19 de enero de 2005
 

 

Piratas en la Isla

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, enero - En Cuba no sólo existen piratas informáticos, sino también cervecéricos, confitúricos, quesocrémicos y cigarríticos, entre otros tipos de filibusteros fuera de la ley.

La mala influencia dejada por el pirata francés Gilberto Girón al secuestrar a Fray Juan de las Cabezas y Altamirano en el año de gracia de 1604 dejó pelados los potreros del hato de Yara, pues sólo exigió carne de res para poner en libertad al atribulado obispo.

Esta manía por la carne ante las dificultades para obtenerla quedó arraigada en el acervo cultural de los cubanos, y hoy provoca ciertos desmanes, si bien acordes con la realidad actual, no menos riesgosos y sofisticados en su propósito para obtenerla.

La hermandad surgida entre filibusteros de algunos solares, corporaciones, empresas y establecimientos estatales diseminados por todo el territorio nacional ha puesto en alto la bandera de la calavera sobre fondo negro que ondeaba en el mástil de los veleros capitaneados por Henry Morgan y Jacques de Sores, entre otros hermanos de la costa convertidos en corsarios de todos los colores gracias a la imaginación y perspectivas para el marketing del escritor italiano Emilio Salgari.

Transcurridos varios siglos, los émulos de los reyes del pillaje sustituyen la nao marinera por una bicicleta china forever, el arcabuz por una firma, la cimitarra por el serpentín y el valor por la astucia para diezmar a sus víctimas, no ya en la pintoresca isla de La Tortuga, sino en la despintada isla de Cuba o de Las Cotorras.

Alfonso Levadura, un corsario probado en las galeras del Combinado del Este luego de su ejercicio como capitán de una flota (de camiones), se convirtió en el azote de los mares de cerveza adulterada al ser rescatado por un abogado de la hermandad.

Durante un genial abordaje piratesco perpetrado contra las propiedades de Carlos III -el mercado de Centro Habana-, Alfonso Levadura logró introducir varias tripulaciones de bucaneros en los almacenes y kioscos del palacio real del dólar, acción que provocó abundantes diarreas, exquisitas subidas y bajadas de presión, candorosos mareos y sorpresivas náuseas entre los concurrentes, obligando a los capitanes y tripulantes de restaurantes y tiendas a dar la voz de ¡Barcooo a la vista! ¡Nos abordan los inspectores! ¡Preparen mortadellas, maltas y perfumes! ante el estrago causado por los falsos piratas.

Detectado el mal, vaciados los bolsillos de los usuarios, a buen resguardo la recaudación, se ordenó parar la venta de un bucanero que, pese al parche en un ojo, el trapo en la cabeza, su pata de palo y la calidad de la nave en que viajaban, resultó más falso que un manual de marxismo a la hora de su ejecución.

Por otra parte, contamos con otras destacadas y destacados contrabandistas, corsarios, bucaneros y filibusteros que se mueven entre las aguas tropelosas y albañales de las calles Galiano y San Rafael, y en los palacios de Aldama, del Conde Cañongo, así como en las vetustas ruinas del Castillo de Luis, convertido en posada y luego clausurado por el real decreto de una comisión de inspectores de sanidad ambiental.

Pero como en Cuba existe la igualdad de oportunidades sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición, entre tanta fantasía y poder de imaginación, las mujeres también tienen derecho a contrabandear.

Veamos si no la destreza, poder de síntesis, grado de concentración y multiplicidad de géneros empleados por tres de nuestras conspicuas bucaneros a la hora de fabricar productos aptos para el consumo nacional. Yeya Caramelo es un as a la hora de fabricar confituras. Su maestría la lleva a constantes innovaciones que incluyen el estudio de anatomía patológica, efectos de las hierbas y los polvos, dureza del cerelac y el boniatillo, agarre del coco rayado, influencia de la mermelada de guaya-fongo (guayaba con plátano burro) y política de precios en el mercado de la oferta y la demanda subterránea.

Sus bombones de chocolate -envoltura de cerelac, relleno con coco rancio, boniato jojoto y una pizquita de azúcar y almidón- hacen las delicias de chicos y ancianos por la módica suma de un peso, razón más que suficiente para dejar a un lado los retortijones de barriga que producen y el sabor a yagua seca que les deja en la boca.

También está Tomasa la Cremosa, ducha en la fabricación de mantequilla y queso crema luego de un intenso seminario químico con Hilario Leche en Polvo, o el quesocrémico, trabajador destacado de una pasteurizadota de la capital.

La Cremosa, como su mote indica, hace una mantequilla como para chuparse los dedos si diera tiempo a consumirla, pues tiene tanta agua que al caminar dos cuadras sólo queda la envoltura, eso sí, de fábrica, con cuño y fotocopia como garantía de su origen industrial.

En cuanto al queso crema, ni hablar. ¡Qué calidad! Cuánto amor y humo pone La Cremosa en este artilugio antiquijotesco por evitar que decenas de personas queden ñatas de tanto apoyar la nariz contra las vidrieras de una shoping en su vulgar y utópico deseo de adquirir el producto en moneda extranjera.

Confeccionado con sirope de mantecado, nata de leche para dieta de ancianos y enfermos o niños hasta los siete años, crema de arroz americana y una cucharadita de yeso y cal, el queso crema de La Cremosa es como para repetir de quedar vivo el consumidor.

Y en cuanto a los piratas cigarríticos, ¡excelencias! Pancha la Tupamara, especialista en tripas, hojas y barreduras de tabacos y cigarrillos en la fábrica La Tagarnina en Llamas, resuelve los aprietos de los fumadores empedernidos y compite, en igualdad de condiciones y mejores precios, con los Criollitos y Titanes comercializados por el gobierno.

Hay que ver cuántos fósforos decapita y pulmones ennegrece un tupamaro marca Célebre o un tabaco Coñete introducidos de contrabando en la red gastronómica de la capital.

Ni Cubatabaco o Bras-Cuba se acercan a la destreza, gestión de venta y colocación del producto como lo hacen los cigarríticos de la hermandad, pese a que cuentan con todos los recursos para la confección y distribución del producto humoso y despulmonador.

Estos ejemplos bastan para demostrar que nunca nos quedaremos atrás, y que si el mundo muestra con orgullo sus mañosos, corruptos, estafadores y veletas en general, nosotros contamos con insignes piratas que ponen a prueba, cada día, nuestro veloz aprendizaje y la capacidad de superar cualquier barrera que se oponga al desarrollo de estos hermanos filibusteros.

Nuestros piratas serán unos bastardos, pero son nuestros piratas, y además, con un elevado nivel cultural para realizar cualquier abordaje.