12 de enero de 2005
 

 

Hacer el humor con preservativo

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, enero (www.cubanet.org) - Los "humorólogos" cubanos han llegado a la conclusión de que hacer el humor puede ser más peligroso para el individuo y la sociedad que hacer el amor sin condón.

Luego de un exhaustivo análisis sobre las consecuencias de las penetraciones desprotegidas (ideológicamente) que traen aparejados los encuentros humorísticos sin control, se ha dado la señal de alarma para el uso obligatorio del preservativo político ante la inminente amenaza de una epidemia satírica.

Hacer el humor y no la guerra (de los chistes) es el llamamiento que hacen las autoridades y especialistas de sanidad argumental a los practicantes de la contagiosa broma, el urticante sarcasmo y la guasa infiel, pues ya es hora de poner coto al promiscuo choteo, la jodedora burla y el insaciable ludibrio.

Si pensamos en las horripilantes palabras expresadas por el pastelero Willi Coopy de que a través del humor se anuncia la Decadencia y Caída de Casi Todo el Mundo, se nos pone de punta la jarana, se atraganta el juguete y se nos cae de temor la mojiganga.

Por eso, y atendiendo a las indicaciones escritas por el humorólogo Antonio Paneque Brizuela para el solemne Granma, es preciso que "el chiste tenga un acomodo adecuado a normas tan elementales como la decencia, la educación formal, el pudor, los códigos colectivistas y las convenciones sociales y los códigos de signo político-social", entre otras vacunas antirisas elaboradas en la empresa Seiresón con censura y tecnología de punta.

Hoy resulta estimulante constatar el grado de apego a estos preceptos que muestra una gran parte de la población.

Basta con escuchar a un grupito de adolescentes y adolescentes al salir de la escuela luego de una clase de educación sexual -explícita y comunicativa- para comprender el rubor emotivo de la casta decencia. O disfrutar cómo se le grita tarrú a un amigo en medio de una plaza, pero seguido de "tengo el libro de buenas costumbres que me pediste", como señal inequívoca de cultura expresiva, respeto al transeúnte, amor al prójimo y educación formal.

Asimismo, soltar al aire cual palomas mensajeras todo el repertorio de palabras obscenas dichas desde el primer hombre pisoteado por un mamut, repetidas con variaciones por un indio comanche atropellado por una diligencia y perfeccionado al máximo en sonido, color y representación gestual por alguien cartereado en un transporte urbano, son ejemplos de la evolución, la confraternidad, el respeto y el desenfado de los cubanos, como símbolos de pudor y gallardía sin igual.

En cuanto al respeto a los códigos colectivistas, los convenios sociales y los códigos de signos político-sociales, que Dios baje a la tierra y nos coja confesados.

Ahí sí hay afinidad de criterio expresivo, mesura equivalente al mover la cadena pero sin tocar el mono y un huye si te cogen hablando cascarita de piña, de forma respectiva.

Es por eso que resulta insultante escuchar a los humoristas con chistes de pinareños, razas, prostitutas, emigrantes, viajes al extranjero y otros temas que indican pobreza creativa.

Se precisa hacer chistes sobre los romanos, las costumbres de los habitantes de Katmandú, el quehacer de un alfarero egipcio, una vendedora por cuenta propia hawaiana y, sobre todo, reírse hasta morir con los fracasos yanquis, ya sean reales o inventados.

Hay que diversificar la risa, cultivar el contenido y guardar la trompetilla artera y abismal para los rivales políticos.

Como dijera un doctor en carcajadas, "se puede hacer humor revolucionario, incisivo, crítico, sin ser un humor envenenado, ponzoñoso".

Ante una bendición tan grande para la libertad creativa, debemos interiorizar que ya sea en un solar, en el vientre de un camello, en un teatro o en la cola del pan, el cubano tiene derecho a explayarse en chistes verdes, alusiones rojizas, pero jamás desprotegido ideológicamente, por aquello de que si hacer el amor sin condón provoca el sida, hacer el humor sin preservativo político es causante del SALE (del trabajo, el centro de estudios o de quién sabe dónde), como una medida profiláctica para lograr la risa sana entre la población.