a las cinco parejas de blancos y a cuatro
músicos del mismo color, sus iguales en la búsqueda
del filón cultural ibérico.
Transcurridos sólo cinco años, ya El Ñuelas
hace coros en off y sale al escenario cuando la luz se apaga.
Los rotundos éxitos en la carrera artística de el
Ñuelas demuestran que están equivocados quienes dicen
"andamos juntos, pero no revueltos", aunque el totí
cubano cante mejor que el canario andaluz.
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