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Piratas en la Isla
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, enero - En Cuba no sólo existen piratas informáticos,
sino también cervecéricos, confitúricos, quesocrémicos
y cigarríticos, entre otros tipos de filibusteros fuera de
la ley.
La mala influencia dejada por el pirata francés Gilberto
Girón al secuestrar a Fray Juan de las Cabezas y Altamirano
en el año de gracia de 1604 dejó pelados los potreros
del hato de Yara, pues sólo exigió carne de res para
poner en libertad al atribulado obispo.
Esta manía por la carne ante las dificultades para obtenerla
quedó arraigada en el acervo cultural de los cubanos, y hoy
provoca ciertos desmanes, si bien acordes con la realidad actual,
no menos riesgosos y sofisticados en su propósito para obtenerla.
La hermandad surgida entre filibusteros de algunos solares, corporaciones,
empresas y establecimientos estatales diseminados por todo el territorio
nacional ha puesto en alto la bandera de la calavera sobre fondo
negro que ondeaba en el mástil de los veleros capitaneados
por Henry Morgan y Jacques de Sores, entre otros hermanos de la
costa convertidos en corsarios de todos los colores gracias a la
imaginación y perspectivas para el marketing del escritor
italiano Emilio Salgari.
Transcurridos varios siglos, los émulos de los reyes del
pillaje sustituyen la nao marinera por una bicicleta china forever,
el arcabuz por una firma, la cimitarra por el serpentín y
el valor por la astucia para diezmar a sus víctimas, no ya
en la pintoresca isla de La Tortuga, sino en la despintada isla
de Cuba o de Las Cotorras.
Alfonso Levadura, un corsario probado en las galeras del Combinado
del Este luego de su ejercicio como capitán de una flota
(de camiones), se convirtió en el azote de los mares de cerveza
adulterada al ser rescatado por un abogado de la hermandad.
Durante un genial abordaje piratesco perpetrado contra las propiedades
de Carlos III -el mercado de Centro Habana-, Alfonso Levadura logró
introducir varias tripulaciones de bucaneros en los almacenes y
kioscos del palacio real del dólar, acción que provocó
abundantes diarreas, exquisitas subidas y bajadas de presión,
candorosos mareos y sorpresivas náuseas entre los concurrentes,
obligando a los capitanes y tripulantes de restaurantes y tiendas
a dar la voz de ¡Barcooo a la vista! ¡Nos abordan los
inspectores! ¡Preparen mortadellas, maltas y perfumes! ante
el estrago causado por los falsos piratas.
Detectado el mal, vaciados los bolsillos de los usuarios, a buen
resguardo la recaudación, se ordenó parar la venta
de un bucanero que, pese al parche en un ojo, el trapo en la cabeza,
su pata de palo y la calidad de la nave en que viajaban, resultó
más falso que un manual de marxismo a la hora de su ejecución.
Por otra parte, contamos con otras destacadas y destacados contrabandistas,
corsarios, bucaneros y filibusteros que se mueven entre las aguas
tropelosas y albañales de las calles Galiano y San Rafael,
y en los palacios de Aldama, del Conde Cañongo, así
como en las vetustas ruinas del Castillo de Luis, convertido en
posada y luego clausurado por el real decreto de una comisión
de inspectores de sanidad ambiental.
Pero como en Cuba existe la igualdad de oportunidades sin distinción
de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política,
origen nacional o social, posición económica, nacimiento
o cualquier otra condición, entre tanta fantasía y
poder de imaginación, las mujeres también tienen derecho
a contrabandear.
Veamos si no la destreza, poder de síntesis, grado de concentración
y multiplicidad de géneros empleados por tres de nuestras
conspicuas bucaneros a la hora de fabricar productos aptos para
el consumo nacional. Yeya Caramelo es un as a la hora de fabricar
confituras. Su maestría la lleva a constantes innovaciones
que incluyen el estudio de anatomía patológica, efectos
de las hierbas y los polvos, dureza del cerelac y el boniatillo,
agarre del coco rayado, influencia de la mermelada de guaya-fongo
(guayaba con plátano burro) y política de precios
en el mercado de la oferta y la demanda subterránea.
Sus bombones de chocolate -envoltura de cerelac, relleno con coco
rancio, boniato jojoto y una pizquita de azúcar y almidón-
hacen las delicias de chicos y ancianos por la módica suma
de un peso, razón más que suficiente para dejar a
un lado los retortijones de barriga que producen y el sabor a yagua
seca que les deja en la boca.
También está Tomasa la Cremosa, ducha en la fabricación
de mantequilla y queso crema luego de un intenso seminario químico
con Hilario Leche en Polvo, o el quesocrémico, trabajador
destacado de una pasteurizadota de la capital.
La Cremosa, como su mote indica, hace una mantequilla como para
chuparse los dedos si diera tiempo a consumirla, pues tiene tanta
agua que al caminar dos cuadras sólo queda la envoltura,
eso sí, de fábrica, con cuño y fotocopia como
garantía de su origen industrial.
En cuanto al queso crema, ni hablar. ¡Qué calidad!
Cuánto amor y humo pone La Cremosa en este artilugio antiquijotesco
por evitar que decenas de personas queden ñatas de tanto
apoyar la nariz contra las vidrieras de una shoping en su vulgar
y utópico deseo de adquirir el producto en moneda extranjera.
Confeccionado con sirope de mantecado, nata de leche para dieta
de ancianos y enfermos o niños hasta los siete años,
crema de arroz americana y una cucharadita de yeso y cal, el queso
crema de La Cremosa es como para repetir de quedar vivo el consumidor.
Y en cuanto a los piratas cigarríticos, ¡excelencias!
Pancha la Tupamara, especialista en tripas, hojas y barreduras de
tabacos y cigarrillos en la fábrica La Tagarnina en Llamas,
resuelve los aprietos de los fumadores empedernidos y compite, en
igualdad de condiciones y mejores precios, con los Criollitos y
Titanes comercializados por el gobierno.
Hay que ver cuántos fósforos decapita y pulmones
ennegrece un tupamaro marca Célebre o un tabaco Coñete
introducidos de contrabando en la red gastronómica de la
capital.
Ni Cubatabaco o Bras-Cuba se acercan a la destreza, gestión
de venta y colocación del producto como lo hacen los cigarríticos
de la hermandad, pese a que cuentan con todos los recursos para
la confección y distribución del producto humoso y
despulmonador.
Estos ejemplos bastan para demostrar que nunca nos quedaremos atrás,
y que si el mundo muestra con orgullo sus mañosos, corruptos,
estafadores y veletas en general, nosotros contamos con insignes
piratas que ponen a prueba, cada día, nuestro veloz aprendizaje
y la capacidad de superar cualquier barrera que se oponga al desarrollo
de estos hermanos filibusteros.
Nuestros piratas serán unos bastardos, pero son nuestros
piratas, y además, con un elevado nivel cultural para realizar
cualquier abordaje.
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