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El cristal de Campoamor
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, enero - De acuerdo con una cuarteta escrita por el poeta
Fernando Campoamor, "en este mundo traidor / nada es verdad
ni mentira / Todo es según el color / del cristal con que
se mira".
Bajo esta premisa poética, y agrupados en el portal del
Palacio del Segundo Cabo -sede del Instituto Cubano del Libro- y
las calles aledañas, cientos de personas participaron el
sábado 22 en la presentación de la novela Viudas de
Sangre, de Daniel Chavaría, ganadora del premio Alejo Carpentier
2004 y publicada por la editorial Letras Cubanas.
Durante el lanzamiento del libro, realizado a dos voces por los
escritores Miguel Bonasso y Lisandro Otero, de Argentina y Cuba,
respectivamente, se abordaron varios temas políticos y sociales
que tenían puntos de contacto con lo expresado por Campoamor
en su poema.
Entre los elogios prodigados al multipremiado Chavarría,
autor de Adiós Muchachos, premio Edgar Allan Poe 2002; La
Sexta Isla, laureada en el Nacional de la Crítica 1984, así
como el Dashiel Hammet por Allá Ellos en 1992, el premio
Planeta por El Ojo Dyndimenio en 1993, entre otros como el Casa
de las Américas por El Rojo en la Pluma del Loro 2000, realtó
uno por su paradójica originalidad, el secuestro de un avión
a punta de pistola en el año 1969.
Según Bonasso -que no buenazo- Daniel Chavaría puso
un viejo revólver en la cabeza de un piloto y lo hizo desviar
el avión hacia la Isla de Cuba.
Este acto de secuestro y piratería aérea, encomiado
en este caso como un hecho de audacia y ejercicio de libertad, sentó
las pautas de una presentación que degeneró en una
sarta de chistes políticos intrascendentes, valoraciones
históricas desfasadas y parciales, y algunos desmanes expresivos
más allá del hecho cultural en sí.
Entre los desaciertos éticos de una presentación
perneada por la incursión política se puede señalar
lo expresado por Bonasso cuando dijo que si al zar Nicolás
Romanov, a su esposa y cuatro hijos no los hubieran ajusticiado
los bolcheviques por los obreros que ordenó ametrallar junto
a mujeres y niños sobre la explanada del Palacio de Invierno,
había que hacerlo por su negligente intrascendencia.
Este "agudo comentario", coreado por carcajadas de concurrentes
e invitados del más alto nivel político del gobierno,
se sumó a oportunistas expresiones sobre la unidad latinoamericana
frente al imperio, y convirtió el supuesto encuentro cultural
en un acto político común y corriente.
En uno de sus mayores momentos de lirismo revolucionario continental,
Miguel Bonasso, periodista y autor de la novela Recuerdos de la
Muerte, se refirió al señor Abel Prieto como "mi
ministro de Cultura", sin dudas muestra de una utópica
integración latinoamericana donde un funcionario de una nación
represente los intereses de un escritor de otra.
Pasado el batón ideológico al autor homenajeado,
éste devolvió elogios sobre las virtudes políticas
y el talento literario de sus presentadores.
Ya convertida la presentación del libro Viudas de Sangre
en una asamblea de méritos y deméritos, se anunció
a los impacientes seguidores del sin dudas talentoso escritor que
sólo estarían a la venta 350 ejemplares de la novela,
acto que desató el caos entre los más de 600 aspirantes
a comprar el libro.
Empujones, gritos, llamamientos a la cordura, recordatorios a los
ciudadanos más cultos del universo, cierre de puertas, suspensiones,
apertura de salidas emergentes y promesas entre abucheos de que
se venderían más en la venidera Feria de La Habana
2005, matizaron un ambiente coloreado y suspenso por la entrada
de un enorme crucero al puerto de San Cristóbal de La Habana.
Entre ayes, mira para eso, sólo cuesta treinta pesos y uno
por persona, los hambrientos lectores de las fábulas y embrujos
literarios de Daniel Chavaría pusieron punto final a una
tarde complementada por vendedores de libros viejos, buscadores
de divisas sobre zancos, vestidos estilo siglo XIX, desvestidas
damitas Cuba-2005, lanzadores de cartas, quirománticos, guías
improvisados, contrabandistas de fotos, chapas de autos, partes
de uniformes, gorras, pelotas de béisbol y uno que otro fotógrafo
dispuesto a congelar la imagen de un solar volcado en el Salón
de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional.
Más allá de la tarde, los turistas premian con sus
ojos y flashes el decursar cubano por los caminos de la cultura,
porque, como dijera Campoamor, "todo es según el color
del cristal con que se mira".
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