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El Club de los Pobres Diablos
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, enero - "Desde el fondo de ti, hecho pedazos, un
reguetón duro como tú, nos grita", puede ser
la poética exacta que defina a un cubano de marca. Marca
en la cola para el pan, la feria del ajo porro, el libro de Los
Siete Caminos, la notaría internacinal, el sorteo de visas,
pero en fin, marca.
Marcados además por el complejo de esponjas, por el laborioso
empeño de frazadas para trapear -sin exprimir- esta modalidad
del cubano jubiloso y bullanguero se caracteriza por deglutir y
asimilarlo todo. Y ¡ay! de quienes no compartan sus sueños
enajenantes, su sensibilidad cursi-callejera o sus espantos rítmicos
ante la canción de moda.
Los aíslan, atropellan y hasta crucifican de encontrar los
clavos y la madera para su empeño educativo musical, en el
honesto afán de que aprendan a valorar lo bueno.
En los últimos meses se ha dado un fenómeno cultural,
si bien con precedentes sonoros y textuales, jamás con la
pasividad del actual: el reguetón.
Otro ritmo extranjero y una canción de moda desbordan los
balcones donde fallecen en espera de relevo las sábanas blancas,
hacen volar la calma desde las reproductoras de los autos y bicitaxis,
provocan que se queme el cerelac en las cazuelas hogareñas
y hasta impiden que los tomeguines y los gorriones en los parques
ejerzan su derecho a la libertad de expresión.
Ante el empuje y poder de convocatoria de la canción conocida
popularmente como Pobre Diabla, quedan prohibidos por antimusical
y desafinado, respectivamente, El concierto de Aranjuez y Luciano
Pavarotti.
Se le dan tres días a las emisoras radiales para sacar de
programación, por obsoletas, las canciones compuestas por
Agustín Lara, Armando Manzanero y Chabuca Granda, no importa
que las interprete Pedro Vargas, Andrea Bocheli o Plácido
Domingo.
Quedan suspendidos hasta nuevo aviso un recital de Elton John,
un programa especial con los Beatles y las actuaciones en vivo -transmitidas
por la televisión- de la soprano Monserrat Caballet y el
tenor José Carrera.
También se suspenden -por la proximidad de un festival de
reguetón y la necesidad de escuchar y asimilar políticamente
el texto de Pobre Diabla- las audiciones de Ray Charles, Chucho
Valdés, Lola Flores, Celín Dion y Bola de Nieve, entre
otros que como Frank Sinatra y Eros RAmazotti no saben nada de textos
y mucho menos de melodía.
Y ni hablar del concierto de Frank Hernández, la Orquesta
Sinfónica de Londres y el Quinteto de Cuerdas de Berlín,
pues constituyen un atentado contra la evolución rítmica
de la música.
Para lograr su objetivo, los fans del Club de los Pobres Diablos
diseñaron un plan con requisitos que exigen tener de cero
a 100 años, ser cubano, sordo -o en su defecto duro de oído-
no pensar, y si lo hacen que sea poco y sobre gastronomía
y vestuario y, sobre todo, defensor de su espacio sin pensar en
el derecho al descanso de los demás.
También comprende la participación de miembros del
Club en el programa Diálogo Abierto -lunes de Cubavisión-
donde un especialista hablará sobre su libro Presencia y
derecho a la chabacanería en la música popular cubana
de todos los tiempos, como muestra de que hasta Ñico Saquito
fue tildado de grosero en su época, y sin embargo hoy su
"cuidadito compay gallo" canta en un museo de música
colinial.
No hay dudas de que la masificación de la cultura de corral
está dando sus dividendos, pues hasta los animales brincan
de júbilo cuando escuchan a toda hora las aventuras, venturas
y desventuras de una pobre diabla por las calles de La Habana y
del resto del país.
Se materializa el concepto de que toda persona en el socialismo
lleva un músico, un loco y un poeta dentro, que aunque sean
de quinta categoría tienen derecho a soñar y a esculpir
sus cualidades creativas en el horizonte sonoro, siquiátrica
o editorial de Cuba.
Además de todo eso, el Club de los Pobres Diablos lanzará
al mercado -negro- el perfume El Diablo Tun-Tun, las zapatillas
Danza con Mefistófeles, los cigarrillos El humo de Belcebú,
y obsequiarán con tarros y colas -no los tradicionales y
trágicos- a los primeros compradores.
Al que mayor compra realice se le hará entrega del Gran
Souvenir Tridente Fatal, alegórico a la música, la
locura y la poesía que llevan dentro -y por desgracia a veces
se les escapa- estos avezados seguidores de la calidad.
Así que hagan cola, señores, conviértanse
en cubanos de marca e integren el Club de los Pobres Diablos, si
quieren ser nominados a los premios Oído Musical del Año
o La Voz del Estruendoso Intelecto, auspiciados por quienes más
saben y se sensibilizan ante un ritmo y un texto para respetar.
Hagan cola, señores, las inscripciones están abiertas
en toda Cuba.
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